Ionesco “comunicado”, por Alfredo Coronil Hartmann

Nota para esta edición:

Leer a Alfredo Coronil Hartmann, el consagrado humanista de nuestro tiempo, es ya un deleite. Este artículo, más un desahogo, me hizo recordar, como es debido, al gran exponente del teatro absurdo: Eugene Ionesco, además miembro de la gloriosa Academia Francesa. Pero me ha traído a la mente la crítica válida a este mundo del Tercer Milenio que es ya irreparable y que refiere a una vida sin profundidad, sin el celo por el “ir más allá” de lo que nosotros mismos, por naturaleza siempre menos, somos. Es que hoy en día sin duda creemos que nuestro saber debe ser en función de lo que necesita nuestra ya menoscabada condición; pero esa necesidad y esa condición que es de origen analfabeta condena la obligación de ser más de lo que ya somos pues en ello se responde el quo vadis existencial. Estamos siendo arrullados por el tiempo de lo inmediato. En internet en cuestión de segundos se responden cualquiera de nuestras dudas o nos informamos de lo que en determinado momento nos conviene. Y a esa inmediatez condicionamos nuestra vida, haciéndola una especie de vasija vacía que no retiene sino que deja filtrarlo todo.

Nos enfrentamos sin duda todos a nueva generación y un nuevo tiempo. Pero el enfrentamiento real y concreto sigue siendo, de fondo, el mismo: la vida. Vida que no es el mero funcionamiento del cuerpo, condicionado a determinadas horas de trabajo y descanso. Mucho menos a lo que la cotidianidad nos reduce. La vida, ¡ah, la vida!, quién sabe qué es y para qué la tenemos. Pero sin duda es algo más de lo que ya creemos y quienes entienden eso aún en este tiempo están llamados a ser los bienaventurados, los justos. Forzosamente no debemos dejar de creer que la eternidad no es puente que se atraviesa en la muerte, no, sino un estado mismo de la vida que cada persona puede encontrar en la búsqueda de sí mismo.

Sea nuestra promesa de vida el aforismo de Whitman: que nada exterior llegue a mandar en mí. Y que no nos asuste la inmensa soledad que ello causa. Amén.

Robert Gilles

Ionesco “comunicado”

"... la vida es demasiado corta para ser pequeña..."
Benjamin Disraeli
A mi hermana Luisa Fernanda Coronil

Hablar de Eugene Ionesco a esta juventud fascinada –hasta el delirio- por la fiebre de la comunicación, instantánea y “viral” pareciera un chiste o la apología a la paradoja llevada al extremo. Después de todo “Rinoceronte”, su pieza emblemática, fue considerada teatro del absurdo, cuando la estrenara allá por 1959, y la incomunicación hasta el paroxismo y una fábula dramática acerca de la propagación y aceptación social del totalitarismo, su elemento argumental.

Eugene Ionesco, ubicaba elementos cómicos y dramáticos en historias significadas por el nonsense y el burlesque para definir con osadía estructural y aspectos filosóficos-simbólicos un desasosiego existencial que implica una tragicómica inquietud sobre el conjunto de la sociedad, quizá por aquí andan mis asociaciones mentales entre los sólidos paquidermos   que acapararon la obra de Ionesco, absolutamente incomunicados, y el inconmensurable “gran cañón del Colorado” que a ratos me separa de mis otrora cercanos y afables conciudadanos.

Cuando se está lo suficientemente joven para tener apetitos, ambiciones, metas tangibles, acariciables, paladeables, todo acto o acción pública obliga a una serie de complicados y rápidos cálculos, por supuesto si uno no es un insensato, un irresponsable y si uno tiene sed y ambición de éxito. Se trate de una simple conquista romántica o de una jugada más complicada y trascendente.

Ya tengo setenta y siete años, mucha agua ha pasado bajo este puente, me moriré de lo que Dios disponga, pero no será de aburrimiento o de frustración, tengo, siento, una razonable complacencia de lo realizado con el tiempo y la circunstancia recibidos, siento -sobre todo- una inmensa gratitud por el legado moral, estético, espiritual que me transmitieron mis mayores, gente útil, trabajadora, digna, refinada, honesta, ajena a la prepotencia y radicalmente alérgica a la ostentación. Algunos me han elogiado mi humildad, no creo ser humilde, soy simplemente un hombre en paz, no me siento obligado a demostrar nada que ya no haya intentado con pasión y con fe. Me parece suficiente.

Soy en el fondo bastante simple, de allí que me sienta entre sorprendido e incómodo con el panorama que aún me rodea y que veo venir hacia los jóvenes de hoy. Una espesa nata de futilidad, de hueca algarabía, un vivir hacia afuera, para que lo vean otros, no para vivirlo ellos, un maravilloso avance tecnológico, no al servicio de mayor profundidad y logros, sino de hueca frivolidad y ridículo exhibicionismo. Pierden, no sé si repararán en ello, la fruición, las delicias de una intimidad plenamente compartida, vivida con ardida plenitud y entrega. Qué clase de intimidad puede conocer quien tiene que twitear a algunos miles de ociosos, cada curva o cada paraíso que vaya descubriendo en el ser amado, cada arcana golosina de luz o alumbramiento, cada rincón de hospitalaria entrega. No los envidio.

Todo el inmenso cúmulo de recursos y de información no parecieran constituir el arsenal de los dueños de un mundo nuevo, de los nuevos adelantados del espíritu, de los llamados a descubrir nuevas dimensiones. Nada se menosprecia tanto como el conocimiento, el saber hiede a moho, cuando ilusos creemos servir explicando alguna cosa, hecho o disciplina, enseguida notamos el aburrimiento,  eso está en google, la información lineal, sin análisis, sin estudio comparado y entendido, es lo único importante.

Hay, es cierto, un relativo culto a un pequeño léxico, usualmente rebuscado y maquillado, esas 20 ó 30 palabras determinan quién está in o no está en nada. Dicho más directamente, el lexiquillo a la mode suple el conocimiento, la experiencia, la vividura.

A los 77 sigo estudiando, cada día de mi vida y nunca pienso para que lo hago, lo hago por mí, para mí, por la satisfacción de aprender, ¿será un vicio? una manía, quizá, alguna vez hasta se trata de cosas intrascendentes, pido al Señor me conserve esa curiosidad, esa resiliencia enconada de mi espíritu, mientras respire, quizá porque interpreto que, si me dio los medios, las facultades, tengo el deber de ejercitarlos. La inteligencia no debe ser inútil. Así sea.