Ítaca, el retorno

Odiseo, hijo de Laertes y Anticlea, había combatido diez años en la Guerra de Troya cuando París raptó a Helena, la mujer más hermosa del mundo y tras ella comenzó por otro decenio el angustioso retorno a Ítaca, la mítica tierra que era su patria, que es narrado en los doce mil versos de La Odisea de Homero. En sus costas lo dejaron dormido los feacios tras haber enfrentado la ira de Poseidón y los terrores del inframundo. Recuperó a su esposa Penelope, su trono, y restauró la paz de su reino.

Pero ¿realmente qué es Ítaca? Como Kavafis pienso que sí es la vida: «Aunque la halles pobre/ Ítaca no te ha engañado/Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia/entenderás ya qué significa Ítaca». Aunque también siendo un punto de llegada podría entenderse como la vejez o quizá la muerte. En todo caso, Ítaca es un retorno. Y muy posiblemente aun siendo el recorrido o el punto de llegada, es la vida en sí, la veamos como experiencia o como el ajuste final de cuentas que siempre tendremos que hacer.

La Ilíada nos prepara para esto. Las 24 rapsodias de hexámetros dactílicos que narran 51 días de la guerra de Troya en su último año, describen un poco la secuencia propia de las actitudes de nuestras vidas. La ofensa de Aquiles por el destino de Briseida, la valentía de Patroclo cuando debió tomar el mando y liderar los ejércitos, aunque eso le costase la vida, el dolor y la culpa de Aquiles que alimentan su venganza, la tristeza de Príamo por su hijo muerto que le hace implorar misericordia al propio Aquiles quien con mucho honor ante ello cede y devuelve a Héctor para que le entierren. Y todo por el amor de París hacia Helena de Esparta que fue el detonante de aquella guerra.

Luego La Odisea, nos describe como ya había dicho el retorno a Ítaca de Odiseo. «Mas no apresures nunca el viaje/Mejor que dure muchos años/y atracar, viejo ya, en la isla/enriquecido de cuanto ganaste en el camino/sin esperar a que Ítaca te enriquezca», suplica Kavafis de nuevo en su grandioso poema. Y surgen las interrogantes iniciales. Entonces ¿Ítaca es el recorrido de retorno a la casa? ¿ése retorno es la vida? ¿o es el encuentro con nosotros mismos? ¿No será mas bien Troya la vida misma?

Con la vida no tenemos un acto sinalagmático, es decir no hay un contrato bilateral en el que ambas partes aportan por igual la solución del conflicto, porque la vida está sometida, según se crea, a nuestro libre albedrío o al azar mismo del destino, haya o no causalidades o casualidades. Aun incluso cuando va a nuestro lado la persona a la que amamos o que nos ama y con quien sí podríamos tener el contrato de “mirar juntos hacia una misma dirección” como decía Saint-Exupéry.

Al principio, adolescencia o juventud, la vida es distinta frente a lo que resultará siendo, es distante, maleable por lo externo y extraña a nosotros por cuanto nada en este momento es o será definitivo, pero luego con la guerra de los días y de las noches, con la guerra siempre perdida que intentamos ganar al tiempo, se nos hace íntima sin dejar de ser distinta. Esa intimidad que nos somete unilateralmente al acto de vivir es la que nos da una conciencia clara de que somos capaces de unirnos profunda y fecundamente a una realidad externa, distinta y hasta ese momento ajena, y tornarla íntima sin alienarnos, es decir, sin perdernos en ella. Porque nunca nadie se pierde en la acción de vivir. Esa intimidad o acuerdo unilateral con la vida genera en nosotros insospechadas posibilidades creativas, entre ellas el amor.

Acaso sea el amor la cicatriz que nos identifica o hace que nos reconozcan. Como la que llevaba Odiseo en su rodilla y que le permite a Penelope reconocerle. «Vivid bien y amaos”, aconseja Bethoven en su Testamento de Heiligenstadt.

Y es esa posibilidad creativa la que nos determina los valores vitales (el pensamiento) sobre los que daremos los pasos más firmes, los que serán definitivos y los que tendrán que irse ajustando a las reglas externas que se nos imponen. De ellos nacerán todas las actitudes que tendremos y que están reflejadas en La Ilíada, actitudes que son inherentes a nuestra condición humana. Nadie es tan bueno como para no ser malo, ni nadie llega a ser tan malo como para no pensar en el bien, creer esto el deber de rehusar la razón o sinrazón maniquea. Siempre algo nos hace tomar la actitud de Aquiles frente a Príamo. Así Ítaca es el proceso de vida en el que actúan varias cualidades que son inmanentes a la vida misma: el inicio del camino, el recorrido individual, el peregrinaje colectivo, los sentimientos que damos y recibimos en este trayecto y muchas cosas más.

Ítaca es el lugar o el camino donde surge la tensión hacia ese algo que nos trasciende, aunque no sepamos qué es. La vida en sí misma no es el objetivo específico y difícilmente sabremos cuál sea ese objetivo. Pero habremos de negarnos a creer que el complejo y milagroso proceso por el cual resultamos vivos es un simple acto biológico que acaba en el nefasto y simple acto de la muerte. Ese algo que nos trasciende y hacia el cual somos empujados es nuestro mayor acto de libertad. Y no es en sentido religioso. Lo que trasciende es lo más simple que tenemos a nuestro alcance y no es más que la libertad de contemplar y hacer nuestro lo cotidiano: la belleza de una flor, la intensidad de un cielo azul o el incendio del atardecer, el descubrir y hacer lo que nos gusta, amar lo que tenemos, amar a quien también nos elige, sentir el dolor, la tristeza o la rabia o simplemente el cerrar los ojos ante una nota musical.

La promesa de Ítaca habrá de cumplirse. Y creeremos con Rimbaud que «A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides villes». (Al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entraremos a las espléndidas ciudades).