VALENTÍA PARA DIALOGAR COMO PAÍS

La ofuscación del venezolano de hoy implica la mutación ontológica más importante de nuestra historia. Esta tragedia a la que fuimos arrastrados genera sentimientos en nosotros que muchas veces son inconciliables con la moderna concepción del diálogo, aunque haya mediadores con amplia experiencia como la Santa Sede. Tales sentimientos dieron tímidos votos de confianza al proceso que se inició en La Rinconada el pasado mes de octubre, ora por resignación, ora porque no hay otra opción o incluso por la ceguera con la que algunos apoyan a la Mesa de la Unidad Democrática, con la previa justificación que hasta ahora ningún mecanismo legal, electoral o de movilización popular ha dado resultados positivos. En otros sectores el diálogo fue condenado a muerte prematura por la ausencia de interlocutores. En realidad no existe un solo signo que permita darle al régimen el beneficio de la duda a sus “buenas intenciones”. En el pasado, lejano o reciente, sabemos que este tipo de proceso sólo se han traducido en oxigenadas para que todo siga igual. Ocurrió en 2014, por ejemplo, durante La Salida y los resultados no merecen ser recordados.

En este momento todo es diferente y más grave. La situación de Venezuela es calamitosa, sin punto de comparación y amargamente inenarrable. Y aunque territorialmente el país no va a desaparecer ni a padecer un proceso de secesión, hay oscuros fantasmas que están por ser despertados. Eso lo sabemos todos. Eso lo tememos todos. Una guerra civil es algo a lo que todos le están huyendo y quizá por eso todos se rehúsan a una marcha hacia el viejo caserón de Miraflores y apuestan a una salida consensuada, política y electoral. Sin embargo, ¿qué nos hace creer que habrá una salida pacífica? ¿La nobleza con la que siempre soportamos este tiempo? ¿La paciencia con la que aguardamos el día de la libertad?

Lo cierto del caso es que 2016 se va y deja una oposición fracturada (nadie puede negarlo) y a un país desmovilizado, quizá con más desesperanza, pero también con mayor indignación. Con una odiosa impotencia que si llega a manifestarse nada ni nadie podrá detenerla.

No sé si debemos condenar el proceso de diálogo al cual, por cortesía, debía asistir la oposición. Lo cortés no quita lo valiente, dicen por ahí. Aunque debimos sentarnos con el Papa una vez se hayan dado una serie de condiciones, como la liberación de los presos políticos, el retorno de los exiliados, la apertura del canal humanitario y la fecha para unas elecciones revocatorias o generales. El diálogo no debió entenderse como un proceso para mejorar las condiciones del país sino como la herramienta para hacer la transición. La salida de Maduro es la única garantía para nuestro futuro y la conditio sine qua non para cualquier acción de la oposición.

Y como no existe buena fe de parte del régimen en ningún sentido, nosotros tampoco podemos tenerla con él. Juego trancado. Muchos sentirán que estamos atrapados y sin salida, la historia con su inexorable proceder puede ser la única que nos de la esperanza para seguir hacia adelante. Cruzarnos de brazos no conduce a nada.

Los venezolanos unidos somos quienes tenemos la respuesta a nuestro porvenir. Nadie más la tiene. Ni la dirigencia opositora ni el régimen. Sólo nosotros como pueblo pues somos la inmensa mayoría. De ahí la necesidad de avanzar en un verdadero acuerdo nacional en el que confluyan todos los sectores de la sociedad para definir una agenda que al más corto plazo nos lleve al fin de esta pesadilla.

Sócrates instó una vez a Caliclés a expresarse “con exactitud y valentía” y así es como debemos manifestarnos todos los venezolanos en este momento. Decir las cosas tal como son, sin desvaríos semánticos, sin adornos litúrgicos. Porque el documento que se leyó en el Hotel Meliá Caracas el pasado sábado 12 de noviembre dejó al país confundido y con la casa de la dirigencia opositora quemándose. Exactitud y valentía, sin más retrasos, nos salvará. Porque eso es lo que necesitamos, salvarnos. Salvarnos de la tragedia y salvarnos de nosotros mismos que estamos presos por el conformismo, la apatía y el miedo, de la desesperanza y de la complicidad.

Debemos tener valentía para dialogar entre nosotros como país y decidir de una vez por todas el camino que queremos. Y es ya que debemos hacerlo porque el derrotero del tiempo está por pararse en el oprobioso momento del desastre de un conflicto mayor que no nos merecemos.

Robert Gilles Redondo