El diseño incipiente, quizá ya abstracto, y la estrategia de transición impulsada por el Departamento de Estado tras la captura de Nicolás Maduro debería conducir a la empresa excesivamente ambiciosa de construir una Nación que fue devastada por ya 27 años del régimen chavista, porque no podemos dejar de decir que este régimen interino de Delcy Rodríguez no es un meteorito que vino del espacio, sino que es la misma estructura criminal y de corrupción que estableció Hugo Chávez. Pero la transición hacia esa construcción, aun con las complejidades del caso venezolano, enfrenta dos factores apremiantes: el tiempo y la necesidad impostergable de democracia.
Y es que el enorme esfuerzo militar y político de Trump que alcanzó el culmen con la extracción de Maduro en enero, no puede seguir descansando en la aparente candidez y servilismo de Delcy. Por eso a los venezolanos debe decírseles con absoluta claridad, que hasta ahora no la hay, qué es lo que se está definiendo como transición y qué régimen pretende establecerse o continuarse de forma clara y comprensible, que sea lógico, sostenible con los medios existentes, el tiempo y el costo. Pero, además debe ser creíble y aceptable por y para los venezolanos y no tanto para los intereses del Despacho Oval. Porque hasta ahora, la ruta señalada en los días posteriores al 3 de enero, ha tenido fines y estrategia cambiantes. Y no porque en algún momento ha cambiado la versión inicial. A diestra y siniestra se repite que se sigue empujando a Venezuela a un nuevo régimen democrático. Quizá las dudas o la inquietud surgen por la opacidad entre discursos y acciones y todo lo que se interpone en ello. Al Trump que vocifera que Venezuela está feliz, bailando en las calles, le sigue una Delcy Rodríguez que se muestra como la panacea del liberalismo y de la democracia, casi como una versión venerable. Y en el medio actores oscuros o de dudoso proceder cuyas reales intenciones nunca las terminamos de conocer.
Uno de esos actores son los miembros de la Asamblea Nacional de 2015 que invocan sobre sí ser la última institución elegida y con legitimidad democrática en Venezuela. Y sí, no cabe duda de su origen, pero también debemos recordar que fue la abrumadora respuesta del país a la sangrienta represión de 2014. Pero el último, renovado y muy consolidado liderazgo político, respaldado casi de forma unánime por el país es el de María Corina Machado, legitimado primero en las primarias y luego el 28 de julio cuando fue electo como presidente Edmundo González Urrutia. Sin embargo, parece que Washington accedió al capricho de Miraflores y se ha decidido apartar de forma abrupta ese liderazgo. La razón está a la vista, aunque no para los ciegos: Machado si representa la posibilidad del cambio democrático en Venezuela. Y eso no es cómodo para los intereses de los grandes capitales que empiezan hacer orgía con la miserable obediencia de Delcy ni para el propio régimen chavista que siempre ha tenido la astucia para mutar o aparentar reflexión interna con tal de seguir.
Que Washington subestime esa capacidad de mutación del régimen no debe extrañar a nadie si se revisa con lupa los antecedentes de los intentos de cambio de régimen que han impulsado al menos en los últimos cincuenta años. El ser la nación más poderosa del mundo no los hace infalibles en diseños de transición.
Y a quienes representarán a la oposición venezolana en esa mesa de negociación el régimen no se les puede dar un cheque en blanco. Las diversas oposiciones han demostrado ser buenos camaleones y en muchas etapas de la resistencia en este último cuarto de siglo han sabido no solo hacer trajes a la medida sino crear y alimentar el sistema de complicidades que tanto ha sostenido al régimen venezolano. Es difícil confiar a quien de entrada a puesto a un lado al liderazgo democrático, arropado por la soberanía el 28J, las maniobras de Washington o Madrid no pueden sobreponerse a esa voluntad nacional que, lejos de cualquier arcaico personalismo, está representado en María Corina.
La permanencia de Delcy en el poder, con una cuenta de tiempo extra, es la natural amenaza existencial para la reconstrucción y la legitimidad política que se intenta impulsar. Ya no pueden seguir teniendo tiempo como si de forma inconsciente se crea que ellos van enmendar la plana. Se tienen que ir. Lo que impuso la fuerza el 3 de enero es suficiente para poner fechas y mecanismos a lo único que necesitan los venezolanos que son las elecciones. Lo demás viene por añadidura.
Ojalá, tengamos en el presente y el futuro la capacidad de autocrítica y humildad de aprender de nuestros errores para no volver a cometerlos en este momento que puede ser estelar o simplemente una condena definitiva. El país reclama una clase política responsable y comprometida con la Nación y la ciudadanía tal cual se logró en el enorme proceso del 28 de julio, porque solo así se materializará un proceso ejemplar de democratización de todas las estructuras políticas, económicas y sociales. Pero una y otra vez tener como fe y como mantra: nada se logrará mientras el régimen se mantenga en el poder. Y aunque en su condición de Régime de Vichy parezca confiable o dócil, son el mayor obstáculo no solo para la libertad sino también para el progreso de Venezuela, aún cuando sea lo más cómodo para Trump.
Robert Gilles
