LA RECONCILIACION DESPUES DE MADURO

 

La actuación del tribunal supremo de justicia y de los demás “poderes del Estado” contra la Asamblea Nacional ha puesto contra las cuerdas al régimen de Nicolás Maduro despojando al Estado venezolano del carácter democrático que de forma risible ellos no se cansan de pregonar a los cuatro vientos, confirmando el carácter fallido que se ha venido alertando no ahora sino desde el mismo gobierno del fallecido Hugo Chávez. La negativa de aprobar la Ley de Amnistía y Reconciliación, contraviniendo los valores éticos y los principios en los que se ha sustentado desde siempre la sociedad venezolana, es uno de los muchos ejemplos que confirman esto.

Nicolás Maduro padece de un pánico político y electoral que le impide asimilar que su destino está escrito aunque demore un tiempo en cumplirse: él sabe que se encuentra en un callejón amargo y muy oscuro, sin salida. Sólo un milagro y una impensable desidia opositora lo preservarían este año en el poder.  Es esta la razón fundamental por la cual el tribunal supremo de justicia, apéndice parasitario de la moribunda revolución, declarará inconstitucional la Ley de Amnistía. Ellos, conscientes del precio que tiene desconocer las decisiones de la Asamblea Nacional, necesitan preservar el poder como sea y hasta donde sea, neutralizando los focos de rebelión civil y militar que la angustiosa crisis provoque en este año.

Pero si el deseo mayoritario de los venezolanos es el cese de las confrontaciones, del odio político y de la violencia que hizo metástasis en todos los niveles de la sociedad y de la República, ¿Por qué esta mezquina lógica del chavismo que cataloga a la Ley como un acto de amnesia? O peor aún ¿Por qué el chavismo teme que los presos y perseguidos políticos pudieran volver a las calles? ¿Por qué el supuesto “Estado” no asume la responsabilidad y reconoce las gravísimas violaciones a los derechos humanos y las libertades fundamentales que la Constitución Nacional (libreto de Hugo Chávez) garantiza? Son estas preguntas que, aunque mil respuestas pudieran aclararlas, las que al mismo Maduro lo atormentan.

Es la negativa a la Ley de Amnistía la que concede un cheque en blanco a la injusticia y a la amnesia,  además de legitimar la desmedida represión (pasada, presente y futura) a la oposición y lejos de sacarnos de este abismo, nos convierte a todos en una sociedad estancada sin capacidad de aportar soluciones al problema que es la salvación de Venezuela de esta terrible desgracia.

Pero hay que sincerarse: es un acto de ingenuidad política pensar que es aplicable la Ley de Amnistía dentro de un régimen totalitario como el que dirige Maduro. Tal ingenuidad no puede ser condenada, es necesario presionar desde la Asamblea Nacional y construir puentes para que la salida del dictador sea lo menos traumática posible desde el orden democrático que ellos representan por el hecho único de haber sido elegidos por la voluntad popular. Hecho que no acompaña a Maduro, el usurpador.

La Ley de Amnistía y Reconciliación sí es el primer paso para hacer justicia, todos los beneficiarios de ellos son inocentes y sólo han sido los corderos expiatorios con los que cuales se intentó amedrentar a Venezuela en sus aspiraciones democráticas. ¿Pero cómo lograr la aplicación de la Ley si el tsj y los demás poderes no la acatarán? He ahí el Talón de Aquiles. La comunidad internacional debe ser el eje que presione su aplicación a partir del fin de esta narcorevolución, no hay otro escenario posible si se quiere la reconciliación de la sociedad venezolana.

La reconciliación no pasa por el diálogo si éste significa un tiempo extra a la tragedia. La base de cualquier diálogo debe ser en el camino de salida para hallar el mecanismo para salir de Maduro porque esa es la gran urgencia. Así la reconciliación viene a ser lo que realmente es, el reencuentro de los venezolanos como conciudadanos que dejando atrás entre ellos esta horrible etapa son capaces de sepultar el odio sembrado durante estos diecisiete años para mirar y construir con su trabajo la nueva Venezuela.

El proceso de amnistía y de reconciliación no admite paliativos ni pañitos de agua caliente, no será bajo este régimen que se logre, por eso las fuerzas democráticas que están a la vanguardia no pueden ceder espacios ni hacer concesiones que alarguen la agonía.

La transición, como piedra angular de la reconciliación, debe traer incorporado el hábito democrático. No puede ser un cambio o refrescamiento de imagen del PSUV y sus rebeldes chavistas. Debe ser sí el proceso por el cual se establecerá acuerdos dentro de los límites de lo justicia y la razón para integrar a todos los sectores de la sociedad venezolana. Debe ser un proceso capaz de configurar una sociedad democrática y una ciudadanía responsable integrada en instituciones justas que deben nacer a partir de la Transición que se produzca tras la salida de Maduro.

Finalmente, la reconciliación debe ser trabajada en la calle, amparada el derecho a la protesta y a la legítima defensa que tienen los venezolanos ante esta catástrofe en la que se encuentran inmersos. Es conditio sine qua non la salida de Maduro, de lo contrario no será libre nuestra nación y si se aplaza esto más lo lamentaremos.

La reconciliación viene como un acto sereno de la conciencia y no de un acto legislativo, somos los ciudadanos quienes debemos reconciliarnos con nosotros mismos, venciendo las oscuras enredaderas ideológicas que sembró este régimen del terror para acabar con la dolorosa indiferencia cívica que padecemos. Si estamos aquí y en estas circunstancias fue porque la gran mayoría de los venezolanos lo permitió y esto tampoco es un hecho que condenaría, quizá nos merecíamos esta amarga lección para que en el futuro podamos tomar en serio el Estado de derecho, cumplir escrupulosamente la legalidad y preservar por sobretodo nombre las libertades y conquistas democrática de nuestra historia. La revolución gangrenada por el narcotráfico, la corrupción, la violencia, el odio, la ilegalidad, el sectarismo, la sinrazón y por el perfil totalitario-asesino de sus líderes espera el minuto final. Pero hay un gravísimo peligro, Venezuela también parece estar buscando un minuto final como sociedad encaminándose hacia un conflicto de consecuencias dolorosamente impensables.

Robert Gilles Redondo

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