Los niños que no están

“En las torres/amarillas/doblan las campanas”.

Federico García Lorca, Poema del cante jondo.

El tiempo está herrumbrado por el olvido, a veces parece que los recuerdos no alcanzan para dar oxígeno al alma que solo escucha que «doblan las campanas». Pero, doblan porque saben que la muerte no es siempre el culmen del esfuerzo biológico que representan nuestras vidas, doblan porque la muerte es en sí un proceso permanente. Se muere por muchas razones, por muchos motivos. Y el tiempo se nos va muriendo en cada respiración.

Los niños no están con sus sonrisas que crean universos, tampoco el llanto para conmover el fondo vital del corazón, sus carreras son solo ecos fantasmales, como también fantasmales ya son sus gritos. Y sus escuetas palabras, que son el quijotesco esfuerzo de encajar en el mundo, apenas son retazos que acompañan al viento en las mañanas. De noche la penumbra de las lámparas deja ver las cicatrices de cada pared, trazos de colores convertidas en sombra.

Y al avanzar la vida, día y noche, tardes y madrugadas, no hay sino insomnio. Los niños no están y ahora son solo trazos de ADN. Química sanguínea. Pero no hay más brújulas que conduzcan a ellos. Ni siquiera el viento encuentra a su rosa en el jardín. Son niños que no están y se convirtieron en extraños, pronuncian otros nombres, olvidan sus pasos y una nueva vida, un nuevo mundo les aguarda. A quien vean de su pasado, los niños les ven como desconocidos.  

«Doblan las campanas», y el papel marchito ya no revive nada. La palabra perdió su alquimia y los niños ya no están. Estarán en los sueños y en los recuerdos de aquel desgraciado corazón que aguarda estoico morir de tristeza, acurrucado en la esperanza de llegar a Ítaca. Y quizá allá, en aquella tierra intangible prometida por Kavafis, sus sueños volverán vivir, a gritar, a colorear y a buscar mariposas. Habrá vencido la eternidad que promete el amor. Habrá vencido, aunque los niños no vuelvan a estar.