ACCIÓN DEMOCRÁTICA, ACCIÓN DE LA HISTORIA, por Robert Gilles

Cuando el 13 de septiembre de 1941 Rómulo Betancourt concretaba el esfuerzo legal de crear Acción Democrática, junto a Valmore Rodríguez, Andrés Eloy Blanco, Gonzalo Barrios, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Juan Oropeza Riera, Leonardo Ruiz Pineda, Jesús Ángel Paz Galarraga, Mercedes Fermín, Ana Luisa Llovera, Virgilio Cayama y Tirso Salaverria, entre otros muchos dirigentes,  como la dirigente gremial y educadora Cecilia Nuñez Sucre, primera presidenta honoraria y vitalicia del partido, en un tiempo político encuadrado por lo que debía ser el necesario fin de todo vestigio del gomecismo, e incluso del “andinismo tachirense”, que había prevalecido ya cuatro décadas sin la intención honesta ¡al fin! de cesar y dar paso a un nuevo tiempo, se iniciaba también ese 13 de septiembre, un partido cuya misión en la historia, sea cual sea el juicio que se emita, ha sido el de una política radicalmente constituyente y fundacional de Venezuela.

Tras la fundación sucede uno de esos momentos estelares de la vida de los pueblos como los describe Rómulo: el 18 de octubre de 1945. Un inevitable golpe cívico-militar pone fin a la terquedad política de Medina Angarita, de quien alguna vez se esperó mucho, y se inició por primera vez un autentico proceso de democratización del país. El resultado fue que bajo la convicción de todos los integrantes de AD y el ya lúcido estadista Betancourt, se logró la Constitución de 1947 y la abrumadora victoria de Rómulo Gallegos, el primer presidente electo de nuestra historia, un año después en 1948. El Trienio adeco fue sin duda el ocaso del siglo perdido que siguió tras la Independencia y la fundación de una república realmente constitucional, realmente democrática, la que tanto se necesitaba de manera firme y exitosa. Aunque el final de ese mismo año 48, el resultado histórico fue tan escueto que la candidatura simbólica de Gallegos se terminó convirtiendo en un grave error de terquedad tan caro que nos costó el retornar a un innecesario militarismo que derivó en la dictadura de Pérez Jiménez la cual trituró a la dirigencia clandestina de AD con toda la saña posible.

Tras la década del horror, Acción Democrática lideró con una resistencia mártir y gloriosa el fin de la dictadura de Pérez Jiménez. En la memoria quedó el sacrificio de Leonardo Ruiz Pineda, Castor Nieves Ríos, Antonio Pinto Salinas, Luis Hurtado Higuera, Clarissa Sanoja y el gran Alberto Carnevali. Y con el pueblo en la calle se condujo al histórico 23 de enero de 1958, junto a una Fuerza Armada convencida de su propia responsabilidad en aquella coyuntura que hacía totalmente inviable la permanencia del estratega virgen.

Y desde ese mismo 1958 transcurrirán cuatro décadas hasta 1998, en las que Acción Democrática asumió la tarea de construir al país y lanzarlo a ese futuro espléndido al que ha estado llamado desde la Independencia y al que muchas taras le han cerrado la puerta una y otra vez. Pero nunca como en los gobiernos de Bentacourt, Leoni, Pérez y Lusinchi se hizo tanto por Venezuela, en ellos se solidificó la democracia civil que derrotó ante todo el maleficio del militarismo y sentó las bases de un auténtico desarrollo que con duras penas medio nos sostiene hoy.

La historia de Acción Democrática es el ejemplo de esos partidos políticos que hoy en día necesita América Latina. Aun cuando la dinámica mundial pareciera conducirnos a prescindir de este tipo de estructuras, en el caso latinoamericano no sólo son útiles sino imprescindibles, para la formación nunca acabada de una sociedad comprometida con la política, el desarrollo y el bienestar social. En este largo camino tan peculiar, tan extraño de la historia de estos 79 años del partido del pueblo, Venezuela acusa recibo de la egregia dirigencia que, en una fusión excepcional con todo el pueblo, supo converger siempre y ante todo en la vocación democrática que es la clave para el desarrollo nacional. No hay futuro ni tiempo mejor sin democracia. Y para que esto se asuma como modo de vida en la acción política es necesario tomar conciencia dramática del problema que siempre será la historia para tomar siempre postura ante él y no quedarse de brazos cruzados. Donde la generación histórica de Acción Democrática terminó, nosotros comenzamos de nuevo, todos los días y en todo momento.

Y esa historia indetenible que es la vida de las naciones se escribe con firmeza, con compromiso social y con la capacidad siempre del acuerdo. Porque la política es siempre un acuerdo, el consenso que enmarca siempre la convivencia. A eso siempre está llamada Acción Democrática, como en el pasado lo estuvo y hoy lo está en esta gravísima encrucijada, tan oscura y peligrosa.

¡Adelante a luchar milicianos!