LA PLANTA INSOLENTE Y BABEL, por Robert Gilles

LA PLANTA INSOLENTE Y BABEL

Por Robert Gilles

Venezuela aterrizó en uno de los escenarios más complejos a nivel interno por la crisis humanitaria, económica y política y, a nivel internacional, por la presión que se está ejerciendo y que tiene en lo positivo un acorralamiento del régimen, pero, se quiera o no, algunas complicaciones para la propia solución interna. Y es frente a este escenario que debemos pedir sindéresis a los actores internacionales de la misma forma en que se la hemos venido exigiendo a los liderazgos opositores venezolanos. Nos terminamos encerrando en la Torre de Babel, lo más nocivo para la historia de una nación.

Y es que se están confundiendo las bases fundamentales de la vida política: acuerdo, condiciones, diálogo, y “el pañuelito en la nariz” con “relegitimación”, “colaboracionismo” o el popular “salto de talanquera”. Y que esto ocurra demuestra que la vida política quedó atrapada en una fosa muy oscura, falta de principios, de mensajes coherentes y de decisiones claras. La desesperación a todos nos ha hecho creer que habían salidas milagrosas cuando la verdad es que ya plantearlas era anacrónico por la misma dinámica mundial y su historia que nos enseñado que a un monstruo no se le enfrenta con otros monstruos.

El modelo chavista está desahuciado por la práctica, por haber sido devorado como ningún otro régimen por la corrupción. Ni siquiera consigue un enfrentamiento ideológico porque las ideas no es algo que a ellos los caracterice. Pero este mismo régimen que ha sido acusado de forma irrefutable de crímenes de lesa humanidad no está asfixiado por el desahucio. Lo que está asfixiado es el país por no hallar una solución. Agravándose todo con el hecho no menos irrefutable de una política opositora que arrastra consigo la frustración y la impotencia de banderas izadas que fueron para la gran mayoría una feliz esperanza y que sí terminaron siendo más de lo mismo y en algunos casos algo muy parecido a lo que se combate.

Y frente a esto se nos presenta la extorsión de “la unidad” en torno a algo fallido. El poder no es etéreo. El poder siempre es hegemónico, concreto, real y no es advenedizo. No es un golpe de suerte, es una construcción que se hace cuando se sabe aprovechar el destino. Nuestra misma historia a pesar de sus incontables fracasos exhibe situaciones excepcionales que comprueban esto. Y un momento similar es el que se nos ofreció desde enero de 2019 como oportunidad de construir, punto desde el cual se capitalizó el mayor y más exitoso apoyo internacional a la causa democrática y el respaldo unánime de la sociedad venezolana. Pero subrayé que construir, no desmontar, no paralizarse. Y las esperanzas de los venezolanos fueron desmontadas una a una desde ese mismo momento de 2019 hasta hoy trayéndonos al escenario de la nada.

No es objetable que las medidas internacionales no han cercado al régimen. Lo han hecho. Han sido efectivas. La congelación de activos, la recuperación de nuestros bienes en el exterior y la caza de los corruptos que han desfalcado a Venezuela, ha sido muy efectiva, aunque el tiempo empieza a desentrañar conductas extrañas y muy cuestionables en las personas que la bajo la figura de un Gobierno Interino ejecutan estas misiones. Más estas medidas no muestran un panorama claro del problema real y de fondo que es y sigue siendo la permanencia del régimen chavista. Maduro y el chavismo siguen existiendo, ejerciendo el poder que usurpan sin mayores alteraciones y con respaldos muy concretos de un sector de la comunidad internacional. Se quiera o no un gobierno se basa por mucho en el control territorial, en el reconocimiento explícito de otros actores que también existen y el ejercicio especifico del poder, eso a Maduro le sobra todavía, aunque sea ilegítimo. Negarse a verlo es parte del problema.

Una falla de forma es que hemos dejado de un lado el hacer política y desde ese “hacer” construir una ruta realmente clara y muy pragmática para una salida. A cambio el odio ha prevalecido, ese odio más que justificado. La necesidad de saciar el hambre de venganza por los vejámenes y los crímenes de los que hemos sido víctimas. Pero frente a la ineficacia de la ruta y los errores hasta ahora cometidos creemos ciegamente que la opción es que Maduro se vaya si o si, sin más ni menos, creyendo que él podría hacerlo, y podría, pero hay mucho más detrás de todo esto. Hay una inmensa estructura criminal que no tiene más opción, que llegó al fondo del laberinto y quedó atrapada. Y no terminamos de ver la necesidad de poner condiciones realistas sobre una mesa para que se vayan y hagamos transición. No es decir vete, corre que te voy a matar. Es decir, está el país en la calle. No hay más opciones, ya rectificar es tarde y te ofrezco que te vayas lejos o incluso que permanezcas, pero poniéndote al lado. Y para el segundo ofrecimiento es necesario construir poder y enfrentarse al monstruo en el terreno que él esté porque es allí donde hay que ir no donde por arte de magia creemos que el propio régimen vendrá como un manso corderito.

Frente a la sinrazón de ellos está la incoherencia, la real cohabitación por el negocio tan exitoso que está siendo nuestra aplastante crisis y el vacío del mensaje. La ausencia de la unidad política en la oposición es resultado evidente de eso. La desesperación nos hace caer en esto una y otra vez mientras el futuro del país sigue secuestrado. Convirtiéndonos en una sociedad fallida, en estado de indefensión total y bajo la estructura de un Estado criminal. Que aún con esa característica sigue siendo Estado y usa todo su poder y hegemonía para prevalecer pues esa es la razón de ser del totalitarismo.

Nos queda quizá el resetear esto de nuevo. Empezar desde cero. Admitir que en el mismo laberinto en el que está el régimen chavista, está el país y las fuerzas opositoras. Y eso es algo que también debe saberlo la comunidad internacional si de verdad quiere ayudar de manera eficaz en conseguir una salida. Pero también debemos admitir la necesidad de replantear el mapa político venezolano. Todo indica que no son estas personas con sus mismos discursos vacíos, aferrados a un pasado ya ido y que no alcanza como promesa de futuro en este Tercer Milenio y con absoluta incoherencia política quienes nos van a sacar de tan peligroso atolladero.

 Ahora bien. La Comunidad Internacional debe ser más responsable. El hecho de exhibir la capacidad de resolver conflictos ajenos a través de su diplomacia o de la fuerza de sus medidas, obliga a mostrar la madurez que en sus mismos países hace posible la democracia.

El régimen chavista se instala más y más precisamente en los vacíos de la insatisfacción y en la desmoralización que ante todo son provocados por la dirigencia. Y a partir de esos vacíos no puede moverse la Comunidad Internacional y sobre ellos pretender imponer rutas. El ethos civil que nos conducirá a la salida y estimulará al mundo a ayudarnos más allá del papel sólo será posible si hay participación ciudadana en el proceso indispensable de reconstruir el poder como oposición y con la mayoría que tenemos.

La Comunidad Internacional tiene el rol de restablecer, promover y respetar una y otra vez las vías de comunicación y de actitudes de entendimiento entre los protagonistas de la vida política. Y esto no se hace desde amenazas que se construyen sobre la nada sobre los protagonistas que son capaces de entender en este momento la necesidad de formular un gran pacto político, sostenible y creíble. Mientras que a lo interno esos protagonismos tienen que hablarle a todos los actores internacionales que en coalición o unilateralmente están tratando de allanar las vías para una transición. Hay que tomarse en serio mutuamente porque ni se puede pretender aislarnos internacionalmente, cerrando puertas a la política, ni se debe seguir sin interactuar con seriedad con el mundo al que pertenecemos y que de muchas formas legitima nuestra lucha.  

Sin acuerdo no hay soluciones. La convivencia democrática, estabilidad política y progreso económico y social que buscamos en este momento del abismo no puede ser boicoteado por una especie de “planta insolente”, como diría el atrabiliario cabito de Capacho plagiando alguna frase, ni podemos pretender que tras tantos fracasos la salida sea mágica. No hay otra vía sino el ponernos de acuerdo y tener por convicción que la transición que tanto esperamos se dará ya a estas alturas de forma gradual y en ese sentido debemos marchar y reconstruir ya los espacios de lucha que la misma sociedad nos da.

Es la hora que afuera también oigan la alternativa vital del entendimiento. O es eso o es creer que vamos a poder solos a estas alturas. Ni podremos solos ni podremos sin ellos.