La Venezuela del 2016

“Pour vaincre les ennemis de la patrie,

il nous faut de l’audace,

encore de l’audace et toujours de l’audace…!”

Danton

 

El año 2016 deja una Venezuela profundamente herida como nación. Hartamente es sabido que el Estado es fallido y forajido, marcado además con la impronta del narcotráfico. No menos alarmante y muy doloroso es la calamidad que reina en las calles de nuestro país. La hiperinflación devora minuto a minuto los pocos ingresos mientras el Banco Central de Venezuela, institución extinta en teoría y práctica, acata las magistrales lecciones de economía y macroeconomía de Maduro, imprimiendo papeles-billetes sin ningún tipo de respaldo. Y es mejor no seguir. Muy amarga es la descripción de esta nación secuestrada por aquellos que se arrogan títulos revolucionarios, necrófilos y constitucionales, cuando en realidad sólo son una pandilla de delincuentes de la más baja especie.

Las esperanzas que nuestra vocación democrática sembraron el 6 de diciembre de 2015 con la abrumadora elección de la Asamblea Nacional dejan hoy un sinsabor frustrante. Aunque no puede demeritarse el trabajo de los diputados opositores tampoco puede celebrarse. Ellos cumplieron su función pero obviando que no estamos en un Estado de Derecho, que no hay democracia sino totalitarismo, y que aquella Constitución que Chávez se hizo Maduro la convirtió en un adefesio bajo el cual se somete al país. La insistencia de resolver la tragedia de forma convencional, no ha dejado nada bueno. Y aunque Dios conceda victoria a la constancia, como dice el aforismo bolivariano, en este caso sabemos que es más complejo. El chavismo o como sea que se llame eso difícilmente volverá al cauce democrático y never more irá a una elección.

Quien crea no sé en qué y esté pensando que en Venezuela Maduro saldrá resignado está equivocado y no precisamente por ingenuidad. Quedó claro con el tímido ensayo de diálogo que el Papa arbitró. Al final Maduro ganó tiempo, sobrevivió a 2016, no tuvo juicio político y se desmovilizó a un país que estaba activado. El diálogo fracasó de forma estrepitosa y quienes insisten en ello no tienen excusa y deberán asumir la responsabilidad histórica.

Y como de una vez todo el mundo pregunta qué es lo que entonces debe hacerse si la vía no es el diálogo y el chavismo-madurista no irá a elecciones. La respuesta es muy clara. Estamos obligados a reaccionar como país, organizadamente. El país necesita dolientes. Si así no fuere la disolución nacional es nuestro destino, hecho agravado por el fantasma de la cruenta confrontación que nos está merodeando. El hambre y el dolor nos pueden convertir en corto plazo en fieras salvajes. Entonces, si eso ocurriera, la revolución totalitaria y fascista del siglo XXI habría concretado su mayor victoria: el derramamiento de sangre inocente.

Tenemos que apoderarnos del concepto puro de rebelión. No aquella que fomenta la anarquía y la violencia. Rebelión en el sentido de ser venezolanos realmente, capaces de presionar hasta que se reviente la pústula y se imponga inexorablemente la libertad. Rebelión que es la sagrada reivindicación de nuestra vocación democrática y de nuestra identidad nacional a esta rebelión debemos concurrir o la fatalidad será.

Esta Venezuela amorfa, en proceso de disolución, está sedienta de ciudadanos que sean capaces de decir y hacer todo aquello que necesitamos para ser libres. Por eso todos unidos, sin mezquindades ni convivencias convenientes, tenemos que organizarnos con valentía cívica y responsabilidad.

Sigo convencido que pese a todo nunca merecimos esta tragedia. Y que el terror no llegará tan lejos como para que nos resignemos a ver la disolución final de nuestra patria.

Robert Gilles Redondo