Elogio de la lluvia, por Robert Gilles

Contiene en sí el secreto de los cielos, tal como las lágrimas parecen ser la más pura expresión del alma, por alegría, por dolor o simplemente por ese hermoso sentimiento que la lengua portuguesa denomina saudade. “A saudade é a nossa alma dizendo para onde ela quer voltar”, dice Rubem Alves.

La lluvia es la saudade del firmamento. Un sentimiento expresado que siempre desconoceremos. Con ella parecen venir las voces escondidas de nuestros muertos y algunos susurros de los ángeles. No son sólo gotas de agua ni caudalosos ríos los estremecidos: la lluvia parece acercar, al descender del cielo, aquello que ya no tendremos más. Precede a los días azules, aquellos que el inmenso Antonio Machado en el gurruño verso del gabán le evocaban el sol de la infancia.

Sí, la lluvia tiene sus obreros. Le toca a los Ah patnar uinicob, ángeles obreros de los Mayas, hacer la lluvia. Golpean y agitan la tierra para que se sacuda el agua y se eleve transformándose en nubes que habrán de precipitarse. Aunque a Ameonna le basta con lamerse las manos en Japón; de mañana nube y de noche lluvia.

Los colombianos muiscas consideran que la lluvia es un acto de rebelión de Chibchacum, aquel que lleva a la tierra en sus hombros. En el Códice Vindobonensis aparece Dzahui, patrón de los mixtecos, que fue petrificado cuando el Sol apareció en el firmamento y se convirtió en una piedra con forma de gota de agua. Iansán en las religiones afro-brasileña y afro-cubanas es el de los vientos, huracanes y tempestades, es dueña de la entrada de los cementerios y tiene dominio sobre los espíritus de los muertos.

Los incas creían que la lluvia, representada en Illapa, era un hombre de brillante vestidura que portaba un garrote y una honda, que simbolizaba a su trueno. En el Rig-veda, Indra, no es sólo la tormenta y el rayo, también es el dueño de la atmosfera y el cielo. Los pueblos nómadas del Chaco creen, por su parte, que Kasogonaga vive colgada del cielo y por lo tanto es responsable de la lluvia. Kon, volador, rápido y ligero porque no tenía huesos y usaba máscaras felínicas, era dios de la lluvia y del viento del sur en la fascinante civilización Inca hasta que Pachacámac lo derrotó un día; antes había sido Pariacaca, el dios nacido de un pájaro, dueño del agua y las lluvias torrenciales. Marna, dominus imbrium, es reseñado por Marco, el Diácono en el siglo V, como antigua deidad en Gaza, que se invocaba contra el hambre pues era el dios de la lluvia y la fertilidad. A 1200 metros del centro de Chichicastenango en Guatemala está Pascual Abaj, la piedra que desata la fecundidad con la lluvia. Perkūnas, más lejos, en el panteón báltico, es el dios del trueno, la lluvia, las montañas, los robles y el cielo. También en la era precolombina está Pitao Cocijo, para los zapotecos, con cara zoomorfa con un hocico ancho, romo y una lengua larga serpentina en forma de horquilla.

Pero más allá de coleccionar nombres mitológicos, creencias perdidas por el inclemente paso de la historia y sustitución de dioses en la afanosa construcción cultural y religiosa del hombre, por la que se pretende responder lo incontestable, está la lluvia, siempre intemporal. La precede el día gris y mágico del otoño, y a continuación el esplendor: la primavera.  «La lluvia es una cosa/que sin duda sucede en el pasado. Quien la oye caer ha recobrado/ el tiempo en que la suerte venturosa/le reveló una flor llamada rosa /y el curioso color del colorado», advierte Jorge Luis Borges.

Acaso la secuencia de la vida toda son como las estaciones del año. Todos vivimos el invierno, la primavera, el verano y el otoño de la vida. En un ciclo interminable parece que la eternidad se asemeja mucho a un invierno que no conoce final. Donde una y otra vez, acaso, se proyecta en la muerte todo lo que hemos sido, de dónde vinimos y a donde fuimos a parar. Y entre la niebla de la lluvia encontramos las respuestas, los amores y dolores perdidos y encontrados, que tanto nos agobiamos en responder en la vida. Sólo la eternidad nos da la respuestas que la finitud de la vida no puede. Dirá Vicente Aleixandre: «Llueve tu amor mojando mi memoria/y cae y cae. El beso/al hondo cae. Y gris aún cae/la lluvia». Y la lluvia seguro nos acerca en el tránsito vital a ello.

¡Qué fácil no pensar en la trascendencia de la vida en los días de primavera, en las tardes del verano! «¡Canta, lluvia, en la costa aún sin mar!», reza César Vallejo.

En cada gota de agua hay un nombre pronunciándose. ella regará la tierra para que su esplendoroso verde signifique esperanza y libertad realizada. La lluvia es el triunfo de la vida sobre la muerte, aunque no lo entendamos. En un misterio insondable, cada viento de la lluvia es el huracán de emociones que de manera excepcional despierta a la gran Venus que añora el poeta.

Que lo diga el gran mártir de Granada, Federico, el García Lorca que mataron, quizá cuando la tierra no sabía que tenía que llorar por él:

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentágrama sin clave.

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje!

La lluvia es la liturgia del cielo, la que conecta la eternidad con el alma. La santificación de la tierra. En la lluvia se nos da la revelación de nuestra eternidad. A ella nuestra honra, por traer sobre nuestra alma los amores perdidos y dejarnos oír los susurros de las almas que fueron y no serán más.