REFLEXIONAR… ¡COMO SI FUERA POCO!, por Robert Gilles

En una de las reflexiones a la que nos acostumbra el gran y querido Fernando Savater quise rescatar una frase: “…luchar por educar a la gente contra el temor, para no tener que vivir en una sociedad esclavizada”. Esto podríamos aplicarlo a muchos de los miedos sociales que como individuos y en colectivo tenemos, incluso aquellos que parten de promesas, de esperanzas, que al no realizarse hacen incierto nuestro camino, más incierto cuando la sociedad es triturada por la hegemonía de la estupidez política, de la sinrazón, de la violencia y de la tragedia, como ocurre en Venezuela. Y es que el mismo futuro siempre nos atemoriza, aunque tengamos la certeza de que todo irá bien. El futuro no es en la vida algo de largo plazo, la vida acontece aquí y ahora, no mañana, no después. Esto no significa una tendencia al relativismo moral de los inmediatismos que paralizan el trabajo para el mañana. Es más bien un sentido esperanzado del «carpe diem, quam minimum credula postero» de Horacio, al fin y al cabo, una mínima confianza en el futuro.

Nuestra tragedia de cara al futuro, y en retrospectiva mirando a nuestro pasado, es el no habernos adueñado de nuestro destino, como lo hicieron aquellas naciones aplastadas por el totalitarismo de los pocos. Sí, porque siempre serán pocos, siempre. De esto nos enseña mucho la Europa resucitada de las ruinas en las que acabó el comunismo, en cuya caída fue determinante la figura de Juan Pablo II, el Santo, quien a diestra y siniestraba predicaba “¡No tengáis miedo!”. Aquellas naciones podían optar entre quedar sepultadas en sus propios odios que por décadas fue motivo para los atroces genocidios que ya conocemos, aquellos de los que eran víctimas y a la vez victimarios. Europa es sobreviviente de lo que unos mesías en nombre de la justicia, de la raza y del nacionalismo hicieron y al mismo tiempo fue una victimaria: los odios inculcados, la sinrazón de las ideologías, el desenfreno emocional del culto a la personalidad del que eran parte y muchas más razones le hicieron inmolarse a sí misma, convirtiendo a sus propios compatriotas en objetivo de guerra.

La historia de Venezuela no es diferente, de aquellos polvos estos lodos. Nuestros fracasos como sociedad, eslabonados tan formidablemente desde 1811, no son una acusación a quienes tenían en sus manos la conducción, sino más bien un mea culpa de no habernos interesado un poco más allá, siempre por esa maldita limitación mental que nos encierra en el “yo” egoísta. Quizá esto se explica un poco más al buscar entender por qué a Boves lo seguían más que a Bolívar. El urogallo era sin duda lo que aquellos venezolanos de entonces necesitaban ver, necesitaban oír y por quien querían luchar no por el mejoramiento en sí de su propio destino sino por pasión a la figura que el representaba y, aunque sea difícil entender, a lo que el garantizaba mantener: el estado de postración. Lo mismo que ocurrió con la oligarquía criolla de 1808 a 1811, una clase social que quiso independizarse de la España napoleónica que derribó el trono borbónico para conservar sus derechos y privilegios, no para construir su camino de libertad. De allí que las sendas declaraciones de esos años eran para conservar los derechos de Su Majestad el Rey. Afortunadamente el resultado parece ser diferente después.

También Zamora, el vil criminal, que tanto daño nos hizo como país, era lo que muchos venezolanos entonces necesitaban oír y sentir, aunque el rastro a su paso significó una guerra civil cargada de mucha violencia, de mucha crueldad y de mucho odio, no contra otros sino contra nosotros mismos.

Así se nos ha ido la vida. Aunque no todo es tan oscuro como parece. No siempre nos ha ido mal, quizá lo que más se nos acomode es aquella frase que García Márquez puso en boca de Bolívar en una conversación con su mayormo: “siempre hemos sido ricos y nada nos ha sobrado”, esta sentencia tan estremecedora de El General en su laberinto se nos ajusta muy a la medida, porque nuestra mayor mentira siempre ha sido creer que la incunable riqueza que nos fue dada como nación es una patente de corso para convertir nuestra historia en una secuencia ininterrumpida de ensayo y error. Y no es que eso esté mal, nada es ni puede ser perfecto en la empresa social. El curso de la historia es así. El problema de fondo es cuando dicha secuencia implosiona nuestra propia vida hasta llevarnos al borde del abismo.

Y es que el abismo es algo que se ajusta muy bien a la hora de describir dónde estamos como nación.

No podemos seguir empeñados en acabar con la política. Nuestro callejón sin salida es el haber confiado, todos sin excepción, que con soluciones mágicas íbamos a salir de esto. Que a costa de nuestra propia riqueza alguien podía ser tan descabellado como para que en pleno siglo XXI vinieran a resolver lo que nosotros no podemos, o que simplemente por alianzas geopolíticas íbamos representar una amenaza real y concreta para la nación más grande del mundo. La amenaza de no solucionar nada y hundirnos se concretó no por obra y gracia de un imperialismo que no es tal sino por nosotros mismos que con una tozudez sin par nos hemos aferrado en cerrarnos el camino de salida y dejar en manos de pocos nuestro camino. 

Es momento de reflexionar, ¡como si fuera poca cosa!, y de entender que tenemos que ponernos de acuerdo y dejar las andanzas de querer parecernos cada vez más a lo que tanto daño nos causa. Es el momento de renunciar a la loca carrera de elegir mesías que nos conduzcan en medio de la crisis. No necesitamos mesías, necesitamos de vuelta a los políticos que sean capaces dirigirnos, no de mandarnos, aquellos que con las nuevas generaciones puedan construir un nuevo camino de lucha para reconstruir la democracia en Venezuela. Y los políticos no son sino aquellos que actúan sobre lo que es posible, no sobre especulaciones, y que trabajan con lo que tienen, aunque las herramientas se las esté dando el adversario. La inteligencia se prueba cuando para construirle al enemigo el puente, él mismo te da la plata.

Lo contrario es seguir tan condenados como ya lo estamos. Venezuela es nuestra, el hogar del que no tenemos por qué irnos solo porque los indeseables hagan todo para que así sea.

Delante tenemos un camino difícil. Un sector de la dirigencia sin un discurso coherente, somalizado y desconectada del país real. Necesitamos a los que digan lo que se tiene que decir, aunque eso no es lo que la gente quiera oír. Por esa ruta fantasiosa no lograremos sino seguir hundidos en la peor de todas nuestras crisis y con la amenaza latente de que alguien despierte pasiones, como en 1998, y haga girar nuestro destino hacia alguno de esos extremos que traen consigo una factura muy alta que no sería remedio sino una peor enfermedad. El país que tiene hambre, que huye, que es oprimido, que está sin futuro, necesita un repuesta sin vacilaciones en este momento tan grave. 

Basta que los venezolanos sigamos negándonos a escuchar el duro “sangre, sudor y lágrimas” y basta que no haya alguien que sea capaz de decírnoslo. Ese aforismo de Churchill no es otro hoy que el hacer política. Construir sobre el futuro es el reto de quienes están en la vanguardia. Creer en lo que nosotros como individuos y como el todo que se llama Venezuela podemos hacer, es nuestra misión. Hagámoslo sin miedo.