Jugando a ser tiranos, por Robert Gilles

JUGANDO A SER TIRANOS

La carrera electoral de Estados Unidos entre Donald Trump, actual Presidente y candidato republicano, y Joe Biden, candidato demócrata, de cara a las elecciones del 3 de noviembre ha sido un auténtico desastre y pone en la palestra la dramática erosión de la democracia americana que se ha mantenido incólume desde su establecimiento en 1776. Poner atención a esto es de vital importancia para el mundo. No somos ajenos a lo que ocurre y ocurrirá en EEUU. de allá depende en la gran medida el futuro de todos.

Trump y Biden han brindado un espectáculo barato, donde ha privado ante todo la incapacidad de oír el adversario y la guerra sucia para denigrar al oponente y así conquistar votos. Algo muy característico en estos tiempos de la política internacional, donde además el caso venezolano se vende muy bien. Y confirma el escenario que hemos visto en los últimos meses: la polarización total y muy peligrosa de la sociedad norteamericana, algo muy conveniente para los dos grandes rivales que son realmente China y Rusia, cuya influencia en Occidente se acentúa cada vez más.

Estados Unidos enfrenta una crisis económica, sanitaria y social muy comprometedora y todo en medio de un escenario internacional que se complica cada día mas por el auge de influencias de otras potencias que buscan dinamitar el liderazgo de Norteamérica en el mundo. Trump tiene el escenario de la pandemia que trastocó la historia actual y deja saldo de 200,000 estadounidenses muertos, un escenario que implosionó su exitoso enfrentamiento al statu quo de Washington. Y está lidiando con los problemas raciales y la violencia urbana que han enfrentado a la sociedad norteamericana al punto del surgimiento de milicias y el empoderamiento de los supremacistas blancos. Si bien es cierto que tiene a su favor el éxito de la gestión internacional la cual está fundamentada en el diálogo y la diplomacia para esquivar la tentación de ser policía del mundo y con ello no iniciar un conflicto militar, como ocurrió en los momentos más álgidos de las relaciones con Irán y Corea del Norte o en los resultados de las negociaciones con Bahrein, los Emiratos Árabes y Sudán con Israel.

En saldo negativo la no resolución de la tan publicitada situación de Venezuela y el estancamiento que existe para lograr el fin de este conflicto, aunque para nada seamos el ombligo del mundo o la máxima prioridad hemisférica de la Casa Blanca. Estados Unidos sabe que el tiempo va en contra y no es posible el escenario de una intervención militar porque ningún país de la región va a apoyarlo, para ello agota todas las sanciones posibles contra el régimen chavista, sabiendo que ello puede no ser una solución de corto tiempo y que esto solo complica más el drama humanitario y aumenta el desplazamiento de millones de venezolanos, haciendo inestable la vida de sus aliados más cercanos como lo son Brasil y Colombia, afirmándose más la posibilidad de que se reedite en Venezuela una Cuba sancionada sin solución política, con el temerario escenario de una africanización del conflicto encima.  En todo caso esta situación recuerda mucho la torpe actuación norteamericana en Irán cuando apoyó de forma irrestricta al Sah de Irán, que conllevó un estrepitoso fracaso materializado en la Revolución Islámica que aún sobrevive bajo la guía del Ayatollah.

El martes 3 de noviembre el candidato Presidente llega una vez como el hombre anti establishment, con un amplio rechazo en sectores decisivos e incluso en su propio partido como el grupo del Lincoln Project que no apoyan a Biden pero esperan la salida de Trump. Pero en sus manos trae el éxito de la recuperación económica en medio de la pandemia, y que está representado en el aumento sin precedentes del 7,4% del PIB. Esta elección que casi siempre resulta un referéndum que permite la continuidad del mandato presidencial por cuatro años más está en circunstancias excepcionales que son las que le dan a Trump los mayores obstáculos para vencer. Es innegable que el manejo de la pandemia es su mayor punto débil.

Joe Biden por su parte representa todo lo opuesto a Trump. No hay un solo punto de encuentro con Trump. Su discurso conciliador y de aparente moderación frente a diversos retos de la sociedad americana, es quizá su punto más fuerte en el escenario tan volátil en el que están. Aunque esto le cueste el ser señalado por Trump como el representante del socialismo o una advertencia disparatada como la que su victoria significaría caer en una situación como la de Cuba y Venezuela, algo realmente imposible. Tendrá consecuencias la relación de Biden con Rusia y China y el cómo ha sido beneficiado económicamente de ello. Además de los escándalos de corrupción en su hijo.

Lo cierto del caso es que las elecciones, más allá de la pandemia, sin duda la gran condicionante de todos los escenarios políticos y geopolíticos, tienen que concluir con el fortalecimiento de la democracia americana y el afianzamiento de sus valores que es lo que realmente y de forma muy peligrosa se ha puesto en juego. Como la gran nación del mundo su responsabilidad hoy es histórica. Y de allí la persona elegida será quien enfrente el desafío de superar los estragos de la violencia social que intenta apoderarse de sus calles, tratando de conducir a los EEUU en un oscuro callejón sin salida. Y es que no puede subestimarse los riesgos en los que se encuentra con el resurgimiento de los odios raciales.

Pero también el Presidente de los próximos años tendrá que rectificar las políticas migratorias de EEUU, esa reforma tan escurridiza que sigue siendo una tarea pendiente. Y para ello ayudará mucho que Estados Unidos siga viendo en América Latina a un aliado más que al incomodo vecino subdesarrollado que altera los índices de su economía. Desde la Casa Blanca se tendrá que corregir la ruta respecto al caso venezolano, principal y peligroso conflicto de la región. Estados Unidos puede liderar ese esfuerzo sin precedentes que se requiere para poner fin al régimen chavista y reconstruir a Venezuela. Un esfuerzo que más allá de rescates financieros o humanitarios, y descartado como está el escenario militar, significa lograr las condiciones bajo un acuerdo excepcional e inaplazable para la realización de unas elecciones libres, bajo estricta supervisión de la Comunidad Internacional. Las sanciones especificas a funcionarios del régimen de Maduro deben ser complemento a un “sentarse en la mesa”, sí o sí, y no un aliciente temerario que empeore el drama social y económico del país.

De sanciones y bloqueo tenemos como referencia a la Cuba de los Castro, esa Cuba que realmente Estados Unidos en sesenta años nunca quiso ponerle fin. Al fin y al cabo, en política, domestica o internacional, también las crisis son un negocio que a veces no conviene acabar.

La línea de no ser el policía del mundo es necesario continuarla. La propia pandemia ha demostrado lo inútiles que son los gastos bélicos cuando hay tanto por mejorar a nivel sanitario. No hay nada que un buen timón diplomático no pueda resolver. Eso se ha demostrado en los últimos años viendo el enorme fiasco que significó la invasión a Irak frente a los avances que se han tenido frente a los países que continúan su carrera nuclear o representan amenazas concretas para la seguridad y la paz del mundo, como Corea del Norte, Irán o Siria. El gran desafío de Occidente con Estados Unidos a la cabeza es derrotar al cruento enemigo del islamismo.

El final de fotografía que nos promete el martes 3 de noviembre tras la escogencia de los Colegios Electorales, puede advertirnos que esta delicada elección va a terminar en manos de la Corte Suprema. Lo que resulte de ello será consecuencia del nivel de madurez que Trump, Biden y sus respectivos seguidores tengan respecto al futuro de la nación norteamericana. Y ellos, los dos candidatos, están obligados a reconocer pacíficamente lo que se decida, porque lo que menos necesitamos es que jueguen a tiranos y se incendie el norte.