Morir de tristeza 

In Memoriam de Merjane Satrapi 

Paris, condenada por siempre a su cielo gris que se sostiene sobre el armazón de hierro de Eiffel, allá donde se habita la melancolía y al romanticismo, bajo la severa voz de la môme. Donde el hombre dio el gran paso de crear sus derechos, la nación que cobijó la desgraciada gloria de Napoleón, y al mismo tiempo que occidente intenta implosionar por la razón de la fuerza al régimen iraní, despide a la muy noble y valiente Merjane Satrapi. 

Ella nos ha dotado de una historia y de un compromiso a través de su palabra. Nos ha inculcado el valor de la libertad y la necesidad de vivirla plenamente aun si somo víctimas de opresión. Pero sobre todo nos ha acercado la invitación a no despegar lo humano de nuestra propia humanidad. Que nuestra carne sienta, que nuestro corazón sienta y que el alma vibre. 

La opresión y el desquicio inenarrable del régimen de los ayatolás habían arrebatado sus sueños de infancia y tras el dolor irreparable de abandonar para siempre su país, se cobijó en la patria de los parias del corazón donde transformó su historia en la grandiosa Persépolis, donde en blanco y negro, dio testimonio de lo que vive su país. El año pasado perdió al amor de su vida, Mattias Ripa, y como ella mismo decía había elegido dejar de luchar contra ese duelo. De allí que deba reconocérsele aún más pues hay grandeza en luchar pero debe haber mucho valor para dejar de luchar cuando reconocemos las causas perdidas. “No tengo una visión idealizada de lo humano y que yo, en mí misma, experimento esa dualidad. Acepto tanto mi violencia como mi benevolencia, esperando siempre que la segunda prevalezca sobre la primera”, decía.

En el tiempo en que las redes sociales nos han inundado de falsos verbos y predicadores que se arrogan ser «coach motivacionales» para con eso llenar las vidas vacías y donde la palabra está siendo peligrosamente sustituida por la inteligencia artificial, el testimonio escrito y empeñado de Merjane y de tantos otros nos recuerda la fuerza que podemos cultivar no solo en el derecho a denunciar cualquier rincón donde es derrotada la humanidad sino en cómo podemos transformar esa denuncia en una acción de cambio de nuestra propia historia personal. “El hombre por sí solo no sobrevive en la naturaleza. Sólo sobrevive juntándose con otros y creando sociedades. Y la condición sine qua non para lograrlo es la empatía. Quizás en la educación, en vez de enseñar a nuestros hijos a aprenderlo todo de memoria y a recitarlo como loros, deberíamos enseñarles ética, civismo y sobre todo compasión y bondad”. 

El epílogo de su vida nos recuerda que es verdad el poder morir de tristeza. No una tristeza final que sea única, sino de la que contiene en sí las muchas tristezas que vamos guardando en el tránsito vital. Ella las reservó para sí sola con tal de no bajar el estandarte de su palabra para visibilizar la vida y la integridad del amor, la necesidad de plantar cara al sistema opresor que actúa con tanta saña contra las mujeres en Irán. Y esa es la gran victoria de su vida sobre la tristeza que arropó su tiempo de eternidad. Visibilizar el sufrimiento humano y la opresión a la que son sometidas las sociedades para crear empatía ha sido su aporte.

Porque quien escribe merece que se escriba de él alguna vez, porque siempre la palabra espera respuesta para crear el diálogo que sostiene nuestra irrenunciable existencia con el otro. Y porque escribir es un inmenso acto de coraje. Mas aun cuando sé da la lección que morir de tristeza no es una derrota sino una valiente decisión de asumir el dolor y elegirlo para fundirlo al amor en la intangible idea de la eternidad.