DE CUMANÁ A BERRUECOS, TESTIMONIO DE UN MARTIRIO, por Robert Gilles

El 13 de diciembre de 1829 escribía a su hermano Jerónimo: “… habiéndome casado tarde, empiezo a tener hijos cuando cargo con treinta y cuatro años y mi salud está muy gastada para que alcance ni a los cincuenta, si es que me toca muerte natural, en medio de este torbellino de la revolución, en que la vida es amenazada a cada momento”.

Apenas hace un año antes, el 28 de abril de 1828, se había casado por medio de un poder con la quiteña Mariana Carcelén de Guevara y Larrea, la distinguida marquesa de Solanda y Villarocha. La tardía vida marital había empezado tras una exitosa carrera militar que le ofrendó la Revolución de Independencia desde su propio inicio en 1810 cuando con apenas 15 años Sucre ya era subteniente de milicias regladas de infantería.

Nada había sido fácil. Antonio José había quedado huérfano madre a los siete años. Sería la figura de su padrino, el presbítero Antonio Patricio de Alcalá, quien lo acompañaría en lo que prometía ser una turbulenta vida adolescente, en medio de los hechos históricos que se suscitaban en Caracas mientras hacía sus estudios de ingeniería militar en la escuela de José Mires.

Tras la declaración de Independencia, iniciaba una vertiginosa y brillante carrera militar. Para 1812 ya comandaba los batallones de ingeniería y artillería en Cumaná y en Barcelona. A la gloria le seguirá el rastro del dolor durante los siguientes años: casi la totalidad de su familia murió en la guerra. En 1817 será gobernador de la Antigua Guayana y comandante general del Bajo Orinoco. Entre 1819 y 1820 es general de brigada, se desempeña como ministro de Guerra y Marina, jefe titular del Estado y luce su capacidad de estadista con la redacción del Tratado de Armisticio y Regularización de la Guerra que firmaría Bolívar con Pablo Morillo, poniéndose fin a la guerra a muerte que había devastado estas tierras desde 1813.

El 24 de mayo de 1822 a tres mil metros culmina la independencia de la utópica Gran Colombia con la batalla en el volcán de Pichincha, donde Sucre derrota a Melchor Aymerich. Avanzará inmediatamente a Lima donde establece su mando ya como general de división. Un mes antes, el 13 de abril de ese año había nacido su hija Simona de Sucre Bravo, a quien tras la muerte de su madre Tomasa Bravo en 1825 garantiza su manutención para educación y crianza. Pasará la vida y nunca más se sabrá de Simona.

El 9 de diciembre de 1824 en la Pampa de la Quinua, Antonio José de Sucre comanda la más importante de las batallas de la Revolución de Independencia. La gloria al fin era tocada por sus manos y se posaba sobre sus cienes. La espléndida victoria que comandó en Ayacucho significaba el fin del dominio del español en Suramérica. Bolívar en el único documento biográfico que redactará titulado Resumen Sucinto de la Vida del General Sucre (1825) dirá:

La batalla de Ayacucho es la cumbre de la gloria americana, y la obra del general Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta, y su ejecución divina. Las generaciones venideras esperan la victoria de Ayacucho para bendecirla y contemplarla sentada en el trono de la libertad, dictando a los americanos el ejercicio de sus derechos, y el imperio sagrado de la naturaleza“.

Y añadirá:

La posteridad recordará al General Sucre con un pie en el Pichincha y el otro en el Potosí, llevando en sus manos la cuna de Manco Capac y a sus pies las cadenas del imperio español rotas por su espada”.

A las glorias recibidas en Ayacucho le vendrán años donde su genio militar abre paso a su condición de hombre de Estado. Da a Bolivia una Constitución en 1826, organizará la hacienda pública y la administración del estado, será un promotor infatigable de la educación creando escuelas de artes y de educación primaria.

El 15 de enero de 1826 nació en La Paz su hijo varón José María Sucre Cortés. Dos años mas tarde el 7 de junio de 1828, pocos meses después de su matrimonio con la Marquesa de Solanda, nacía Pedro Ceśar de Sucre y Rojas, su segundo hijo varón con María Manuela Rojas.

María Teresa Sucre y Carcelén, su hija con Mariana, nacerá el 10 de junio de 1829, dos años después morirá de forma controversial. En noviembre de ese año es llamado a Bogotá por Bolívar. «Te escribo (…) para decirte que te pienso cada vez con más ternura, para asegurarte que desespero por ir junto a ti; para pedirte que por recompensa de mis delirios, de mi adoración por ti, me quieras mucho me pienses mucho (…) Todo, todo, todo lo pospondré a dos objetos: primero el complacerte, y segundo, a mi repugnancia por la carrera pública. Solo quiero vivir contigo en el retiro y en el sosiego. Me alegraré si puedo con esto darte pruebas incontestables de que mi corazón está enteramente consagrado a ti, y de que soy digno de que busques los medios de complacerme y de corresponderme», escribirá Sucre a su amada Mariana, para quien había ordenado comprar cien mil pesos en perlas por intermedio de su querido hermano Jerónimo. El azaroso destino impedirá que aquellas perlas lleguen a Quito y caerán desparramadas en las montañas de Berruecos.

Estoy tan fastidiado de las cosas públicas que sólo aspiro al retiro y a los placeres sencillos de la vida doméstica…espero estar en Quito de regreso en junio”, escribe a Jerónimo desde Popayán.  

La gloria se desvanece y la patria se hunde en las desgracias. La Gran Colombia está a punto de ser disuelta. La fatigosa megalomanía de Bolívar arrastra todo a la basura y todos conspiran para acabar con su obtusa ambición, excepto Sucre, siempre leal, siempre amigo, quien le advertirá en abril de 1830: “Veo delante de nosotros todos los peligros y todos los males de las pasiones exaltadas, y que la ambición y las venganzas van a desplegarse con todas sus fuerzas”. Para entonces la ejecución política de Bolívar ya era irremediable, quizá a modo de sacrilegio se deba decir que necesaria.

La historia empujaba con determinación la necesidad de que las tierras de la Gran Colombia fuesen también sociedades organizadas, que hicieran para sí mismas su propio destino, que fomentaran el trabajo, la educación y la economía de sus hombres, ahora libres. Para ello era impensable sostener un imperio. La Independencia no podía significar en modo alguno la sustitución de un mal por otro, mucho menos en las condiciones tan precarias en las que se hallaban aquellas naciones, con gran parte de su población exterminada, sin una renta de ingresos para sostener el gasto público y social, y con héroes militares que sobrevivían por el delirium tremens como ladrones de baja ralea, muertos de hambre y con futuro incierto. Permitirlo era un gran acto de injusticia para con la misma gloria de la Revolución.

La gloria pasada es ya para 1830 un vetusto torso que se desmorona con mucha prisa, como si acaso las noches de la historia no desembocaran en nuevos amaneceres. Algunas veces no. algunas veces se renuncia a lo que uno mismo conquista para ceder paso a lealtades que la vida misma proscribe. Desde Cúcuta escribirá a Bolívar el 20 de abril de 1830: “…soy leal en mi amistad, cuando se tratado de su persona. Estoy cierto que mi posición va a traerme enemigos, y que van a escribir horrores…mas yo he cumplido con mi conciencia, como patriota y como amigo”.

Al regresar a Bogotá Sucre no encuentra a Bolívar: “Cuando he ido a casa de Usted para acompañarlo, ya se había marchado. Acaso es esto un bien, pues me ha evitado el dolor de la más penosa despedida…lo conservaré, cualquiera que sea la suerte que nos quepa, y me lisonjeo que Usted me conservará siempre el aprecio que me ha dispensado. Sabré en todas circunstancias merecerlo. Adiós mi General, reciba Usted por gaje de mi amistad las lágrimas que en este momento me hace verter la ausencia de Usted…”.

“¡Santo Dios! ¡Se ha derramado la sangre de Abel!”, escribe Bolívar al enterarse que, camino a Quito, en las montañas de Berruecos ha sido asesinado Antonio José Francisco de Sucre y Alcalá, el Gran Mariscal de Ayacucho.

La gloria y la lealtad sembraron en su destino un balazo cruel que ajustició su vida, privándose a nuestras naciones de uno de los hombres más importantes del siglo XIX, quizá la figura más pura y noble de nuestra Independencia que alcanzó la gloria con serenidad y desprendimiento. Y fue ella, su propia gloria, la testigo principal de su martirio en la imperdonable montaña de Berruecos, aquel 4 de junio de 1830.

Robert Gilles