ACCIÓN DEMOCRÁTICA: RENOVACIÓN PARA EL FUTURO, por Robert Gilles

ACCIÓN DEMOCRÁTICA: RENOVACIÓN PARA EL FUTURO

Primera Parte

Uno de los grandes desafíos de la Venezuela contemporánea, la que está expuesta a su peor crisis económica, política y humanitaria, es el replanteamiento de la política, en cuanto concepto (qué es y para qué sirve) y en lo que respecta a cómo hacerla. De ello depende el lograr descifrar la clave de la pasividad ciudadana, del desinterés y el escepticismo que, aunado a los factores normales del caos de la crisis, mantienen al país en un oscuro y muy peligroso callejón sin salida. Este replanteamiento de la política pasa casi en su totalidad por la necesidad de empoderar, a mi criterio, tres factores claves: a la sociedad, a las nuevas generaciones y al sector empresarial, y ese empoderamiento no refiere exclusivamente al acceso al poder político del Estado, sino al poder como herramienta de desarrollo de la nación. Negarnos a ello es seguir contribuyendo a uno de los males, casi cancerígenos de los que adoleció la democracia civil, y que es no otro que la visión en mucho totalitaria de las dirigencias del status quo del temor de empoderar y perder el poder que ya tienen.

En el replanteamiento de la política juegan un papel determinante los partidos políticos. Organizaciones que, aunque venidas a muy menos en los últimos veinte años, son o deben ser la estructura primaria de la organización política de la sociedad. Eso sí, en un punto muy moderado, que implique el empoderamiento de sus cuadros políticos sin temor a que eso replantee el status. Porque el mismo cuadro dirigente, por la mera condición de dirigencia y el inexorable avance de la historia, debe estar sometido a la renovación permanente para hacer más efectiva su incidencia en la vida social y política. La legitimidad democrática de cualquier institución no puede ser un vector impuesto de arriba para abajo en las estructuras, sino que debe ser una acción multidireccional.

La dialéctica schimittiana de amigo/enemigo que ha impuesto el Socialismo del XXI como teoría y praxis de la política no se combate con propuestas programáticas simplistas que no buscan solucionar los complejos fenómenos originados por la crisis, sino que intentan crear un ambiente de convivencia o sobrevivencia en medio del caos, lo cual representa el mayor de todos los riesgos históricos. Y aunque no me es posible someter esto a una crítica general, es evidente que la fractura que viven todos los partidos políticos de la Venezuela actual es el querer actuar de forma simplista, conectando la política solo al malestar de la población afectada e ignorando que la política exige planteamientos creíbles de solución y no de queja. Es decir, lo que podemos construir empoderando de forma articulada (el poder es una construcción no una ideología) y no lo que podemos decir empoderados desde una posición dirigente. 

Para lograr el establecimiento de un sistema democrático es necesario relegitimar a la política y hacerla alternativa creíble al aberrante anacronismo del régimen chavista. En este sentido, los partidos políticos necesitan una reanimación que significa, reiteración teórica de sus fundamentos, pero, sobre todo, reactualización de su acción para que se cancele la distancia, cada vez más grave y provocativa entre las élites que por élites pueden seguir donde están y la sociedad que por su crisis no puede seguir en el estadio en el que se encuentra.

Sobre esa reanimación y reactualización se esforzaron mucho los tres hombres de mayor lucidez intelectual y solidez política de la historia de Acción Democrática. A saber, el fundador Rómulo Betancourt, Valmore Rodríguez y Alberto Carnevalli. Éste último, el merideño, sin duda heredero político de Betancourt y la mayor reserva política de AD si el destino no le hubiese reservado la tragedia en San Juan de los Morros en 1953. Pero también casi en su totalidad los fundadores del partido, dirigentes históricos como Andrés Eloy Blanco, Leonardo Ruiz Pineda, Octavio Lepage y, con menos incidencia, el propio Gonzalo Barrios, hombre que siempre supo manejarse en todas las aguas.

Betancourt, Rodríguez y Carnevalli prestaron muchísima atención a la forma en cómo debía actuar el partido, no tanto para las tormentas políticas en las que se formó y en las que tuvo un rol histórico desde la fundación en 1941 hasta la “pasada de página” definitiva del 23 de enero de 1958. Para ello se enfocaron mucho en lo que debía ser la organización, la disciplina y la formación ideológica del partido. Se partió del dogma de la honestidad administrativa que Betancourt enarboló como modo de vida propio para hacerlo fundamento del accionar de AD y de la conciencia histórica que significaba ser el partido que más conexión ha tenido con la sociedad, para que sus dirigentes al hacerse de poder respondieran de forma auténtica a los reclamos sociales y se propugnara un auténtico Estado de Derecho, de Justicia y de Bienestar Social. Aquí me niego a usar eso de “partido del pueblo”, porque es un concepto vacío que cae en la impersonalización de las masas, ese mal histórico de la región latinoamericana, que es mejor reforzarlo desde la acción concreta para que el pueblo sea lo que la noción real de esta palabra enarbola: comunidad abierta de ciudadanos libres e iguales. 

Valmore Rodríguez estaba convencido que para “la tarea de estructurar una organización como la nuestra, de tipo esencialmente popular y democrático, que armonice y discipline en cuadros potentes los profundos anhelos de transformación revolucionaria que agitan a las grandes masas del país (…) “el partido está en el deber de liquidar brotes de irresponsabilidad e indisciplina antes que asuman proporciones funestas”. Para ello, advertía que “las posiciones directivas han de ser discernidas entre elementos probados y en razón de la honestidad, capacidad, desinterés y devoción con que se labore dentro del partido. Y añadía: “Acción Democrática no podrá ser refugio de arribistas y ambiciosos, sino escuela de disciplina, sacrificio y lealtad”.

El descuido de estos principios llevó a duros procesos internos de división en Acción Democrática. Por ejemplo, apenas cuatro años después de la fundación, el prematuro surgimiento de la facción de Raúl Ramos Jiménez, Elpidio La Riva Mata, Jesús Paz Galarraga, José Manzo González, José Ángel Ciliberto, Héctor Vargas Acosta, entre otros, durante el trienio 1945-48, que años después cobró fuerza como la división del grupo “ARS” (Déjeme pensar por usted), a la que se sumó el importantísimo apoyo de Ramón Quijada de la muy importante Federación Campesina, Marcial Mendoza, Carlos Blanco padre, y Manuel Alfredo Rodríguez en la elección de 1964, donde AD debió asistir al proceso electoral con dos tarjetas: la negra, con Leoni, y la plateada, con Ramos Jiménez.

Un hecho menos documentado pero de gravísima relevancia fue la ruptura que de hecho se produjo entre Betancourt y Gallegos, en mucho promovida por los íntimos círculos del célebre escritor de Doña Bárbara (Humberto García Arocha, Alberto López Gallegos, Luis Lander, que tenía una importante rol dirigente dentro del partido, y de alguna manera Gonzalo Barrios) que llevaron a la salida de Betancourt del país y con ello el debilitamiento de la posición de Gallegos en su relación con las Fuerzas Armadas. Aunque en la lejanía de los hechos es fácil comprobar que no había manera que el novelista pudiese sostenerse en el poder ante la ausencia de decisiones claras con respecto a las insurgencias militares que no podían ya lidiar con la incapacidad política de Gallegos.

Luego, sin corregirse de forma y de fondo los problemas, las dos grandes divisiones del partido: la del MIR, encabezada por Domingo Alberto Rangel y Gumersindo Rodríguez, que deseaban que AD asumiera posiciones más a la izquierda, arrastrando consigo a toda la dirigencia juvenil del partido, de la cual gran parte asumió la lucha armada en la guerrilla como Pérez Marcano, Moleiro y Américo Martín.

Y la gravísima división propiciada por Luis Beltrán Prieto Figueroa por las diferencias irreconciliables con Betancourt que quedaron plasmadas en la demoledora carta que Rómulo envío desde Berna a Prieto y que es de por sí uno de los documentos políticos más sólidos del Fundador. Una división muy costosa en lo político porque desarmó por mucho a Acción Democrática y, en lo personal para Betancourt dado que su propia hija Virginia (aunque ella nunca haya militado en el partido de su padre) respaldó públicamente a Prieto y su esposo José Lorenzo Pérez participó como candidato por el MEP (Movimiento Electoral del Pueblo), partido creado a partir de esta honda división.

Todas estas experiencias solo confirman la necesidad de la reanimación, no sólo para Acción Democrática, sino de todos los partidos por cuanto son piedra angular de la organización política de la sociedad. El dar paso a la política “a modo de uso personal”, si así quiere decir, y cerrarle espacios a la política en su concepto amplio y siempre renovador de acompañamiento al colectivo para construir desde ahí el poder que realice las aspiraciones colectivas, produce el estancamiento del que durante tantos años hemos padecido.

Se debe retomar la ruta en la que los cuadros y militantes de los partidos tengan conciencia reflexiva, actitud y compromiso práctico con los fundamentos que los agrupan y en función del interés colectivo. Ningún partido se puede sostener a la larga ni ser alternativa sin la adhesión de su dirigencia y militancia con la ciudadanía al sistema de creencias y valores que constituyen su sustancia. La falta de un mensaje bien programado y claro, no escudado en el pasado, sino como alternativa al aquí y ahora, es un hecho grave sin paliativos si se tiene en cuenta que la política es y debe ser solamente una acción de futuro, que solucione este oscuro presente que reclama acciones decisivas.

Robert Gilles