El parche en el ojo, por Rodolfo Izaguirre

Un desprendimiento de la retina del ojo izquierdo obligó a uno de mis amigos entrañables a ponerse en manos de la avanzada cirugía oftálmica caraqueña. Omito su nombre para evitar el alud de llamadas telefónicas, saludos amorosos y mensajes de email. Pero fue él quien me avisó de su urgente intervención quirúrgica. Le dije que comenzara a buscar una pañoleta de colores para cubrirse la cabeza, dejarse la barba que comenzaría a crecer durante la convalecencia, buscar un loro y terminar pareciéndose  a Long Jhon Silver, el pirata personaje de la novela de Robert Louis Stevenson: La Isla del Tesoro, 1882. Solo le faltaría una pata de palo.

Largo Jhon es un oportunista. Encaramado en el hombro tiene un loro llamado Capitán Flint en homenaje a un legendario pirata homónimo y perdió la pierna durante un salvaje y suicida abordaje pirata en Trinidad. Tiene una pata de palo y es dueño de la taberna El Catalejo, dice que es cocinero, pero en realidad es temible asesino que traicionará a todos los piratas que creen en él y escapará con trescientas guineas como parte del tesoro encontrado. Nunca más sabremos de él.

Hizo en su momento lo que Klaus Kinski en 1979 cuando convertido en Nosferatu, el vampiro de Werner Herzog, ordena a la criada que barra allí donde está el círculo de hostias y escapa veloz sobre un brioso caballo gritando: «¡Tengo mucho que hacer!».

Siempre me intrigó Stevenson. Nació en Edimburgo; era escocés, pero fue a morir de hemorragia cerebral a los 44 años en una isla de Samoa, en la Polinesia, lo que revela una inclinación a la aventura.

Los piratas convocados por Stevenson rugen de ron en borrascosas tabernas. Billy Bones murió de apoplejía; Perro Negro logró escapar herido; Sacristán murió aplastado por un caballo que no pudo esquivar a causa de su ceguera y Arrow murió al caer borracho en el mar. Otros perecieron en sangrientas batallas o devorándose entre ellos.

Long Jhon Silver me ha estado persiguiendo desde el momento en que Stevenson me lo presentó teniendo yo apenas 12 o 13 años. A esa edad mis verdaderos amigos eran Julio Verne, Emilio Salgari, Stevenson y otros más. Stevenson me iba a presentar también a un ser amable llamado Jeckyl, que era doctor londinense y a un sujeto de mala catadura como Jhon llamado Hyde.

Pata de palo con un loro en el hombro cree que también yo tengo el mapa de un tesoro. Y el señor Hyde trata de destrozar la perfección de mi alma. Desde entonces me persiguen y aparecen cada vez que los menciono o escucho sus nombres. Apenas mencioné el de Long Jhon Silver a mi amigo del parche en el ojo, sentí que algo se movía en la ventana de mi cuarto. Me asomé y allí estaba Long Jhon. «¡Tengo años buscándote, me dijo, pero no te asustes; estuve en Cuba y me hablaron de este país que es un tesoro enorme y valioso. Ya no tengo que vestirme de pirata; me pongo ropa de conocidos diseñadores y en lugar de la pata de palo, uso una prótesis modernísima que termina en un zapato fino. Te confieso un secreto que los piratas guardamos hasta la muerte: el parche no oculta necesariamente la falta de un ojo o un ojo tuerto». Y como si fuera Google, a través de la ventana Long John me explicó que los piratas, efectivamente, llevan un parche en un ojo, pero no porque existan tuertos entre la tripulación sino como arcaico sistema de «visión nocturna» durante las batallas, es decir, cuando los piratas abordan un barco el combate se inicia en la cubierta pero, eventualmente, continúa en las tripas del barco. «Dado que el ojo humano tarda entre 4 y 6 minutos en adaptarse a un brusco cambio de luz si entrábamos en la parte inferior de la nave, siempre oscura, estaríamos a merced de los sables rivales. Por eso usamos un parche en el ojo».

Long Jhon es ahora un hombre moderno sin el Capitán Flint en el hombro. Esconde la pata de palo en un pantalón Armani y sus modales de encanto le permiten entrar y salir del palacio de gobierno y de todas las dependencias ministeriales y burocráticas de Caracas y departir con los más encumbrados mandatarios, fortaleciendo todo tipo de oscuras negociaciones. Fue por eso que al alejarse de la ventana me pidió que no me asustara.

«¡Estuve en Cuba y allí me hablaron de Venezuela! ¡Este país tuyo que llaman bolivariano y cree vivir en un socialismo del siglo XXI -gritó- es el auténtico mapa del tesoro y quienes lo gobiernan son mis antiguos amigos de las borrascosas borracheras en El Catalejo! Estoy nadando en dinero y en drogas. ¡Esto es vida, carajito!». Y volvió a desaparecer.

Le escribí de inmediato a mi amigo convaleciente para que se olvidara del pirata: «Si te llega a ver con el parche que te recomendó el oftalmólogo te clava el puñal y te saca los dos ojos¡. ¡Déjalo tranquilo!», le dije. «Al final, traicionará nuevamente a sus antiguos amigos y desaparecerá. ¡Es un oportunista y traicionar es lo único que sabe hacer!».

¡Mira -le dije a mi amigo-, despojados de nuestras riquezas y sin ningún parche en el ojo, trataremos de rehacer nuestro resquebrajado horizonte!