OCTAVIO LEPAGE

OCTAVIO LEPAGE

Una vez más el país se pone de pie para despedir a uno de sus hombres. Octavio Lepage es quien nos deja esta vez. Su lucha fue temprana, apurada por el amanecer que empujaron aquellas generaciones del 28, del 36, del 48, ésta última a la que don Octavio perteneció tras el derrocamiento injustamente justo del prohombre Rómulo Gallegos. Aquella pléyade del siglo XX tan ajena a este tiempo y cuya capital obra es, honestamente, lo mejor de todo lo poco que hemos tenido en los dos siglos de vida republicana después de la corte heroica de la Independencia.

Ciertamente, Octavio Lepage tuvo una vida apurada y seguramente logró sobrevivirla con mucha paciencia y confianza en sí mismo, confianza que sin duda provenía de aquel partido hecho realmente pueblo, Acción Democrática (AD), al que perteneció y del que es uno de sus principales líderes históricos. Ejerció la Secretaría General en la clandestinidad de AD cuando apenas superaba la adolescencia, soportó el exilio impuesto por la dictadura de Pérez Jiménez y regresó a Venezuela para iniciarse en la vida parlamentaria. Pasó por el otrora honroso servicio exterior, ejerció como presidente interino de la República en varias oportunidades como Ministro y luego en 1993 fue juramentado Presidente Constitucional tras la suspensión de Carlos Andrés Pérez, su compañero de lucha y partido.

Difícilmente encontraremos una falta en su currículo. Sin duda podrá acusarle de innumerables errores políticos de los cuales, seguro estoy, él no les huía pues tenía plena conciencia de su misión y de su responsabilidad.

La muerte viene a develar su vida como garantía de la promesa de lo que realmente somos los venezolanos. Un país muy diferente a lo que nos han convertido en estos dieciocho años de la oscura, triste y nauseabunda tragedia.

Si bien no tenemos permitido personalizar o individualizar nuestra historia como nación es imperante reconocer que tenemos en saldo negativo el desconocimiento, el olvido o la indiferencia con el ejemplo que nos precede y cuyo recuerdo nos permitiría avanzar sin más mengua en este tenebroso laberinto carente de verdaderos políticos y de responsables auténticos como lo somos todos los venezolanos. Y sabemos que es así. ¡Las palabras se agotan para arengar nuestros pasos hacia la libertad! ¡Las palabras se agotan para expresar la impotencia de estos días tristes! Pero no se nos agotan los ejemplos con los que deberíamos identificarnos ya para no seguir aplazando la refundación de nuestra República. República que tantas veces ha naufragado en los temibles mares de nuestra joven historia pero que siempre, siempre, ha sabido plantarle cara a su futuro, sin capitular un ápice su propia identidad y dignidad.

Octavio se va. También se nos fue de las manos el país que por el cual luchó en el momento definitorio. La valentía que fue una característica de aquellos ciudadanos que fueron conscientes de su momemtum histórico que les había tocado, es a la que debemos apelar ahora para poner fin a estos años que nos arrebató el futuro.

No podemos seguir de brazos cruzados, reconociendo el valor de la libertad perdida, quizá recitando aquellas hermosas lamentaciones de Agustín de Hipona: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”. Rescatar nuestros valores democráticos, no ceder, ser firmes, actuar con coraje y valentía ciudadana nos permitirán reorientas la lechuza que Minerva que perdió su rumbo en estas tormentas que nos azotan.

Eso es Octavio Lepage. Un venezolano. Y es que un venezolano realmente es valentía, es amor incondicional a la patria, es entrega plena a las convicciones. Porque el venezolano está sobre todos los nombres, es un idioma universal y una luminosa generación, hasta ser grandiosa, de hombres y mujeres que somos incapaces de rendirnos y que todas las mañanas estamos dispuestos a echar pa`lante. Y por los que se van, por aquellos que se fueron, nuestros vivos y muertos de hoy y mañana, por nosotros mismos es que no podemos seguir dejando que esta tierra se disuelva en manos de unos delincuentes que no merecen siquiera estar sobre este suelo.

¡Ave Octavio!

Robert Gilles Redondo