Elogio de la herbolaria: no por natural, inocente o efectiva- Parte I, por Rafael Muci Mendoza

Primero, No Hacer Daño

¡No por “natural”…inocente o efectiva!

PARTE I.

A muchas gentes se les va la boca diciendo que toman “medicinas naturales”, entendiendo por tales, aquellas hierbas que no sólo son efectivas, sino que también, a diferencia de las “drogas
patentadas”, carecen de efectos nocivos. Los que mercadean con las quiméricas expectativas de otros, “pájaros bravos” que son, muy bien que conocen a esa otra clase de “pájaros bobos” que por allí abundan, buscadores de curas milagrosas, presentes, ya en los malls de Miami, donde indígenas al fin, cambian dólares por sueños de eterna juventud; ya en Caracas, en las “tiendas naturistas”, repletas de “cuentas de vidrio” importadas y vendidas a inflados precios; ya en los mercados populares, en forma de plantas que no saben cómo reconocer ni para qué sirven, confiándose mansamente a las recomendaciones del mercachifle de turno… Preocupa sin embargo, que al consumirse estas medicinas “naturales” —que casi siempre, no lo son-, cándidamente se presume que carecen de toxicidad, efectos nocivos o colaterales, y que por tanto, pueden ser tomadas cuántas se quieran, cuándo se quiera, como se quiera y por el tiempo que se quiera, y como si ello no fuera suficiente, de paso, recetárselas a otros. Lo triste del caso, es que muchas de estas sustancias, nunca han sido sometidas a ensayos en anima vil, es decir, en el animal de laboratorio, desconociéndose por tanto, qué es realmente lo que se toma. El mito alrededor de estas drogas –¡óigame bien, DROGAS!—, se fundamenta en la premisa -no siempre válida- de que siendo “naturales” son inocuas: Su proveniencia del Reino Vegetal, pareciera librarlas de sustancias químicas de acción farmacológica compleja o peligrosa; al ser parte de la Naturaleza, es improbable que contengan tóxicos biológicos o químicos; en fin, por haberlas puesto Dios allí, están libres de toda culpa…Drogas vegetales como el curare, la cicuta, la quinina, la digital o la ipecacuana y muchas otras, son muy bien conocidas, sea por sus efectos beneficiosos, pero también, por aquellos otros tóxicos y aún letales. El médico, mirando con los ojos del entendimiento y siempre en la búsqueda de la verdad, ha tratado de reconocer en la Naturaleza las plantas medicinales, su efectividad, la forma de aislar sus principios activos, así que sus acciones puedan ser mejor comprendidas y controladas, sometidas a ensayos en animales de laboratorio y de esa forma, definir claramente sus indicaciones, contraindicaciones, dosis, efectos colaterales y capacidad letal.

La industria de la medicina “natural” es un pingüe negocio, basada sobre la proposición anecdótica de una pretendida capacidad curativa exenta de riesgos, se contrapone al medicamento patentado, cuya villanía a menudo es exaltada… En Norteamérica, al no ser patentadas como “drogas”, sino como “suplementos nutricionales”, no pasan el control de la FDA, la agencia federal que fiscaliza las drogas que la población habrá de consumir; luego, no se les exige controles rigurosos y los comerciantes, se aprovechan de esta brecha en el sistema… Es así, como simples placebos -preparaciones medicamentosas más bien agradables que útiles y sin ninguna acción terapéutica – pasan a valer un ojo de la cara. La horrible situación económica que ha flagelado a los venezolanos, especialmente a sus segmentos más inermes y depauperados, ha conducido a una salida hacia las hierbas, hacia la cubanoide “medicina  verde”, pero sin real conocimiento ni regulaciones de ningún tipo. Las hierbas casi nunca se emplean solas, sino en combinaciones, en desconocimiento de su valor curativo, de sus principios activos, y hasta de las interacciones nocivas que podrían ocurrir al ligarlas unas con las otras… Es cierto que la herbolaria, parte de la botánica aplicada a la medicina, ha rondado a los hogares y a los médicos por centurias, pero también lo es, que las hierbas pueden enfermar y matar, si las usamos alegremente… Recordemos además, que el verbo herbolar, significa inficionar algo con veneno o aún envenenar.

Sea propicio referibles la historia de una famosa hierba, que por más de doscientos cincuenta años ha sido una fiel aliada del médico en el tratamiento de la insuficiencia del corazón. Me estoy refiriendo a la digital. Su descubridor fue el doctor William Withering, un médico inglés nacido en Wellington, en marzo de 1741. Cuenta la anécdota que teniendo 26 años, fue solicitado para tratar a la joven Helena Cookes de 17. Durante sus visitas domiciliarias, se le veía recoger flores en la pradera, para depositar en las manos de Helena. Se dice que a través de esa romántica recogedera, se convirtió en toda una autoridad en plantas florales inglesas con virtudes curativas. Cinco años más tarde, decidió llevar a casa la flor más aromática, así que la desposó… Nos refiere el mismo Withering que en el año 1775 fue consultado acerca de una receta doméstica para tratar la hidropesía, nombre que en el pasado se daba al edema excesivo, a la anormal acumulación de ocioso liquido en las cavidades orgánicas -pleural, peritoneal y pericárdica- y en el tejido celular adiposo del cuerpo. Escribiría posteriormente, “Alguien me dijo que había sido mantenida en secreto en un convento por una anciana, una monja herbolaria del Condado de Shropshire, la Madre Hutton, y que algunas veces había tenido éxito, cuando el fracaso médico había sido rotundo. La receta empleaba cerca de 20 tipos diferentes de hierbas”. De sus estudios, él reconoció que sólo una de ellas era el ingrediente activo, la llamada “foxglove’ en inglés, y “digital” o “dedalera” en español, cuyo nombre científico es Digitalis purpurea.

Muy pronto comenzó a emplearla en pacientes hidrópicos, ganando con sus efectivas indicaciones una gran reputación… Desde aquella indicación remota para casos de hidropesía, los científicos fueron desentrañando una intrincada maraña que los llevó al aislamiento de los principios activos llamados glucósidos: la digitoxina y digitalina para la Digitalis purpurea, y la digoxinalanatósido-Cdigitoxina y acetildigitoxina para la Digitalis lanata, y al esclarecimiento de su farmacología, farmacocinética, efectos electrofisiológicos, usos terapéuticos y toxicidad. No obstante, la digital ha sido una de las drogas más indicadas y abusadas, no siendo sino hasta 1969, cuando se introduce el concepto de vigilancia farmacológica de las drogas, con lo cual comenzamos los médicos a respetarla y más importante aun, a prevenir sus efectos deletéreos. Pero la bella historia de la digital que quiero hacerles conocer, no termina aquí. Acompáñenme la próxima semana, para hacerles partícipes de la miseria y gloria del alma humana condensada en algunos pasajes de esta semblanza de una droga prodigiosa.

¡No por “natural”…inocente o efectiva!

PARTE II 

  En mi pasada entrega, les contaba del descubrimiento de la digital en 1775 por el doctor William Withering, esa mirífica planta empleada en el tratamiento de la insuficiencia cardíaca, y les ofrecí referirles algunas incidencias históricas que miran polos opuestos de la condición humana: Su grandeza y su ruindad… Pues bien, el 25 de julio de 1776, Erasmus Darwin, abuelo del famoso naturalista Charles Darwin, llevó a Whitering a examinar a una mujer madura que se ahogaba y sucumbía en medio de la marea alta de su intensa hidropesía, nombre que en el pasado se daba, a la inundación de los tejidos por agua ociosa. “La encontré sofocada —escribió—. Su pulso era extremadamente débil e irregular. Su respiración superficial y laboriosa. Su semblante sombrío. Sus brazos de un tinte plomizo. Yacía sudorosa y fría. Su abdomen, muslos y piernas, estaban muy hinchados. No orinaba más de una cucharada cada vez, y ocasionalmente”. Ordenó administrarle infusiones concentradas de dedalera, dosificadas varias veces por día. Para el 10 de agosto escribiría, “Encontré a la paciente en buen estado de ánimo, y totalmente libre de su hidropesía…” Darwin, conocedor de lo bueno con sólo mirarlo, por propia iniciativa y sin mencionar el nombre de Whitering, publicó un relato del caso, “La digital es una mina abierta—decía—, una veta repleta de oro, esperando sólo por quien la extraiga y le dé lustre…”. Como suele suceder con las almas elevadas, el enojo de Whitering ante la mendacidad de Darwin, se tornó en poderoso acicate para adelantar un estudio muy serio sobre la planta: La veta, fue pues explotada, y la rigurosidad científica de Whitering le el dio lustre. En 1785 condensa sus investigaciones en un trabajo, “Consideraciones sobre la dedalera y de algunos de sus usos en medicina, con observaciones prácticas sobre la hidropesía y otras enfermedades”. Era nada menos que el recuento de 10 años (1776-1785) de observaciones clínicas con la hierba, con seguimiento pormenorizado de ¡más de dos mil pacientes!, aunque el texto sólo se refiere, a una revisión detallada de 163 de ellos…

Le cupo el honor de ser el primer escrito en inglés alguna vez publicado que documentaba en profundidad, los efectos terapéuticos de una droga, y además, por la primera vez, se realizaba un ponderado intento por estandarizar un medicamento, que por ser altamente tóxico y aún mortal, permitiría a sus colegas de generaciones venideras, un mejor control de su administración: El polvo de hojas de digital. Para evaluar su efecto terapéutico, sugirió se controlara el peso corporal y el pulso periférico. No disponía el médico de entonces, de otro recurso semiológico para inferir la energía del bombeo del ventrículo izquierdo del corazón que palpar cuidadosamente el pulso en la muñeca del paciente. Reconoció que el aumento de la amplitud del pulso y su razonable enlentecimiento eran efectos beneficiosos de su acción, lo que se asociaba a un incremento del volumen de orina emitido por día, pero a la inversa, destacó la importancia del enlentecimiento extremoso del pulso, signo inequívoco de toxicidad y aún, preámbulo de la muerte. Aunque la digital ha cedido el paso a otras drogas menos toxicantes en el control de la insuficiencia cardíaca , todavía no ha perdido su valor terapéutico en esta condición. En ciertas arritmias como la fibrilación auricular, situación donde el corazón pierde su compostura y acompasado ritmo, enloquece y se lanza en desordenada y vertiginosa carrera, como hace más de 250 años, la digital, al igual que las riendas y el freno convenientemente aplicados, apacigua los desatados ánimos del potro desbocado… Esta hermosa historia es claro ejemplo del camino que debemos seguir los médicos al sopesar las propiedades curativas de una planta. La nuestra a más de humana, es una profesión eminentemente científica y si así es, no debemos avalar tratamientos cuya efectividad o ausencia de toxicidad, esté cimentada sobre teorías o relatos anecdóticos no comprobados. Los “médicos”, yerbateros y botánicos metidos a médicos, en desconocimiento de cómo funciona el cuerpo humano y cómo se enferma, basados en mareadas teorías de un pasado ya desaparecido, es cierto que alivian malestares que habrían de aliviarse solos, pero también no es menos cierto que en muchas ocasiones, disuaden al enfermo a continuar un tratamiento de efectividad comprobada, cuando no retardan una consulta médica, con lo que sólo logran que el mal coja cuerpo y se haga intratable… ¡Lástima que el vil metal haya distorsionado tanto nuestro ejercicio, que los mecanismos que nos controlan sean tan débiles que más parecen inexistentes, y que sean miembros del oficio, quienes se hayan trastrocado en comerciantes de la fe y de las expectativas de sus propios semejantes…!

A ningún facultativo cabe duda alguna, que la medicina más económica y efectiva, es la medicina preventiva. Los antiguos chinos pagaban a sus médicos un estipendio para que les mantuvieran libres de enfermedad; tan pronto como ésta sobrevenía, se obligaba a aquellos a retornar el dinero invertido… ¡Injusto atribuir al doctor virtudes sobrenaturales! pero de cierto, que algo hay: La consulta médica es una oportunidad única para reconocer nuestras tendencias destructivas, las que podemos poner en evidencia con un somero análisis de nuestro comportamiento ante la vida, pero ¡tantas veces somos sordos y ciegos…! Esos famosos “chequeos médicos”, mucho más servirían, si en vez de ponernos a indicarle al paciente exámenes y exploraciones innecesarias, empleáramos más tiempo en conocer sus hábitos y conductas, particularmente las nocivas, que nuestros pacientes consideran como “normales”.

La consulta médica, no debe ser pues, el equivalente a una receta, es la oportunidad especialísima, para que el paciente identifique, qué ha hecho para promover la eclosión de una enfermedad, y qué ha dejado de hacer para evitarla… El principio del deber y la responsabilidad ante nosotros mismos, debería prevalecer ante el principio del placer, ese hacer lo que nos dé la gran gana sin pensar en el dolor que estamos edificando para el futuro… Así pues, no descargue todas las culpas en su médico cuando no le pueda curar…

¡Mire qué ha hecho y qué puede hacer por usted mismo!

¡Complázcame y dedique los siguientes minutos a analizar las conductas nocivas que debería modificar y consideraré que… escribir vale la pena!