Noviembre ionesco

Las midterms han sido una enorme lección, aun cuando el habitante de la Casa Blanca no sepa de recibir lecciones ni mucho menos meditar sus inevitables errores, entre los que destaca su ionesco modo de hacer política. Donald Trump era la mejor, sino la única, opción que tenía Estados Unidos hace dos años tras la catástrofe Biden, quien debe ser por mucho el peor mandato presidencial. Y ante la posibilidad de la llegada de la desaforada Kamala Harris todo se configuraba para que Trump regresara. Y así fue.

Al cabo de dos años el desastre se refleja en esa maravillosa dinámica de la democracia norteamericana que son las elecciones de medio término. Esto no significa que como venezolano no habré de agradecerle a la actual administración el haber capturado a Maduro y su esposa, manque pese hondamente que el mandado no se hizo completo y fue más cómodo para Estados Unidos tutelar a los hermanos Rodríguez para esquivar la muy difícil tarea de la transición en Venezuela, que de por sí implica más allá de las inaplazables reformas institucionales y económicas, desmontar el aparato criminal que ha sostenido al régimen chavista desde 1999 hasta hoy. Lo que sucede en Venezuela después del 3 de enero es comodidad y pragmatismo, no empantanarse en asuntos bananeros y optar por la vía más simple, tutelar a unos derrotados que lidiar negocios con un Gobierno e instituciones legitimas.

Pero más allá de nuestro caso porque no somos el ombligo del mundo ni terciamos remotamente la política norteamericana más allá de los votos del Doral, está un desastre acumulado que se corona con la estrepitosa derrota que está siendo Irán, se quiera o no admitir. De allí que la mayoría de votantes considere como un error esa guerra y es así como se abre la encrucijada para Estados Unidos que luce impotente ante la resistencia de aquel régimen terrorista y asesino. Aun cuando no sabemos si en algún momento la folie des grandeurs hizo creer que Teherán sería Caracas y que el hijo del Ayatollah sería Delcy. En todo caso, esa guerra sí afecta al pueblo norteamericano que hoy paga un 50% más el combustible, con todo el esfuerzo que hizo Trump para que al menos la mención del botín saqueado a Venezuela sirviese de referencia para que bajasen los precios. Botín que por cierto es, y no puede olvidarse, recolectado por el delincuente de Alejandro Betancourt López, cosa que no debe dejarse de mencionar.

Así, el MAGA resultó en que Kansas eligiera por primera vez desde 1932 a un senador demócrata y el bastión de Texas cayera estrepitosamente, sin contar que, en la casa, Florida, todo resultase muy estrecho y con pérdida de márgenes preocupantes. Y es aquí donde el costo político de la derrota es abrumador, Trump no es el partido Republicano ni es un líder histórico ni mucho menos dirigente. Ser un fenómeno político o electoral no significa que seas político o dirigente y mucho menos que lo que él representa sea el sentimiento firme de una nación tan a la deriva en lo socio emocional como EEUU. Es sólo un fenómeno político con mucho dinero que accedió a la nominación en un momento partidista de debacle histórica. Tal cual lo vivieron los demócratas con Biden y del cual apenas ayer acaban de salir muy bien beneficiados.

Trump ha pretendido librar una batalla cultural y él cree además que podrá ganarla, nada más y nada menos que en la nación más diversa del mundo. Y es esa nación diversa la que ayer se impuso a un proyecto con tintes supremacistas. Al “trumpismo” le gana el primer musulmán que llega al Senado, la primera mujer negra en ser gobernadora. La nueva gobernadora de Texas, que es la herida mayor republicana, es latina y progresista. También llega al Congreso el primer gay y la primera gobernadora que es indígena nativa. Así que mas allá de la realidad y euforia virtual de las redes y de las estridencias repugnantes de quien exhibe su poder, tal cual como “un Chávez pasado por lejía”, como definía el doctor Coronil Hartmann a Trump en su primer mandato, se impone la naturaleza diversa de la nación norteamericana que en mucho edifica la grandeza de aquel país y a quien el propio Trump ha declarado la guerra. No es casual que ganan las midterms los latinos (los mismos que lo eligieron presidente), las mujeres y los afrodescendientes, que son justamente los blancos del proyecto MAGA.

Con la derrota de Trump se confirma una vez más la temporalidad de las emociones políticas de las nuevas sociedades. Los sentimientos que le eligieron en 2024 no son ya los mismos y menos ante la deriva que ha tomado su proyecto. De allí que debe mirarse con mucha cautela el vertiginoso giro a la ultraderecha (igual bananera) de América Latina, que no es ni será nunca de esa tendencia porque contradice su propia naturaleza.

Respecto a Venezuela no debemos asustarnos tanto. Nuestra causa ha tenido apoyo bipartidista siempre y el tema Biden es solo un oscuro capítulo que no condiciona el futuro. A Estados Unidos nunca tendrá acceso la izquierda progresista tal cual la conocemos porque somos víctimas, ni mucho menos una izquierda “comunista” si acaso cabe el término, y cualquier intento de un proyecto supremacista no tendrá cabida y eso es lo que se votó ayer. De allí el acierto de la tan criticada reunión de María Corina Machado con los demócratas en su paso por Washington, porque a la final con ellos es con quienes tendremos que lidiar para que los nefastos acuerdos petroleros de Delcy y Trump se enfrenten a la legalidad, aquí y allá, así como los más de trece mil millones de dólares expoliados desde enero a nuestro país.

Así el resurgimiento demócrata solo hará rendir cuentas a Trump que siempre ha creído estar por encima del Estado de Derecho que por más de doscientos años ha hecho viable y posible la difícil Confederación norteamericana. De resto, el seguirá con su modo ionesco de vivir y ser Presidente, su proyecto que ya hizo aguas deberá ser referencia de lo que no debe hacerse y decirse para quien aspire en 2028.

Rien ne va plus, les jeux sont faits.