Día del Idioma 2021: lenguaje, pandemia y solidaridad, por Horacio Biord Castillo

Día del Idioma 2021: lenguaje, pandemia y solidaridad

Horacio Biord Castillo

Para la Dra. Fátima De Abreu,
infectóloga e internista



Se ha ido extendiendo la práctica de dedicar un día o jornada a un asunto o figura especial. Con ello se corre el riesgo, sin embargo, de trivializar su objeto al hacerse además de forma consecutiva y reiterada. De esta manera muchas celebraciones se vuelven rutinarias y hasta pierden su fuerza conmemorativa o reivindicativa, dependiendo de la intención. Otro riesgo es la distorsión comercial, como sucede con las fiestas dedicadas a la madre, al padre o a los niños o incluso las ferias culturales. Algunos organismos internacionales han decretado celebraciones únicas, durante un año, un quinquenio o una década, como períodos consagrados a determinadas cuestiones, problemas o demandas con objetivos y metas específicas. Tal vez esto resulte más eficiente, o hacer las celebraciones cada cierto tiempo, como lo acostumbra la Iglesia Católica con el jubileo de los “años santos” aunque sin distanciarlas mucho.


El agotamiento de los significados puede afectar también el Día del Idioma y del Libro, conjunción que genera cierta incongruencia porque una lengua no solo es un fenómeno fundamentalmente oral sino que las manifestaciones de la oralidad, incluida la literatura, tienen un valor que puede quedar opacado por el énfasis excesivo en la palabra escrita. Esto pudiera acaso cambiar drásticamente con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación que han estimulado un uso creciente de herramientas y aplicaciones orales. En todo caso, este segundo Día del Idioma y del Libro en pandemia adquiere un sentido muy especial.


La humanidad se enfrenta a una de las más trágicas experiencias que nos afecta a todos, pero que no todos podemos superar por igual, es decir, en análogas condiciones personales o sociales. En este contexto, la condición universal aunque disímil de los seres humanos se ha vuelto más palpable de manera inmediata y precisa. En esta coyuntura extraordinaria, en el más castizo sentido de la palabra, aquilatamos el valor de un idioma, de nuestro idioma español, de todos los idiomas en general.


Desde diciembre de 2019 y, en especial, a partir de marzo de 2020, hemos tenido la oportunidad de calibrar la importancia del lenguaje y la comunicación como quizá pocas veces la habíamos tenido antes. Los efectos de la cuarentena, el confinamiento y el distanciamiento físico, e incluso social, han sido mitigados gracias precisamente a los lenguajes verbales y no verbales, a la posibilidad de comunicarnos con signos lingüísticos y con gestos que transmiten nuestros sentimientos, ideas, temores, angustias, dolores, afectos, frustraciones y esperanzas.


La capacidad humana de emplear lenguajes verbales y no verbales, aunque no se haya valorado así, nos ha ayudado a sortear este trance tan difícil originado por el nuevo coronavirus que causa el Covid-19. No se trata, por supuesto, de la única ocasión en la que la humanidad ha estado expuesta a condiciones similares. Podemos recordar, entre otras muchas, las epidemias de peste, genéricamente llamadas así, que enfrentaron las sociedades europeas durante parte de su historia, como en la Edad Media, y que dieron lugar a diversas manifestaciones literarias, entre ellas el Decamerón que abre las puertas al Renacimiento. También están las terribles epidemias que, como una fuerza indetenible, diezmaron a las poblaciones amerindias tras el encuentro de europeos y americanos, a finales del siglo XV y durante el siglo XVI y que aún en el siglo XX y lo que llevamos del XXI continúan haciendo estragos entre poblaciones sin respuestas inmunológicas adecuadas para enfermedades y virus que han introducido conquistadores, colonos y otros frentes y grupos en contacto. Igual ha sucedido con los nativos de África, incluidos aquellos capturados para ser esclavizados, y de otras regiones del planeta.


En la memoria reciente de la humanidad aún está fresca la terrible epidemia de la influenza A (H1N1) de 1918 que cobró millones de vida y que lamentablemente se conoce con un calificativo (“gripe española”) que pudiera tener resonancias racistas e incitar a la xenofobia. Otras enfermedades o pandemias recientes han sacudido la conciencia de la humanidad, como diversas variantes de gripes aviares, afecciones respiratorias y el ébola. Sobresale, sin embargo, un flagelo que recuerda las terribles implicaciones no solo físicas sino, sobre todo, ideológicas y de discriminación de la lepra en tiempos pasados. Se trata del virus de inmunodeficiencia humana que, al no controlarse de manera adecuada mediante los tratamientos antirretrovirales, puede desembocar en casos de síndrome de inmunodeficiencia adquirida o, por su temible acrónimo, SIDA, llamado en sus inicios con el terrible y del todo inadecuado nombre de “cáncer gay”.


No son, pues, experiencias nuevas para la humanidad las que se han enfrentado y seguimos haciendo desde diciembre de 2019 y que los países y sociedades más pobres y grupos más vulnerables probablemente habremos de seguir sufriendo por un tiempo más dilatado, quiera Dios que no tanto. El acceso diferencial a la asistencia médico-sanitaria, a los tratamientos y ahora a las vacunas, en todo el mundo y dentro de cada país, hace prever una lamentable continuación y duración de este azote que ya ha cobrado varios millones de víctimas mortales y aún más de afectados, directa o indirectamente, por el coronavirus.


En este contexto, celebrar el Día del Idioma y del Libro tiene varias implicaciones. Una de ellas es la utilidad de una comunicación precisa, respetuosa y solidaria, además de oportuna y realmente veraz de la situación, los riesgos y la atención médica en sus diversos niveles y modalidades. Lamentablemente algunos grupos y gobiernos, en vez de darles un tratamiento epidemiológico a las cifras y situaciones de la pandemia que es lo taxativo, han privilegiado enfoques políticos e ideológicos al servicio de sus intereses. Otro aspecto, muy relacionado con el anterior y con los usos lingüísticos, es la importancia de evitar el empleo de calificativos relacionados con la pandemia que pudieran incitar al odio. Entre estos sobresale el tildar el nuevo coronavirus y el Covid-19 de “virus chino” o, como se ha hecho de forma muy deplorable en Venezuela, “virus colombiano” o “virus brasileño”, calificativos empleados de manera absolutamente irresponsable por altos personeros del gobierno venezolano. Ello no es más que una verdadera y condenable incitación al odio, además de una muestra inaceptable de xenofobia, aunque detrás de esos usos se escondan deleznables motivaciones y manipulaciones políticas más que racistas propiamente.


De igual manera se debe resaltar la relevancia de la producción lingüística oral o escrita, según el caso, elaboraciones diversas, sobre la pandemia y sus efectos en la humanidad, el crear relatos, pensamientos e ideas sobre esta terrible experiencia de la humanidad, que ojalá dejase indelebles enseñanzas para el futuro. Entre ellas, debe prestarse especial atención al tratamiento lingüístico y metalingüístico de temas similares. Asimismo se debe destacar la importancia de la literatura, en sus versiones oral o escrita, como consuelo y distracción y su producción como sublimación, conceptualización, ficcionalización o codificación de esta situación.


Lenguaje y pandemia se relacionan mucho, más allá de la nada sencilla tarea de registrar términos y frases derivados del coronavirus y el Covid-19. En pocas palabras, celebrar en pandemia el Día del Idioma y el Libro, el día del idioma español, es, en definitiva, celebrar a los seres humanos, la capacidad humana de comunicarse, visualizarse y reinventarse para expresarse de manera adecuada y asertiva. No solo debemos subrayar la importancia de las bellas letras o literatura, sino también del habla coloquial y de las informaciones técnicas y administrativas sobre la pandemia.


Siendo que se trata del Día del Idioma español debemos recordar la crucial importancia y utilidad que ha sido para los hispanohablantes la posibilidad de tener una comunidad cercana a 700 millones de hablantes que empleamos la lengua hermosa de América (enriquecida por los indigenismos y americanismos), España, Guinea Ecuatorial y otras regiones de África y de algunos sectores de Filipinas, trasladada a otras partes del mundo, como al Mediterráneo y en especial a Israel. La lengua común nos une y hermana, sin distingos, a quienes hablamos, soñamos, leemos, escribimos, jugamos, rezamos, ayudamos y, por encima de todo, amamos y esperamos un mundo mejor, todo ello en idioma español.

*Horacio Biord Castillo es presidente la Academia Venezolana de la Lengua