Benedicto XVI, testigo de la verdad

Nos ergo debemus sublevare huiusmodi,
ut cooperatores simus veritatis.
TERCERA EPÍSTOLA DE JUAN, VERSÍCULO 8

Joseph Ratzinger, uno de los intelectuales contemporáneos más solidos y más lúcido, y uno sino el más importante teólogo del siglo XX llegó al Papado tras su elección en Cónclave el 19 de abril de 2005, tras la muerte de san Juan Pablo II. De esta forma la Iglesia reconocía en él las virtudes necesarias y la capacidad pastoral para el proceso transitorio que significaba ese momento. La responsabilidad no era de bajo peso. Al contrario, tras el pontificado de Juan Pablo II, el tercero más largo en la historia de la Iglesia católica, se le presentaba a la Iglesia un momento excepcional para abrirse a reformas fundamentales que el nuevo milenio ha presionado. Reformas a fondo en lo estructural y revisiones sinceras sobre diversos aspectos dogmáticos, sin que esto significase en modo alguno el sacrificio de la Iglesia, de su misión en la tierra y de su propia esencia en cuanto milenaria institución religiosa. Ratzinger fue consciente de todo ello. Y en su propio corazón y en su mente tenía todos los elementos para llevar adelante la misión pontificia encomendada.


Benedicto XVI entonces se convirtió desde el momento de su elección hasta su serena y sorpresiva dimisión en un Papa no solo consciente de la transitoriedad de su magisterio, no por ello menos importante, sino también de la inmensa responsabilidad que significaba suceder a Juan Pablo II, cuyo Pontificado significaba un antes y un después definitivo para la Iglesia y la propia historia.


Dentro de su responsabilidad y magisterio, Benedicto XVI ha sido un gran promotor del regreso a las raíces más profundas del catolicismo, en la Iglesia, para la Iglesia y por la Iglesia. Y una vuelta a la búsqueda sincera de la verdad social, entendida como rechazo directo al relativismo moral, religioso, político, económico y cultural: “El hombre -dice en su célebre discurso ante el Bundestag- no es solamente una libertad que se hace a sí misma. El hombre no se hace a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y la voluntad es recta, cuando atiende a la naturaleza, la oye y la acepta y se acepta a sí mismo como quien que él es y no como quien que se ha hecho a sí mismo”.

Convencido de la encrucijada a la que enfrenta el mundo que transita del siglo XX al siglo XXI, fue explícito en su rechazo a las metodologías marxistas que pretenden seducir a la política presentándose como liberadoras de la opresión social, ocultando las consecuencias de su aplicación y su inevitable derivación en un inaceptable totalitarismo. Esta fue una de sus principales características. Y no era para menos, había vivido, como Juan Pablo II, aunque en modo diferente, el horror de la Europa nazi y comunista. Ese horror ante el que no se puede ceder nunca más.


Las tres encíclicas Deus Caritas Est, Spe salvi y Caritas in Veritate; Las magistrales intervenciones ante la Universidad de Ratisbona (2006), en las Naciones Unidas (2008), el Westminster Hall (2010), el pleno del Bundestag (2011), y los Mensajes enviados con motivo de las jornadas mundiales de la paz cada año de su pontificado, más su abultado archivo de escritos filosóficos y teológicos, configuraron su perfil como gran maestro del pensamiento y promotor de la unidad entre fe, razón y política.


Llama mucho la atención la firmeza de su pensamiento y la poca influencia de los grandes movimientos reformistas en él, a los cuales apartó de sí en Tubinga en la década de los sesenta por la alta influencia marxista que tenían. De esos movimientos reformistas sin más a lo interno de la Iglesia y en otra materia se alejó, sabiendo con una impecable conducción abrirse a nuevos tiempos sin modificar la conducta doctrinaria que se configuró al estar al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, antigua Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición. Ratzinger es el mismo en sus inicios académicos en Freising en 1952 hasta que dejó el Pontificado. Benedicto XVI en Aparecida ante los obispos latinoamericanos en 2009 es el mismo defensor del cristianismo frente al infausto movimiento de la teología de la liberación en la instrucción Libertatis nuntius de 1984.
Su pensamiento es un hilo inalterado de conservación y reforma, de firme conciencia social, alejada del pensamiento marxista y de un interesantísimo amor por el diálogo irrenunciable entre pasado y presente, como mejor herramienta para modelar el presente.

Ha dejado el Papa Emérito una labor inacabable para quienes ven en su obra pastoral e intelectual una gran luz en medio del desierto. Sobre todo en momentos críticos para quienes siendo cristianos católicos enfrentan el movimiento reformista deforme que se lleva adelante en la Iglesia y que olvida que «la ‘suprema norma de su fe’ [de la Iglesia] proviene de la unidad que el Espíritu ha puesto entre la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia en una reciprocidad tal que los tres no pueden subsistir de forma independiente» (Juan Pablo II, Fides et ratio, n. 55).


Así que sin duda y ante los desafíos de este tiempo debemos releer a Ratzinger, el gran Papa Benedicto XVI, para sostener la urgente, como dice él, “la conciencia de la responsabilidad del hombre ante Dios y de asegurar el consiguiente reconocimiento de la inviolable (“unantastbaren”) dignidad del hombre, de cada hombre”.

Robert Gilles