Paisaje Suramericano, por María Jael Redondo Rodríguez

In Memoriam

En las tardes de infancia, esas que vivimos y a las que siempre deseamos volver, los juegos eran sustituidos por hermosas lecturas que sembraban en mí una devoción especial por la poesía y la literatura. Sus suaves manos y sus piernas me sostenían entredormido. Nos acompañaba la música y la promesa de una dulce y suculenta merienda.

De ella aprendí el arte de escribir. Era su inmensa profesión. Aunque la obra final de sus manos fuese otra. Celebró el primer día que escribí un poema y con honda emoción debatió conmigo una tarde lo que en ese momento acontecía en el país, con miras en la historia que ella misma me había enseñado amar con visión critica y pasión.

Me enseñó a recordar a mis muertos, aunque no los haya visto sino en los espectros del recuerdo que conserva la tradición. Y a ver en ellos un compromiso nunca acabado de seguir siempre adelante.

Al paso de los años estas manos que escriben aun con la inexperiencia de la juventud son testimonio de ella. Cada libro que me acompaña sabe que por ella lo llevo pues me convenció a muy temprana edad que eran los mejores aliados para defendernos de la oscurana. El primer libro que me dio a leer fue El Principito. Luego me adentro más a fondo y sin contemplación en Confieso que he vivido de Pablo Neruda. Y de allí me abrió las puertas de su biblioteca a los libros que forjarían en mí gran parte de lo que soy. A su lado conocí a Rousseau, Víctor Hugo, Rimbaud y la grandeza de aquella otra y lejana patria francesa.

¡Cómo no agradecer de por vida este milagro! ¡Cómo no testimoniar su propia vida que tanto hizo por mí y que tanto amor me dio!

Mira hacia la tierra y tu vida será un grito contra la opresión del mal que te cegará y despertarás libre, con mil amaneceres, para codiciar lo que sí puedas tener y ambicionar lo que a tu alcance esté”, me escribió hace diecisiete años.

Hoy 24 de junio he querido rendirle mi propio homenaje con este texto suyo que sigue a continuación: Paisaje Suramericano, escrito y publicado en 1978. Es parte de su obra y recuerdo de su propio talento e inteligencia. Y me permito recordar aquí parte de su bibliografía: El Ministerio Público y la Administración de Justicia, Apuntes de Filosofía, Envío I, el Decálogo del Funcionario Público y su propia novela autobiográfica Lampos o diario de una muchacha que en pleno siglo XX se fastidia. La escuela donde forjó sus letras no fueron poca cosa y ella siempre recordaría a sus brújulas: Fernando Torres Olivares, Pablo Rugeri Parra y Ramón J. Velázquez. Trabajó en la Administración Pública con diferentes cargos: en el Consejo de la Judicatura, durante casi treinta años, en la Oficina Central de Información y junto al doctor Rolando Salcedo de Lima en la gestión de la Fiscalía General de la República. Participó en la novedosa fundación de la Universidad de la Tercera Edad, bajo el auspicio de la Universidad Central de Venezuela y fue asesora jurídica del Museo de Arte Contemporáneo, dirigido por Sofía Ímber.

Para ella y por ella, mi amada tía María Jael Redondo Rodríguez, a quien debo ofrendar mis palabras cada vez que teclean algún poema, algún texto, porque cada palabra es una acción de gracias por haber existido en mi vida.

Robert Gilles

María Jael Redondo junto al presidente Luis Herrera Campins presentándole en audiencia el libro “Paisaje Suramericano”. Caracas 1979.



PAISAJE SURAMERICANO

Por María Jael Redondo Rodríguez

Atrás el Viejo Mundo:
la Europa milenaria.
Raudo el ideal de un hombre
descorre el velo de lo ignoto:
Colón, marinos, carabelas,
el interminable Océano.
Tierra firme: América
virgen y bella,
indómita y bravía.
Chozas y canoas,
regios templos de piedra
que el tiempo se niega a demoler;
pesca, caza y yuca,
maíz, chicha y totuma,
oro puro, curiosa alfarería,
ídolos y crueles sacrificios,
la misteriosa hechicería,
versos y música tristísima,
fuerte, rudo, el INDIO…
Avante: el Nuevo Mundo.
 
Y empollada
la conquista levó anclas
cruzadas de ambición.
¡Qué lucha de hombres!
Indio, español, indio, español.
La flecha envenenada
aunque certera
no fue la vencedora.
Y rodaron por el agreste suelo
las vistosas plumas del Cacique
y el prodigio del Piachi terminó;
Tiñéronse de purpura los montes
y fueron tálamo de amor.
Inevitablemente
fundiéronse fogosas las dos sangres:
indio, español, indio español
Y se mezcló en el Viejo Mundo
Un nuevo nombre:
Hispanoamericano.
 
DESPUES…
 
Al Nuevo Continente
otra causa estremeció:
¡Independencia! ¡Libertad!
Había surgido un pueblo
circunscrito al universo en grande incognito.
Y este ideal esplende avasallante
mientras allá en la España
el poder monárquico declina.
Aquí, en las tímidas provincias oprimidas
un haz de voluntades busca su propio régimen
y atisba con ansiedad allende el mar inmenso
luego de tres siglos de cruenta desventura.
 
HUBO LA GUERRA, ENTONCES…
 
¡Qué lucha de hombres!
Criollo, español, criollo, español,
patriota, realista, patriota, realista.
Horas tremendas de terror y luchas,
más sangre, más desolación.
Inquietud horrenda del que espera vencer y es vencido.
Batallas, escaramuzas, emboscadas,
capitulaciones, tratados y proclamas,
todo un sinnúmero de triunfos y reveses
para la causa de la libertad.
Sin faltar en los partidos mismos
la equivoca pugna fratricida
más la anarquía por afán de mando.
Y entre los planes del enemigo artero
el vil intento de segar la vida a El Libertador.
Pese a ello, impertérritos avanzan
de los nuestros izadas las banderas
y brillantísimas sus lanzas
bajo la égida del excelso Héroe
a cuya voz de “¡Un nuevo esfuerzo!”
de la artillería ardieron las salvas
y embistieron las Divisiones de la Infantería.
 
Sí, bajo la bolivariana gesta del Paladín supremo
cuya sola figura es suficiente
para revivir esta epopeya,
para mantener incorruptas sus ideas,
para hacer de esta América, hoy mejor que nunca
su mundo aparte de preclaro visionario.
VENEZUELA…
CARABOBO…
 
He ahí el Campo culminante y decisivo
donde el Genio planea la batalla
y los jefes patriotas secúndanle y coordinan:
Urdaneta, aunque enfermo;
Bermúdez y Carrillo;
Plaza y Rondón;
Aramendi y Páez el intrépido Centauro
con sus Bravos de Apure;
Tomás Farriar y el Mayor Davy
con el providencial auxilio
del veterano Batallón Británico.
En el conjunto del ejército,
en cada sable, en cada lanza y cada espada,
en cada soldado sin nombre conocido
se desparrama del valor el hálito que los pechos agiganta
cuando se cavan tumbas donde se hacen Patrias.
 
Por fin llega el momento…
 
¡Qué lucha de hombres!
Patriota, realista, patriota, realista.
Jinetes que templan tus entrañas, ¡oh, Venezuela!
mientras por Castilla fulgen sus aceros
contra la rústica lanza del llanero.
buena la hubiste con tu aborigen casta.
Vida y muerte pintan el paisaje
y con la brisa se esparcen los olores
del fuego, de la tierra, del sudor y de la sangre
y tal parece que el estampido del cañón se eleva
insinuante y rico en presagios hacia los cielos.
 
¡Victoria! ¡Victoria!
El bando realista cae vencido.
Ondulante, augusta, soberana
la bandera patriota parece que dialoga con los muertos.
Allí, en el Campo ensangrentado
entre el frío de los metales de la lucha
y el sórdido silencio de la muerte,
entregaron sus destinos a la Historia
el General Manuel Cedeño y el coronel Ambrosio Plaza;
y en la Británica Legión todo lo dieron
en glorioso final Farriar y Davy,
más los otros patriotas…
Y con ellos aquel fiero soldado
que emocionó nuestras mentes infantiles
en los bancos de la primera escuela
cuando oíamos el relato de la grandiosa despedida:
“General vengo a decirle adiós porque estoy muerto”
Al tiempo que mostraba a Páez el pecho herido:
Pedro Camejo, aunque teniente
Negro Primero bien llamado,
corajudo puntero de las tropas
no por humilde héroe.
 
El Océano leyó el mensaje a Europa:
¡Cadenas rotas! ¡Libertad!
En el nuevo mapa que trazó la historia
precisa una estampa dibujó:
Patria Libre y soberana.
Migraron otras razas…
más fuerte que del indio el grito
fueron las sirenas de las fábricas
y los motores del avión.
En horarios se marcaron nuevas rutas:
estudio, trabajo, diversión.
 
Mas ¡ay de la humana mezquindad!
El valor que alentó marciales horas,
el sacrificio, el ímpetu inmortal,
la majestad de la Gloria,
el fervoroso patriotismo,
la emoción inenarrable,
el noble sentimiento;
todo lo heroico,
todo quedó entre rincones como añico de cristales
al paso de las innobles ambiciones
y las funestas anarquías;
de la vituperable demagogia,
la corrupción y el dolo en los negocios públicos.
laberinto de la politiquería
por la cual claudican las ideas
la conciencia y los honores.
 
Hoy herencia de guerreros con vistosas plumas
y de soldados rudos con la lanza en ristre;
de Padres Libertadores invencibles
y del IDEAL magno que guía,
en esta sociedad de vicios plagada
unidas todas las voces en caldeada hora
se toma conciencia, hermanánse todos,
brillando consignas por pan y progreso
justicia y participación.
En modernos combates
pincelan entre otros el grave paisaje:
el joven que protesta en el liceo
y la muchacha altiva de la universidad;
el intelectual con su exaltada pluma
y el artesano humilde con su burda pátina;
el obrero con su callosa mano
y el campesino con su paciente brío;
la mujer como esposa, madre, hija, hermana
y la patria misma en sus símbolos de amor.
 
Paisaje suramericano:
sumo e impetuoso anhelo
de sentir el goce por vivir la herencia:
mar, cielo, sol, tierra, fauna,
selvas, minas, flores, frutos,
en la placidez de un gran hogar,
a la sombra protectora del Derecho
y de la justicia en su balanza austera;
velando del surco que labró la espada
los bienes dados por la libertad.