Buscar a Venezuela

Ataraxia

Comencé a caminar desde Macuto, quisiera uno ir en busca del Castillete para encontrar a Armando y a Juanita. Sin embargo, la bruma del mar había desaparecido. Una nube polvo cubría todo. Mucha gente caminaba, las lágrimas y la cara del desconcierto que era inimaginable. En las calles rotas, la determinación cívica de nuestra nación hacia resonar en la cabeza aquello de “gloria al bravo pueblo”, porque era la única movilización en esas horas cruciales.

La zona cero, era y sigue siendo eso. Un punto cero donde todo empezó y todo terminó. Realmente ninguna palabra puede describir la magnitud absoluta de la catástrofe, de la devastación y mucho menos del dolor. Porque solo hay eso, a un lado el mar y al otro lado dolor. Y un dolor solitario, no había llegado nadie, quienes debían responder con la fuerza propia eran solo las propias victimas que sobrevivieron, los otros, los indeseables solo obstaculizaban todo y permanecían impávidos quizá pensando el provecho que podían sacar. El día antes los órganos policías habían participado en saqueos y entre los escombros buscaban aquello que pudiesen robar para su bienestar. Entonces al mar, al dolor, se sumaba la crueldad humana de quien no quiso hacer nada. Y eso no se puede omitir ante la peor tragedia de nuestra historia.

Ante el colapso emocional que significa estar en el epicentro de la total devastación era imposible solo observar. Había que subirse a los escombros y gritar para ver si había respuesta. Era urgente correr y sumergirse en los túneles por donde los venezolanos rescataban víctimas vivas. La única ayuda eran sus manos, ya heridas y maltrechas, herramientas improvisadas, tobos, y las luces de los celulares. Su dolor desesperado los había convertido en expertos rescatistas aun cuando en cualquier momento la estructura donde se estaba podía seguir colapsando.

Muchas montañas de escombros estaban totalmente solas. Los esfuerzos estaban concentrados donde los gritos pidiendo auxilio no cesaban. Mucha gente estaba sentada frente a ellos, ante sí estaban las ruinas de su propia vida y sus familias sepultadas. Era un dolor ciego, sordo, el de cada padre o madre, el de cada hijo que en un estado de aislamiento emocional solo estaba paralizado. “Todo fue demasiado rápido y muy violento, solo me lancé hacia la calle a medida que se desplomaba”, me comentó alguien. Mientras yo solo era testigo de lo que, fuera de la fuerza ciudadana, no se estaba haciendo. A pocos metros de donde conversaba un policía intentaba ligar con una sobreviviente.

Ya envuelto en el dolor, seguía caminando hacia Naiguatá. Deteniéndome ante cada montaña de escombros, intentando entrar en ella. Una y otra vez durante toda la noche. No daba sed, no daba hambre, la inmersión en la devastación producía abstracción de la realidad física y biológica, nadie podía quedarse quieto porque las mismas probabilidades que nos habían salvado, eran las mismas que a miles de personas les quedaban contrarreloj debajo de los escombros. Y aunque el desespero cundía, también había que respetar a esos escombros, cualquier movimiento en falso podía hacer colapsar la propia montaña de escombros. Una persona más o una persona menos era casi un cálculo científico para que el esfuerzo fuese eficiente. Cuando se cumplía el cupo mínimo vital entre los escombros, había que también cuidar lo poco que quedaba de oxígeno allá debajo de muchos pisos que estaban aplastados uno encima de otro.

Así una nueva faceta se conocía. Había que oír mucho, no solo a quien gritaba en las ruinas. También se debía aprender a oír cuando ese mismo grito horas después ya no estaba porque se había perdido la fuerza de resistir. Oír el silencio de quien estaba sentado en el piso, con su mirada paralizada y a quien solo le bastaba que se le dijera “todo va a estar bien” cuando trataba de entender que en esos amasijos de hierro y concreto estaban sus hijos, sus padres o toda su familia.

Luego un épico rescate junto a la Brigada de El Salvador. Era Belkys, la única que había quedado viva en su edificio, atrapada milagrosamente en un sótano abajo de seis pisos totalmente demolidos. Casi nueve horas para salvarla.

Pero ya era de mañana y el panorama era aún peor. El olor de la muerte se esparcía en las ráfagas de viento. Se habían cumplido las publicitadas 72 horas. Cuando estaban a punto de culminar los rescates en cualquier sitio aparecieron los indeseables, necesitaban hacerse ver en la cobertura mediática para hacer ver que habían ayudado. Entonces no era el olor de la descomposición sino el asco más sincero el que se producía ante sus inútiles y delictivas presencias, sus manos que no tenían herramientas sino armas largas, sus uniformes sin polvo, pero repletos de objetos robados.

Hoy, pese al enorme esfuerzo civil de los primeros días, gran parte de las cosas sigue iguales. Esperanza que al remover algún escombro alguien siga respirando. Colectas para pagar maquinarias, energía. Esfuerzos para conseguir agua y comida para quienes perdieron absolutamente todo y que de muchas maneras están muriendo por dentro de tristeza. Y es la misma tristeza de un país indefenso, desprotegido, devastado también previamente. Es la impotencia y repulsión ante las decenas de indeseables que se robaron tanto, justo eso que hoy podía producir milagros. Imperdonable para siempre.

Pero hay que buscar a Venezuela en esos escombros, en esa tristeza. Y hacer una vez más lo de siempre: sobrevivir. Porque la luz del bendito Reverón se apagó y hay que encenderla, porque como él dijo: «el lienzo está en blanco y cada pincelada es un pedazo del alma».