EL 6 DE DICIEMBRE, por Robert Gilles Redondo

Una de las manifestaciones claras de la crisis venezolana es la ruptura entre las dirigencias políticas, los políticos en general y la sociedad. Un hecho que vino a manifestarse incluso antes del régimen chavista, en los años 80, en medio de la democracia surgida del Pacto de Punto Fijo, el mejor acuerdo democrático de nuestra historia, cuando se asumió por condición de vida que el Estado era la respuesta a la solución gratuita de todos los problemas. La ruptura sociedad-dirigencia es consecuencia de grandes errores de quienes protagonizaron la democracia. Una de las principales razones de esto es el anclamiento de la vida a los heroísmos gloriosos del pasado como garantía de que tal o cual proyecto político es garantía del futuro. Y no es así, así lo demuestran las naciones desarrolladas, la política es una acción del futuro y para el futuro. Y la historia apenas es la referencia sobre el camino que nos lleva a eso.

De aquella ruptura, esta crisis. Como diría el refrán popular: de aquellos polvos, estos lodos.

Este tema siempre ha sido escabroso y es de las cosas que los políticos y los dirigentes no quieren oír y tratan de vencer la maldición de la ruptura sólo en tiempos electorales para así concretar su legitima meta de ascender al poder. Y una vez en el poder se reinicia el ciclo y se descuida la acción de futuro que también es el poder y que quienes lo ocupan son mandatarios y facilitadores del bienestar social.

Pero no solo los políticos y los dirigentes son y deben ser obreros del futuro. La sociedad también. Cada ciudadano está llamado a cumplir su papel porque no es un monolito aislado dentro del colectivo. En la sociedad y para la sociedad se realiza la promesa del futuro. Esto se ha visto inclusos en las naciones devastadas por regímenes totalitarios que han cubierto de sangre y represión sus días. Siempre se construye desde la nada, desde el espacio vacío. Y la habitación que está a oscuras, sólo hay que iluminarla. Así sucede en cada nación, esa es la acción de la historia en la línea infinita del tiempo.

Venezuela sobrevivió a la Guerra de Independencia y a un siglo interminable de caudillos y guerras intestinas que no le permitieron formar con dedicación sus instituciones, su identidad y su destino. Para los hombres libres hay que tener siempre un campo fértil de oportunidades. Tras el derrocamiento de Medina Angarita se condujo a nuestro país, durante el Trienio dirigido por Betancourt, a la gran reforma democrática del siglo XX. Y tras una cruenta dictadura, con el sacrificio y la lucha de venezolanos convencidos de su tiempo y de su acción, se retomó el camino en 1958 con la caída Pérez Jiménez. Así a cada crisis los venezolanos han apostado a su propio país y a resolver cualquier crisis que se presente, aunque muchas veces se haya creído. Este tiempo de oscuridad y tristeza al que nos ha conducido un modelo anacrónico y agotado no es ni será la excepción.

Frente a ello el próximo 6 de diciembre se presenta la realización de las elecciones parlamentarias al que concurre un sector de la oposición venezolana y el régimen chavista. La finalidad política es anular la acción de la actual gestión de la Asamblea Nacional, electa en diciembre de 2015 en las mismas condiciones de hoy, y que ha sido marcada por la aplicación del artículo 233 constitucional por el que Juan Guaidó se juramentó Presidente Interino, una estrategia opositora que se agotó ante la incapacidad de gestionar un proceso de transición exitoso que permitiera el fin del régimen chavista a través de unas elecciones libres y creibles o de la mesiánica pero negada hartamente posibilidad de un escenario de fuerza.

Ni elecciones libres ni intervención militar es el resultado. Esta última opción es posible nunca existió en los planes de Estados Unidos y sólo se manifestó para generar titulares y presión a Maduro, el tiempo así lo confirmó y el cambio de Trump a Biden así lo confirmará. Lo único concreto fueron las sanciones a la cúpula chavista, dirigentes y empresarios, por casos de corrupción y narcotráfico que podrían ser útiles en un posible escenario de transición como objeto de negociación y en el que seguramente el gobierno de Biden tampoco cederá ni retrocederá en las sanciones impuestas al chavismo, no al país en su conjunto. De allí que siendo de vital importancia la gestiones de la Comunidad Internacional para un acompañamiento sensato a la solución de la crisis social, se presenta un nuevo escenario.

Y ese escenario se impondrá sea cual fuere la decisión de la ciudadanía el 6 de diciembre.

La realidad concreta (y la política existe sobre lo concreto y no lo previsible) es que el próximo 5 de enero de 2021 se instalará por la fuerza política de quien detenta el poder y por el voto de un sector del país, chavista, que sí existe, y opositor pero que no respalda a Guaidó, un nuevo poder legislativo, legitimo o no, según lo que convenga a lo interno y a lo externo, cuando sea crucial decirlo, y sobre eso es lo que hay que decidir.

La referencia inmediata es el escenario de 2005 y el altísimo costo que tuvo para el país la abstención en un debilitado gobierno de Hugo Chávez que encontró en esa torpe manifestación opositora la oportunidad excepcional de recobrar su innegable liderazgo político en el país y la implantación de su modelo totalitario por la vía legal.

La posterior participación opositora en 2010 fue víctima del mismo escenario de 2005 con la agravante del Estado multimillonario que estaba despilfarrando la renta petrolera. Siempre se ha pensado en un sector de la oposición que el chavismo no existe en la sociedad, que es solo un espejismo de la hegemonía comunicacional. Y no es así. Se quiera o no admitir, Hugo Chávez tuvo un inderrotable piso electoral que fue alimentado por la excepcional renta que manejo y la hábil estrategia de su deidificación que procuró mantener soldada la comunicación y cercanía con el pueblo. Con ese piso electoral y social, muy desvencijado ya, sobrevive Maduro, en un gobierno ilegítimo a todas luces y ya sin capacidad de maniobra para enmendar, sostenido además por un sistema de complicidades indescriptibles, surgido de la alianza de muchos sectores para delinquir.

El mismo escenario del pasado es hoy, nada ha cambiado. Las elecciones parlamentarias son un mandato de la misma Constitución que invocamos para cambiar este sistema criminal y sobre la cual se han basado tantas estrategias opositoras. Sí, sin garantías democráticas porque el Estado venezolano fue desmantelado. Sí, en condiciones adversas y con complejas medidas políticas precedentes a la elección. Con todo en contra, pero con el abrumador rechazo a Maduro que llega hasta un 90%.

Quedarnos de brazos cruzados no es opción. Agotadas todas las opciones que estaban en la mesa, renunciando a la ilusión terca de soluciones mágicas y con la crisis venezolana en pleno proceso de somalización no tenemos sino la opción de nuevas estrategias y nuevas opciones para lograr el entendimiento y la libertad de Venezuela.