LA PUERTA DE LA VIDA

Sic transit gloria mundi
TOMÁS DE KEMPIS. IMITACIÓN DE CRISTO 1, 3, 6.

Jano, Dios de las puertas, del comienzo y la transición, Dios de los finales, tiene dos caras, una mirando hacia el pasado y la otra hacia el futuro. Pareciera obviar el presente, donde se realiza a cada momento esa figura etérea que él tanto observa, donde se transita hacia el futuro que inmediatamente se hace presente en una transición incesante. La vida no es otra cosa sino un ejercicio jánico, donde nos queda mirar al futuro sin olvidar que nosotros sólo somos una historia que contar, un pasado. Es que no tenemos sino al pasado para recordarle y el futuro, a cada instante hecho presente y pasado al mismo. Si, sólo eso tenemos. Y aunque pareciera frustrante reducir la vida a estas dos cosas, basta con recordar al gran Vinícius de Moraes: “E no entanto é preciso cantar/mais que nunca é preciso cantar” (No obstante, es necesario cantar, más que nunca es preciso cantar”.

Hay que entender la existencia desde la unidad que hay entre pasado, presente y futuro, esa especie de trinidad que configura el tiempo. No existe un presente que no tenga pasado. Pasado y presente no tienen sentido sin la promesa del futuro y el futuro si se realiza sin memoria es un absurdo para la existencia. Es el pasado, bajo la figura del recuerdo individual o escrito como un compendio colectivo de historias, lo que nos permite entender el aquí y ahora que torturado dramáticamente por la incertidumbre del futuro siempre acorrala en las preguntas trascendentales que buscan dar significado al superficial acto de vivir.

El gran humanista Ortega y Gasset, no deja de proclamar que la vida es la realidad fundamental, y advierte que todo lo que la vida es, está inserta en “el pasado humano”. Comentando “Veinte años de caza mayor” del conde de Yepes celebra a “todos los que son capaces de sentir bajo sus plantas el profundo pasado humano, de que, guste o disguste, somos no más que la simple y superficial emergencia”.

No podemos asumir el presente incluso para tratar de moldear al futuro sin hacer un miramiento permanente al camino que desandamos a cada momento. Esa visión hacia atrás de lo que hemos sido, en lo individual o colectivo, no excluye sino más bien apremia a la necesidad -o responsabilidad- de ver los aspectos negativos para así saber orientar los pasos que desde el presente se dan hacia el futuro.

El pasado observado por el vetusto rostro de Jano no es una simple selección de pensamientos, de vivencias, de amores o dolores, de alegrías o incertidumbres, mucho menos es un anecdotario de heroicidades o vergüenzas colectivas. El pasado, piedra angular del tiempo, es un incendio del que no debemos huir, sino al que debemos integrarnos con la magia que el mismo tiempo en su indescifrable código (avanzar hacia lo infinito) para lograr la transformación necesaria de la conciencia, lo que nos permitirá superar una nociva temporalización que deja sin efecto el sentido irrenunciable de la vida que es el vivirla a plenitud.

Pero no es un anclaje en el puerto del pasado. La revisión permanente de lo que fuimos no es excusa para detener la marcha la vida, por lo que ha sido nunca más volverá a serlo y solo tenemos el presente en su apresurada marcha hacia el futuro. Es vivir, mirando al pasado con hondura y valor, mirando al futuro con utopía y certeza, pero nunca sin dejar de sentir en nuestras manos el presente.


Robert Gilles