LOS MOVIMIENTOS POPULARES Y BERGOGLIO, por Robert Gilles

LOS MOVIMIENTOS POPULARES Y BERGOGLIO

Por Robert Gilles

Pasó un tanto desapercibida un texto del Papa Francisco intitulado “A los hermanos y hermanas de los movimientos y organizaciones populares” firmado el domingo 12 de abril de 2020 que empieza por evocar los controversiales encuentros con los “movimientos populares: «dos en el Vaticano y uno en Santa Cruz de la Sierra» (Bolivia). Sí, los mismos movimientos populares acusados de narcotráfico, hechos vandálicos, asesinatos y de abierta ideología marxista.

CONTEXTO BIOGRÁFICO

No es extraño que Jorge Mario Bergoglio, el Papa jesuita, sea solidario con los llamados movimientos sociales pues son una impronta particular en su vida. La Argentina de donde él proviene ha sido el epicentro del Movimiento de los Montoneros, cuya afinidad con el movimiento izquierdista Sacerdotes para el tercer mundo de 1967 es innegable, tanto en la comunión ideológica, como en la colaboración material. También Argentina ha sido participe, víctima si se quiere, del Plan Cóndor liderado por Henry Kissinger para defenestrar los movimientos de izquierda en el cono sur. Sin contar la fractura de la Compañía de Jesús, de donde proviene Francisco, tras el Concilio Vaticano II y que llevó a que muchos de sus miembros y algunos religiosos diocesanos se integraran a los movimientos guerrilleros de entonces, como el sacerdote Carlos Múgica y el exseminarista Gerardo Ferrari, ambos asesinados. Toda esta es la Argentina, de Perón y de las dictaduras militares, de la cual Bergoglio era provincial jesuita entre 1970 y 1980, y luego en sus diversas responsabilidades pastorales hasta su ordenación como Auxiliar del cardenal Quarrachino en 1992.

Fue alumno del teólogo jesuita Juan Carlos Scannone, fundador de la Filosofía de la liberación y de la Teología del pueblo, cuyas enseñanzas fueron decisivas en la vida del joven jesuita. El entonces padre Jorge Mario fue director espiritual de varios de los miembros fundadores del movimiento peronista Guardia de Hierro, a quienes entregaría el mando de la Universidad del Salvador, siendo ya Provincial, en 1974. Y organizó durante la dictaduras de Videla y Massera, la huida de muchos militantes de la izquierda hacia Brasil, como Alicia Oliveira y Alfredo Somoza, entre otros, incluyendo seminaristas que participan activamente en dichos movimientos contra las dictaduras. Estas actividades políticas, a todas luces, configuran en mucho la muy compleja personalidad de Bergoglio, dejándole la clara simpatía con la Teología de la Liberación, que el Prepósito General Pedro Arrupe consintió con cierto disimulo, pero que le dejó el enfrentamiento con el máximo jefe de los jesuitas el padre Peter Kolvenbach entre la década de 1980 a 1990 donde fue, sin duda, marginado en la Compañía de Jesús.

Así pues, su militancia activa en la Teología de la Liberación y su experiencia acompañante de la marginación, pobreza, secuestro y utilización de las masas en los suburbios argentinos, le convirtieron en un hombre con muchas resistencias dentro de la Curia Vaticana, entonces dirigida por Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger, hombres abiertamente enfrentados a las corrientes marxistas y de modo particular a la Teología de la Liberación.

EL VATICANO FRENTE AL MARXISMO

Cabe hacer un inciso para recordar dos documentos esenciales de la historia contemporánea de la Iglesia post conciliar, aunque no sean materia de esta reflexión: las instrucciones Libertatis Nuntius (1984) y Libertatis conscientia (1986) suscrita por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, heredera del Santo Oficio, con el aval del Papa Juan Pablo II.  En Libertatis Nuntius se asienta la postura oficial de la Iglesia frente al movimiento de la Teología de la Liberación denunciando «las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de teología de la liberación que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista» y advierte que «las graves desviaciones ideológicas que señala conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres».

En Libertatis Nuntius, Ratzinger, en su excepcional condición de Teólogo y Filósofo, explica de fondo, el enfrentamiento que significa la visión marxista respecto a la Iglesia:

«6. En el caso del marxismo, tal como se intenta utilizar, la crítica previa se impone tanto más cuanto que el pensamiento de Marx constituye una concepción totalizante del mundo en la cual numerosos datos de observación y de análisis descriptivo son integrados en una estructura filosófico-ideológica, que impone la significación y la importancia relativa que se les reconoce. Los a priori ideológicos son presupuestos para la lectura de la realidad social. Así, la disociación de los elementos heterogéneos que componen esta amalgama epistemológicamente híbrida llega a ser imposible, de tal modo que creyendo aceptar solamente lo que se presenta como un análisis, resulta obligado aceptar al mismo tiempo la ideología. Así no es raro que sean los aspectos ideológicos los que predominan en los préstamos que muchos de los «teólogos de la liberación» toman de los autores marxistas.

7. La llamada de atención de Pablo VI sigue siendo hoy plenamente actual: a través del marxismo, tal como es vivido concretamente, se pueden distinguir diversos aspectos y diversas cuestiones planteadas a los cristianos para la reflexión y la acción. Sin embargo, «sería ilusorio y peligroso llegar a olvidar el íntimo vínculo que los une radicalmente, aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología, entrar en la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista dejando de percibir el tipo de sociedad totalitaria a la cual conduce este proceso».

8. Es verdad que desde los orígenes, pero de manera más acentuada en los últimos años, el pensamiento marxista se ha diversificado para dar nacimiento a varias corrientes que divergen notablemente unas de otras. En la medida en que permanecen realmente marxistas, estas corrientes continúan sujetas a un cierto número de tesis fundamentales que no son compatibles con la concepción cristiana del hombre y de la sociedad. En este contexto, algunas fórmulas no son neutras, pues conservan la significación que han recibido en la doctrina marxista. «La lucha de clases» es un ejemplo. Esta expresión conserva la interpretación que Marx le dio, y no puede en consecuencia ser considerada como un equivalente, con alcance empírico, de la expresión «conflicto social agudo». Quienes utilizan semejantes fórmulas, pretendiendo sólo mantener algunos elementos del análisis marxista, por otra parte rechazado en su totalidad, suscitan por lo menos una grave ambigüedad en el espíritu de sus lectores.

9. Recordemos que el ateísmo y la negación de la persona humana, de su libertad y de sus derechos, están en el centro de la concepción marxista. Esta contiene pues errores que amenazan directamente las verdades de la fe sobre el destino eterno de las personas. Aún más, querer integrar en la teología un «análisis» cuyos criterios de interpretación dependen de esta concepción atea, es encerrarse en ruinosas contradicciones. El desconocimiento de la naturaleza espiritual de la persona conduce a subordinarla totalmente a la colectividad y, por tanto, a negar los principios de una vida social y política conforme con la dignidad humana.

10. El examen crítico de los métodos de análisis tomados de otras disciplinas se impone de modo especial al teólogo. La luz de la fe es la que provee a la teología sus principios. Por esto la utilización por la teología de aportes filosóficos o de las ciencias humanas tiene un valor «instrumental» y debe ser objeto de un discernimiento crítico de naturaleza teológica. Con otras palabras, el criterio último y decisivo de verdad no puede ser otro, en última instancia, que un criterio teológico. La validez o grado de validez de todo lo que las otras disciplinas proponen, a menudo por otra parte de modo conjetural, como verdades sobre el hombre, su historia y su destino, hay que juzgarla a la luz de la fe y de lo que ésta nos enseña acerca de la verdad del hombre y del sentido último de su destino.

11. La aplicación a la realidad económica, social y política de hoy de esquemas de interpretación tomados de la corriente del pensamiento marxista puede presentar a primera vista alguna verosimilitud, en la medida en que la situación de ciertos países ofrezca algunas analogías con la que Marx describió e interpretó a mediados del siglo pasado. Sobre la base de estas analogías se hacen simplificaciones que, al hacer abstracción de factores esenciales específicos, impiden de hecho un análisis verdaderamente riguroso de las causas de la miseria, y mantienen las confusiones.

12. En ciertas regiones de América Latina, el acaparamiento de la gran mayoría de las riquezas por una oligarquía de propietarios sin conciencia social, la casi ausencia o las carencias del Estado de derecho, las dictaduras militares que ultrajan los derechos elementales del hombre, la corrupción de ciertos dirigentes en el poder, las prácticas salvajes de cierto capital extranjero, constituyen otros tantos factores que alimentan un violento sentimiento de revolución en quienes se consideran víctimas impotentes de un nuevo colonialismo de orden tecnológico, financiero, monetario o económico. La toma de conciencia de las injusticias está acompañada de un pathos que toma prestado a menudo su razonamiento del marxismo, presentado abusivamente como un razonamiento «científico».

13. La primera condición de un análisis es la total docilidad respecto a la realidad que se describe. Por esto una conciencia crítica debe acompañar el uso de las hipótesis de trabajo que se adoptan. Es necesario saber que éstas corresponden a un punto de vista particular, lo cual tiene como consecuencia inevitable subrayar unilateralmente algunos aspectos de la realidad, dejando los otros en la sombra. Esta limitación, que fluye de la naturaleza de las ciencias sociales, es ignorada por quienes, a manera de hipótesis reconocidas como tales, recurren a una concepción totalizante como es el pensamiento de Marx».  (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación, Libertatis nuntius. Capítulo VII, El Análisis Marxista, números del 6 al 13).

EL PAPA Y LOS MOVIMIENTOS POPULARES

Ahora bien, una vez contextualizada la vida del Papa Francisco y retomando su Mensaje del 12 de abril de este año, es importante resaltar algunas afirmaciones de fondo de los discursos en los encuentros por él citados en la introducción. El primer momento es en Roma en el 2014, durante el Encuentro Mundial de Movimientos Populares. Durante dicho encuentro afirma, entre otras cosas, y sin pretensión alguna de descontextualizar sus afirmaciones por mi parte:

«(…) Este encuentro de Movimientos Populares es un signo, es un gran signo: vinieron a poner en presencia de Dios, de la Iglesia, de los pueblos, una realidad muchas veces silenciada. ¡Los pobres no sólo padecen la injusticia sino que también luchan contra ella! No se contentan con promesas ilusorias, excusas o coartadas. Tampoco están esperando de brazos cruzados la ayuda de ONGs, planes asistenciales o soluciones que nunca llegan o, si llegan, llegan de tal manera que van en una dirección o de anestesiar o de domesticar. Esto es medio peligroso. Ustedes sienten que los pobres ya no esperan y quieren ser protagonistas, se organizan, estudian, trabajan, reclaman y, sobre todo, practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres, y que nuestra civilización parece haber olvidado, o al menos tiene muchas ganas de olvidar. (…) Los movimientos populares expresan la necesidad urgente de revitalizar nuestras democracias, tantas veces secuestradas por innumerables factores. Es imposible imaginar un futuro para la sociedad sin la participación protagónica de las grandes mayorías y ese protagonismo excede los procedimientos lógicos de la democracia formal. La perspectiva de un mundo de paz y justicia duraderas nos reclama superar el asistencialismo paternalista, nos exige crear nuevas formas de participación que incluya a los movimientos populares y anime las estructuras de gobierno locales, nacionales e internacionales con ese torrente de energía moral que surge de la incorporación de los excluidos en la construcción del destino común. Y esto con ánimo constructivo, sin resentimiento, con amor».

El segundo momento es en Santa Cruz de Bolivia el 9 de julio de 2015. Allí una vez más el Papa Francisco se dirige a los movimientos populares:

« (…) Quiero aclarar, para que no haya malos entendidos, que hablo de los problemas comunes de todos los latinoamericanos y, en general, también de toda la humanidad. Problemas que tienen una matriz global y que hoy ningún Estado puede resolver por sí mismo. Hecha esta aclaración, propongo que nos hagamos estas preguntas: — ¿Reconocemos, en serio, que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad? — ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza? Entonces, si reconocemos esto, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio».

En este encuentro auspiciado por el expresidente Evo Morales, el Papa señala tres tareas fundamentales para los movimientos populares: 1) «La primera tarea es poner la economía al servicio de los pueblos», 2) «La segunda tarea es unir nuestros pueblos en el camino de la paz y la justicia» y 3) «la tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la madre tierra». Y terminó su discurso diciendo:

«(…) el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las elites. Está fundamentalmente en manos de los pueblos, en su capacidad de organizarse y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño. Y cada uno, repitámonos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez. Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho a la madre tierra. (…)».

El tercer momento es el 5 de noviembre de 2016, otra vez en el Vaticano, al que asistió el expresidente de Uruguay José Mújica. Durante el Discurso manifiesta lo siguiente:

«(…) Ustedes, las organizaciones de los excluidos y tantas organizaciones de otros sectores de la sociedad, están llamados a revitalizar, a refundar las democracias que pasan por una verdadera crisis. No caigan en la tentación del corsé que los reduce a actores secundarios, o peor, a meros administradores de la miseria existente. En estos tiempos de parálisis, desorientación y propuestas destructivas, la participación protagónica de los pueblos que buscan el bien común puede vencer, con la ayuda de Dios, a los falsos profetas que explotan el miedo y la desesperanza, que venden fórmulas mágicas de odio y crueldad o de un bienestar egoísta y una seguridad ilusoria (…) A cualquier persona que tenga demasiado apego por las cosas materiales o por el espejo, a quien le gusta el dinero, los banquetes exuberantes, las mansiones suntuosas, los trajes refinados, los autos de lujo, le aconsejaría que se fije qué está pasando en su corazón y rece para que Dios lo libere de esas ataduras. Pero, parafraseando al ex Presidente latinoamericano que está por acá, el que tenga afición por todas esas cosas, por favor, no se meta en política, que no se meta en una organización social o en un movimiento popular, porque va a hacer mucho daño a sí mismo, al prójimo y va a manchar la noble causa que enarbola. Tampoco que se meta en el seminario (…) Frente a la tentación de la corrupción, no hay mejor antídoto que la austeridad; esa austeridad moral y personal. Y practicar la austeridad es, además, predicar con el ejemplo. Les pido que no subestimen el valor del ejemplo porque tiene más fuerza que mil palabras, que mil volantes, que mil likes, que mil retweets, que mil videos de youtube. El ejemplo de una vida austera al servicio del prójimo es la mejor forma de promover el bien común y el proyecto-puente de las 3-T. Les pido a los dirigentes que no se cansen de practicar esa austeridad moral, personal, y les pido a todos que exijan a los dirigentes esa austeridad, la cual –por otra parte– los va a hacer muy felices».

Finalmente, el último momento es el Mensaje precitado al inicio de estas reflexiones, en el cual se manifiestan algunos conceptos llamativos para la discusión política en la que se adentra el Papa respecto a los movimientos populares:

«(…) Sé que muchas veces no se los reconoce como es debido porque para este sistema son verdaderamente invisibles. A las periferias no llegan las soluciones del mercado y escasea la presencia protectora del Estado. Tampoco ustedes tienen los recursos para realizar su función. Se los mira con desconfianza por superar la mera filantropía a través la organización comunitaria o reclamar por sus derechos en vez de quedarse resignados esperando a ver si cae alguna migaja de los que detentan el poder económico. Muchas veces mastican bronca e impotencia al ver las desigualdades que persisten incluso en momentos donde se acaban todas las excusas para sostener privilegios. Sin embargo, no se encierran en la queja: se arremangan y siguen trabajando por sus familias, por sus barrios, por el bien común. Esta actitud de Ustedes me ayuda, cuestiona y enseña mucho (…) Sé que ustedes han sido excluidos de los beneficios de la globalización. No gozan de esos placeres superficiales que anestesian tantas conciencias. A pesar de ello, siempre tienen que sufrir sus perjuicios. Los males que aquejan a todos, a ustedes los golpean doblemente. Muchos de ustedes viven el día a día sin ningún tipo de garantías legales que los proteja. Los vendedores ambulantes, los recicladores, los feriantes, los pequeños agricultores, los constructores, los costureros, los que realizan distintas tareas de cuidado. Ustedes, trabajadores informales, independientes o de la economía popular, no tienen un salario estable para resistir este momento… y las cuarentenas se les hacen insoportables. Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal que reconozca y dignifique las nobles e insustituibles tareas que realizan; capaz de garantizar y hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos (…) Quiero que pensemos en el proyecto de desarrollo humano integral que anhelamos, centrado en el protagonismo de los Pueblos en toda su diversidad y el acceso universal a esas tres T que ustedes defienden: tierra, techo y trabajo. Espero que este momento de peligro nos saque del piloto automático, sacuda nuestras conciencias dormidas y permita una conversión humanista y ecológica que termine con la idolatría del dinero y ponga la dignidad y la vida en el centro. Nuestra civilización, tan competitiva e individualista, con sus ritmos frenéticos de producción y consumo, sus lujos excesivos y ganancias desmedidas para pocos, necesita bajar un cambio, repensarse, regenerarse. Ustedes son constructores indispensables de ese cambio impostergable; es más, ustedes poseen una voz autorizada para testimoniar que esto es posible. Ustedes saben de crisis y privaciones… que con pudor, dignidad, compromiso, esfuerzo y solidaridad logran transformar en promesa de vida para sus familias y comunidades».

SOBRE EL ENCUENTRO MUNDIAL DE MOVIMIENTOS POPULARES

Para realizar finalmente algunas consideraciones sobre estas posturas del Papa Francisco, es justo contextualizar al Encuentro Mundial de Movimientos Populares y a su dirigente el argentino Juan Grabois.

El Encuentro Mundial de Movimientos Populares se define en su página web (https://movimientospopulares.org) como «un espacio de hermandad entre las organizaciones de base de los cinco continentes, una plataforma construida por diversos movimientos populares en torno a la invitación de Francisco a que los pobres y los pueblos organizados no se resignen y sean protagonistas del (proceso de) cambio. El EMMP promueve la cultura del encuentro con el propósito de que los movimientos populares demos la batalla, sin soberbia pero con coraje, sin violencia pero con tenacidad, por la dignidad humana, por la naturaleza y por la justicia social. En ese sentido nuestra cita responde a la necesidad de promover la organización de los excluidos para construir desde abajo la alternativa humana a esta globalización excluyente que nos arrebata hasta los derechos sagrados al techo, al trabajo y a la tierra».

Juan Gabrois su dirigente, de formación “católica” y “marxista” es el fundador del Movimiento de Trabajadores Excluidos y de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular de Argentina. Su padre, Roberto Grabois, es unaviejo dirigente marxista que fundó el Frente de Estudiantes Nacionales en la década de los 60 y cuyo objetivo era reclutar a los universitarios de la izquierda para el movimiento peronista. Fue defensor de Cristina Fernández de Kirchner en 2018 y conformó el Frente Patria Grande que respaldó la candidatura de Alberto Fernández en 2019.

CONSIDERACIONES

La reivindicación de la pobreza con miras a su extinción dentro de la sociedad es uno de los pilares del debate político y la bandera principal del populismo que, una vez en el poder, degenera siempre en un sistema totalitario, como el caso venezolano. Lo principal de esto es el encuentro de visiones entre quienes apuestan a una justa distribución de la renta, la mejora de condiciones de los trabajadores y condiciones de igualdad en el acceso y pago de servicios y/o bienes y quienes concluyen de cierta manera que debe dignificarse la pobreza. Es decir, no impulsar la superación individual o colectiva de la sociedad sino la de dignificar a los pobres y reducir las condiciones de los ricos. Esto es la afamada bandera del marxismo: la lucha de clases. Que termina siempre como ha demostrado la historia en un enfrentamiento sinrazón que lleva a la sociedad a los extremos y lejos de procurar soluciones solo profundiza las brechas.  Es la historia sin fin de América Latina que la mantiene atrapada en el subdesarrollo pese a sus ingentes recursos humanos y materiales.

Las consideraciones anteriores también han formado parte del debate de la Iglesia universal y latinoamericana. Una respuesta a estas cuestiones fue la Teología de la Liberación impulsada por el sacerdote colombiano Jorge Camilo Torres Restrepo, el brasilero Rubem Alves y el peruano Gustavo Gutiérrez Merino desde 1968 y que fue condenada abiertamente, como ya vimos por Juan Pablo II y Joseph Ratzinger.

Pío IX en 1846, en su encíclica Quipluribus, fue el primer Papa en condenar la doctrina comunista. Con León XIII la Iglesia entra en el debate formalmente: la encíclica Quod Apostolici muneris (1878) sobre el socialismo, el comunismo y el nihilismo, advierte que estas doctrinas se oponían a la propiedad y la autoridad, además de oponerse a los valores morales y las instituciones naturales: «(…) impugnan el derecho de propiedad sancionado por la ley natural, y por un enorme atentado, dándose aire de atender a las necesidades y proveer a los deseos de todos los hombres, trabajan por arrebatar y hacer común cuanto se ha adquirido a título de legítima herencia, o con el trabajo del ingenio y de las manos, o con la sobriedad dela vida (…) los socialistas, abusando del mismo Evangelio para engañar más fácilmente a incautos, acostumbran a forzarlo adaptándolo a sus intenciones, con todo hay tan grande diferencia entre sus perversos dogmas y la purísima doctrina de Cristo, que no puede ser mayor (…) mientras los socialistas, presentando el derecho de propiedad como invención humana contraria a la igualdad natural entre los hombres; mientras, proclamando la comunidad de bienes, declaran que no puede conllevarse con paciencia la pobreza, y que impunemente se puede violar la posesión y derechos de los ricos, la Iglesia reconoce mucho más sabia y útilmente que la desigualdad existe entre los hombres, naturalmente desemejantes por las fuerzas del cuerpo y del espíritu, y que esta desigualdad existe también en la posesión de los bienes; por lo cual manda, además, que el derecho de propiedad y de dominio, procedente de la naturaleza misma, se mantenga intacto e inviolado en las manos de quien lo posee, porque sabe que el robo y la rapiña han sido condenados en la ley natural por Dios, autor y guardián de todo derecho; hasta tal punto, que no es lícito ni aun desear los bienes ajenos, y que los ladrones, lo mismo que los adúlteros y los adoradores de los ídolos, están excluidos del reino de los cielos».

Y la célebre Rerum novarum (1891) sobre la situación de los obreros, primera encíclica social de la Iglesia donde se sentaron las bases del pensamiento de la justicia social y se adoctrinó sobre la posición del Papado respecto a su incondicional apoyo a la propiedad, urgiendo al respeto de los derechos de los trabajadores.

A león XIII, le suceden en el debate Pio X (Singulari quadam 1912), Benedicto XV (Ad beatissimi apostolorum en 1914; Humani generis redemptionem en 1917; Quod Iam Di en 1918), Pio XI (Ubi arcano Dei consilio en 1922; Quadragesimo anno y Non abbiamo bisogno en 1931; Divini Redemptoris 1937), Pio XII (Ad Apostolorum Principis en 1958), Juan XXIII (Mater et Magistra en 1961 y Pacem in Terris en 1963), Pablo VI (Ecclesiam suam en 1964 y Populorum progressio en 1967), Juan Pablo II (Laborem Exercens en 1981; Sollicitudo Rei Socialis en 1987; Centesimus Annus en 1991 y Veritatis splendor en 1993) y Benedicto XVI (Deus caritas est en 2006 y Caritas in Veritate en 2009), y decenas de mensajes de todos los Pontífices, en una línea casi ininterrumpida de pensamiento y doctrina frente al comunismo y las confusiones generadas entre la figura de la “opción por los pobres” y la lucha de clases planteada por el marxismo.

Con seguridad se pensará, y así en efecto es, que este compendio de referencias al Papa Francisco respecto a la posición de la Iglesia frente al socialismo y el marxismo es una critica política. El dogma de la infalibilidad referido exclusivamente a no cometer error en temas de fe y moral, difícilmente aplica a la controversia política.

Y es que para las generaciones del siglo XXI es difícil caminar en esa línea delgada de reivindicaciones sociales y promoción de movimientos cuyas banderas han sembrado también de terror a la América Latina. Las protestas en Colombia, Ecuador, Brasil y en Chile así lo demuestran, pues la vía de la destrucción de los bienes públicos y la siembra del caos no son los medios para reivindicar el derecho que todos, no sólo un grupo, tiene de una sociedad más justa, mas solidaria y más libre. El caso de Venezuela es muy pertinente como ejemplo en ese sentido.

Los movimientos populares que están siendo promovidos desde el Vaticano son los mismos que en América Latina llevan adelante un macabro plan para conquistar por la fuerza nuestras incipientes democracias y consolidar un sistema de corte marxista-leninista. Es el plan del Foro de Sao Paulo y del grupo de Puebla, además de un plan muy coordinado para desestabilizar a toda la región por todos los factores que ven afectados sus intereses criminales. Porque la reivindicación social de esos movimientos dura mientras existe la posibilidad de administrar fondos públicos que solucionan su pobreza, sólo su pobreza, y no la de aquellos a quienes, desprotegidos por el Estado de Derecho, enarbolan como bandera de sus supuestas luchas.

Y más a fondo, para que se adviertan de los peligrosos caminos que está andando la Iglesia, son esos movimientos populares los que han llevado «la adoración del ídolo de la Pachamama en el propio Vaticano», como denunció el arzobispo Carlo María Viganò, quien añadió que era un hecho de «gravedad inusitada». Al destituido Nuncio en Estados Unidos, se han unido voces disidentes de importantes prelados, como el cardenal Burke, quien junto a los cardenales Walter Brandmüller, Carlo Caffarra y Joachim Meisner, han venido haciendo muy válidas críticas, sobre todo al Sínodo de la Amazonia.

A propósito de la referencia al arzobispo Viganò, no puede dejar de resaltarse su preclara carta al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, del 7 de junio próximo pasado, a propósito de las violentas manifestaciones en aquel país tras la muerte de George Floyd. En el texto advierte que «por un lado están los que aunque teniendo miles de defectos y debilidades, están motivados por el deseo de hacer el bien, de ser honestos, de formar una familia, de dedicarse al trabajo, de dar prosperidad a su tierra natal, de ayudar los necesitados y en obediencia a la Ley de Dios, de merecer el Reino de los Cielos. Por otro lado están los que se sirven a sí mismos y que no tienen principios morales. Ellos quieren demoler a la familia y a la nación; explotar a los trabajadores con el propósito de hacerse excesivamente ricos; fomentar divisiones internas y guerras, y acumular poder y dinero. Para ellos la ilusión falaz del bienestar temporal -si no se arrepienten-, algún día cederá ante el terrible destino que les espera lejos de Dios, en la condenación eterna». Y añade con gran alarma: «los disturbios de los recientes días, fueron provocados por aquellos que al ver que el virus se desvanecía inevitablemente y que la alarma social de la pandemia estaba disminuyendo, han tenido -necesariamente- que provocar revueltas sociales a las que les seguiría una represión que -aunque legítima- sería condenada como una agresión injustificada en contra la población.  En perfecta sincronía, esto mismo está ocurriendo en Europa.  Es absolutamente claro que el uso de las protestas callejeras es un instrumento para lograr los propósitos de aquellos que desean ver electo en las próximas votaciones presidenciales, a alguien que encarne los objetivos del Estado Profundo y que se dedique a expresar con convicción y fielmente, dichos propósitos.  Que no nos sorprenda si en unos meses aprendemos -una vez más- que escondidos detrás de estos actos de vandalismo y violencia, se hallan quienes esperan beneficiarse de la disolución del orden social, con el fin de construir un mundo sin libertad, tal y como lo enseña el adagio masónico: Solve et Coagula».

Es un deber sin duda no quedarse callado al respaldo que reciben estos grupos de la izquierda latinoamericana. Y no pueden bajar la guardia los gobiernos legítimos amenazados por ellos. La Iglesia no puede ser protectora de grupos que son enemigos de las democracias en la región y mucho menos puede permitirse que se confunda el mensaje del Evangelio con la promoción de las ideas anacrónicas y recalcitrantes del marxismo que tanta sangre derramada han dejado en su accionar. Esos movimientos sociales no pueden seguir teniendo beligerancia, porque en el marco del estado criminal venezolano, se está jugando el destino todo del continente.

Los lideres y financistas de esos movimientos populares son los artífices de la mayor era de corrupción en América Latina. Y en el pasado han sido hombres y mujeres de armas que, sin ningún tipo de honor, no dudaron en usar el terrorismo como medio de realización de sus fines políticos.

¿Cómo se salvará la Iglesia de tan temeraria frontera en la que transita?