ELOGIO DE LA CONQUISTA, por Robert Gilles

“Separado para siempre de su pasado indígena, que le resulta incomprensible, ese hombre ha visto disminuir todavía más el ámbito de su memoria, al borrar de esta el pasado colonial – y por ende español- que considera condenable”.

Angel Bernardo Viso. Venezuela, identidad y ruptura.

Uno de nuestros grandes problemas como nación es la tergiversación de la memoria y la sustitución de la historia por un relato fantasioso, proclive a la exaltación patriótica y al heroísmo, como si la historia, al novelarse o fabularse, sirve como excusa barata a los tantos caminos sin salida que una y otra vez nos hemos empeñado en recorrer desde 1810. Así se nos ha satanizado la conquista o el encuentro de mundos de 1492, narrándose una épica resistencia indígena que, al menos en el caso venezolano, no ocurrió. Primero porque en la “Tierra de Gracia” no había una civilización como la Maya, la Inca o la Azteca, cuyos heroísmos de resistencia sí podemos contar. Y segundo porque nuestro proceso histórico comprueba que fue el mestizaje lo que nos permitió el asentamiento como sociedad, colonial, es verdad, pero sociedad al fin. Y fue el propio mestizaje el que abrió las puertas al olvido de alguna raíz indígena que pudiésemos defender o valorar como en otras partes de la América. Entre la mal llamada “conquista” y el proceso de independencia transcurrieron 318 años, es decir tiempo suficiente para superar cualquier incivilización.

Estos tres siglos de colonia no son un asterisco satanizable. Desde nuestra creación el 8 de septiembre de 1777 y ya antes, desde que Fernando V independizó a Venezuela del Virreinato de la Nueva Granada en 1742, bajo la influencia y autoridad de la Corona, se estableció la base territorial del Uti Possidetis luris bolivariano que hoy tenemos y que ya no sería desde el Unare hasta el este del río Hacha, sino que a partir de ahí se incorporan por aquella Real Cédula de 1777 el Orinoco, el Amazonas y el Esequibo, las cumbres andinas y todo el cordón insular desde Los Monjes hasta Isla de Aves. Años antes en 1722 bajo la célebre Bula de Inocencio XIII ya estábamos dotados de la Real y Pontificia Universidad de Caracas, que había sido antecedida por el Colegio Seminario de Caracas, creado en 1673 en medio de un fuerte movimiento cultural y científico que se desarrollaba en Venezuela del período colonial.

Este proceso de organización política y militar, civil, eclesiástica, económica y cultural no es para nada desdeñable. Tomando en cuenta que en él se realizó el proceso de mestizaje, lo que hizo posible la construcción de una identidad muy sólida y la convivencia entre colonizadores e indígenas sin mayores traumas. Si bien existieron férreos combates para enfrentar la resistencia de los indígenas venezolanos, no es menos cierto que éstos fueron aislados y refieren de forma exclusiva a determinados sitios. Pero sobre esa organización creada durante la colonia es que se fundan las bases de esta Venezuela presente y sobre la cual también la oligarquía criolla pudo alzar su voz para independizarse de la Corona española. Es esto lo que derrumba la inmensa mentira de la opresión y de la miseria colonial que algunos exaltan. Porque nuestra independencia que fue liderada por los “pudientes” y que no fue acompañada por el pueblo llano, fue ante todo un movimiento que buscaba proteger los intereses de la sociedad de la Capitanía General de Venezuela antes las turbulencias que esta provocando Napoleón en España.

No así sucede con otros procesos políticos o militares de nuestra historia. La misma guerra de Independencia que bien puede abordarse como una muy cruenta guerra civil, o aquel proceso tan devastador, tan lleno de odio y de resentimientos, que fue la Guerra Federal, son hechos de mayor gravedad para nuestro hacer histórico que la misma conquista y la colonia.

No se puede ensalzar la resistencia indígena cuando omitimos periodos mas aterradores que nosotros mismos provocamos.

Por ejemplo, al grito de “Oligarcas temblad, llegó la libertad”, Ezequiel Zamora lideró la vergonzosa Guerra Federal. Tan dolorosa, tan violenta, tan llena de odio. El peor de todos nuestros laberintos históricos que en cinco años mató al menos doscientos mil venezolanos sobre una población un millón ochocientos mil.  Y sin embargo este proceso ha merecido ser ensalzado por el régimen chavista. Y se ha satanizado a la colonia en nombre de una supuesta “resistencia indígena”, que no fue tal, que responde más a la historia pedagógica que se ha instaurado a conveniencia política para excitar los ánimos patriotas cuando ha sido menester. No porque de verdad se esté interesado en buscar y entender el antepasado indígena o valorar más el proceso colonial.

Bien apunta al respecto el doctor Angel Bernardo Viso en su elogiada obra Venezuela, identidad y ruptura:

«…detrás de la epopeya oficial de nuestros caciques solo se oculta una serie de nombres sin contenido concreto. A cada uno de ellos se le ha forjado una historia a partir de un hecho real o imaginario, con la finalidad de poder justificar una plaza, un fuerte, una avenida o una estatua. ¡Pobres caciques! Representados casi siempre con cuerpos singularmente musculosos y con rostros que nada dicen, salvo cierta ambigüedad sexual, fruto evidente de las inclinaciones del artista, del ningún conocimiento que tuvo de ellos y de la carencia absoluta de intuición sobre sus seres verdaderos».

Todo esto aplicable a los traficantes de la memoria histórica que en situaciones especificas que responden sólo a su propio proyecto, enarbolan la bandera o de la resistencia indígena, o de la gloria de la Guerra Civil de Independencia o, en el escenario más vergonzoso, de la Guerra Federal o de la misma Revolución Restauradora. Banderas que se enarbolan sin una mirada profunda a lo que realmente sucedió y que nos deja con la consecuencia de la no identificación con nuestra histórica que es tan fundamental para hacer al futuro que es, en el tiempo, nuestro propio presente.

Afortunadamente a los desquiciamientos históricos le siguieron hombres y mujeres convencidos profundamente de la realidad y de la historia. Así es como tenemos a un Páez poniendo fin a la sinrazón patológica de Bolívar, cuando el caos generado por la Independencia nos amenazaba con males mayores y al que no se podía responder con más egolatría ni más guerra. O a un Betancourt, hombre sólido de la historia y nuestro más grande estadista, imponiendo una visión de Estado democrático en el Trienio y en su Gobierno constitucional. A los demás convencidos de nuestra realidad no los escuchamos, no los leímos, quizá para no ocupar nuestro tiempo, pero, en el fondo, cerrándole a Venezuela la necesidad de tener caminos abiertos y no sin salida.

«El respeto hacia seres que subyacen dentro de nosotros, que tuvieron una historia imposible de conocer, y ante quienes debemos inclinarnos en silencio, renunciando a profanar su memoria», como apunta Viso en su obra precitada en el epígrafe de este artículo, es el auténtico tributo a homenaje a lo que posiblemente en el fondo somos. Porque el ser humano es fundamentalmente su raíz y eso son nuestros indígenas, la raíz. Pero no esta raíz novelesca que se pretende dibujar para eclipsar el fastuoso acontecimiento de aquel navegante avizorando tierra firme en su loca aventura del 12 de octubre de 1492. Desde allá venimos encontrándonos y así será para siempre.