LA FRANCIA DE LOUIS XIII

EL TRÍPODE DEL PODER

Resulta en extremo interesante, hacer algunas consideraciones sobre la admirable triada  que gobernó a Francia, en ese período de su historia, sobre cómo se complementaban y completaban y balanceaban entre si las fuertes personalidades de tres hombres, cada uno a su manera, extraordinarios. De cómo operó  y  funcionó un verdadero  equipo de gobierno, no sólo homogéneo sino orgánico, porque este es un hecho válido, escaso y vigente en cualquier tiempo histórico.

Los personajes, además del Cardenal Richelieu, son el Rey Luis XIII y una figura empeñada en escamotearse, François Leclerc du Tremblay, Barón de Maffliers, quien oculto bajo un sucio hábito gris de capuchino, de la Orden de San Francisco, entró a la Iglesia y a la Historia como el padre José de París, el más apasionante y extraño de los tres.

Eran tiempos en que el “poder divino de los reyes” pasaba de padres a hijos entre los descendientes de aquel conde de París,  que iniciara con medios tan exiguos, y gracias a una elección casi condescendiente de sus pares,  la formación y unificación de la nación francesa. No era pues necesario venderle el alma al diablo para financiar campañas electorales millonarias ni andar creándole falsas expectativas a los desposeídos, ni fingiendo amistades de ocasión, la monarquía francesa -ha tiempo olvidado su origen electivo- estaba sólidamente afianzada, ya ningún conde,  por antiguo e ilustre que fuese, podría responderle al monarca, como lo hizo el conde de Perigord a Hugo Capeto, quien lo increpo diciéndole, “acuérdate quien te hizo conde”, con sereno aplomo, el antepasado de Tayllerand, le ripostó: “acuérdate quien te hizo Rey”.

No, desde Luis XI, quien estableció aquella perla: “el Rey de Francia, no reconoce superior sobre la Tierra”, y adoptó el título de Majestad, hasta entonces reservado al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, el monarca podía hacer su capricho y sabía que nadie le pediría  cuentas por su actuación. Sin embargo, el hombre que fue Luis XIII, conocía sus propias deficiencias y virtudes, se sabía excelente soldado pero su habilidad como diplomático y administrador dejaba mucho que desear, por otra parte, sin dejar de reconocer sus cualidades de estadista, detestaba cordialmente al orgulloso y ostentoso Richelieu, vástago de una de las más antiguas y nobles familias feudales de Francia -aunque sin medios apreciables de fortuna-  que se proclamaba igual a la familia real, los Rochechouart; ycuya catadura moral –la de Jean Armand Du Plesis,bastante heterodoxa- chocaba al virtuoso y estoico monarca. Resultaba muy difícil imaginar que Luis terminaría por delegar el gobierno en el hombre que detestaba y a quien consideraba como uno de los culpables del distanciainiento entre él y su madre, la gorda y lascivaMaría de Medicis, cuya debilidad por Richelieu parece no haber sido puramente espiritual.

El milagro lo hizo posible el padre José, confesor ocasionaly consejero del Rey, este respetaba  y admiraba en él,  sufervor y ascetismo, sin percibir quizás la otra cara de su enigmática personalidad, definitivamente doble y que hacía que convivieran en él -según acertada frase de Richelieu- dos hombres: el profeta Ezequiel y “tenebroso— cavernoso”.  Así, combinación increible, se engranaron el moralista autócrata, el prelado sensual  y calculador y el ascético franciscano, para edificar el despotismo más sólido de Europa y asegurar la preeminencia francesa que para los tres representaba una empresa divina, después de todo, ellos no habían inventado aquello de gesta Dei per francos  se limitaban a creerlo. ..

El capricho de algunos historiadores, Hollywood y Alejandro Dumas,  han  terminado por desdibujar a los otros dos personajes,  sin los cuales nada hubiese sido posible, y Richelíeu aparece solo. Lo más curioso de todo es que el sobrenombre de la eminencia gris, que ha pasado al uso moderno como sinónimo del  poder detrás del trono, es atribuido generalmente al Cardenal, lo cual –evidentemente- no tiene sentido, ya que el color cardenalicio es el rojo y Richelieu podía ser cualquier cosa menos gris,  la eminencia gris evidentemente era el padre José, sucesor designado, Ministro de Relaciones Exteriores y jefe de la policía secreta, además de guía espiritual y confesor de “la Orden de las Hijas del Calvario”, pero de tal manera se entrecruzan y confunden los tres protagonistas que como en el dogma católico de la Santísima Trinidad, son uno y trino, tres en uno solo.

“TENEBROSO-CAVERNOSO”

Pocos personajes a lo largo de la Historia presentan un caso tan interesante de personalidad escindida como François Lecrec  du Tremblay, Barón de Mafliers, quien pasó a la posteridad por un sobrenombre todavía más modesto que el que eligiera para su sacerdocio franciscano; aquel padre José de París, nos es conocido, simplemente, como la “eminencia gris”. Su personalidad constituye uno de los más apasionantes enigmas de la Historia de su tiempo; jugó un papel absolutamente imprescindible en la política que, dirigida por el cardenal Richelieu, llevara a Francia a convertirse en la potencia más importante de Europa, durante dos siglos y a consolidar en las manos del Rey Luis XIII un absolutismo del que hasta entonces –con la sola excepción de Luis XI- habían carecido los monarcas galos que lo antecedieron.

François du Tremblay tuvo una juventud alegre y un tanto disipada. Parecía ser muy afortunado con el bello sexo, galante y bien educado. Todo indicaba que el joven se convertiría en un cortesano de éxito, en aquellos tiempos de los validos, favoritos y privados ¿Qué extraño mecanismo llevó al Barón de Mafliers a abandonar el esplendor de la Corte, su título nobiliario, su estatus, para convertirse en un simple sacerdote, vestido con una mugrosa sotana gris, de la que derivara el nombre paradójico de la “Eminencia gris”.  Un hombre que recorrió, a pie y descalzo, miles de kilómetros de Europa, llevando los más importantes mensajes, que cambiaron el curso de la Historia; hay que decir que el franciscano que se llegó a convertir en ministro de Relaciones Exteriores y jefe de la policía secreta del cardenal Richelieu, compaginaba estas labores con las de ser  guía espiritual de una congregación de religiosas y lo más interesante es que, a diferencia de Richelieu, en él había auténtica fe de cruzado, podríamos hablar de fanatismo, de elevación mística, que difícilmente  podemos concebir mezcladas con los artilugios de un jefe de policía secreta y de ministro de Relaciones Exteriores del absolutismo más sólido de Europa.  Es importante señalar como utilizaba el poder de la oración y ponía a rezar a miles de monjas a la misma hora, por el éxito de determinada empresa de “su Majestad cristianísima”.

Aldous Huxley, en un libro que le dedicara y que titula “La Eminencia Gris” y subtitula Tratado sobre Religión ypolítica, explica por qué complicados mecanismos mentales el Padre José eliminaba todo el mal que había en sus acciones, para justificarlas por la causa que perseguía, que, al fin y al cabo, no era otra cosa que reconquistar para Francia aquel papel de hija primogénita de la Iglesia, que recordara Jorge Luis Borges, con su fina ironía, al decir que nunca había entendido el significado de aquella expresión; Gesta dei per francos, es decir, en una traducción algo liberal, los francos  -antepasados de los franceses- eran los llamados a llevar a cabo los designios de la divina providencia.

Ese es un momento de la Historia Universal en el que se da un fenómeno extremadamente curioso. La interrelación, conexión y cooperación de tres personalidades muy fuertes, cada una a su manera y radicalmente distintas entre sí. El Cardenal-Ministro sutil, hábil, frío, calculador; el Padre José con los ojos llameantes de una fe alucinada, apasionado y corajudo batallador, pero no ajeno a los vericuetos de la Política y maestro de diplomáticos; y, por último, el Monarca, aquel Rey Luis XIII, que tan mal y tan injustamente trataran los escritores de “folletones”, y que es todo un personaje, digno de un estudio profundo, porque poseyó uno de los más raros talentos en un jefe de Estado, más aun si se trata de un jefe de Estado hereditario y de derecho divino, Luis XIII reconocía el genio superior de Richelieu, sabía que podía manejar mejor que él el timón del Estado, admitía sus limitaciones frente al grande-hombre pero, al mismo tiempo, ni por un momento delegó la suprema instancia que le correspondía.  Cada díale hizo sentir, a su atormentado ministro, cómo pendía de un hilo tenue, en el que se balanceaba como una pequeña araña al soplo del viento y el hilo…  pendía de las manos de Luis, duro, a veces cruel, valiente soldado y que se empeñaba en ser apodado “EL Justo” .

Esta rara circunstancia de que un hombre con el Poder en la mano reconozca la superioridad  intelectual de otro y le entregue el manejo del Estado, más que una demostración de sus limitaciones es la demostración de su personalidad y sentido de la Historia y  una demostración de su talento,escogió el mejor hombre para el momento preciso.

Nunca apreció, ni siquiera tuvo simpatía por Richelieu, le molestaba su ostentación, su soberbia, su conducta en algunos aspectos que él consideraba reprobables, y la hipocresía de su pretendida fe, no obstante el capelo cardenalicio. Por estas mismas razones sentía un respeto reverencial por el Padre José, el frugal sacerdote que apenas comía mendrugos de pan y un vaso de agua, o un poco de carne cruda, se mortificaba en forma cotidiana y se negaba a utilizar carrozas para respetar los preceptos de suOrden y recorría a pie, sangrantes las plantas, los embarrialados caminos de Europa, solo en sus últimos años, admitió que se solicitaran dispensas, para facilitar sus desplazamientos, para asuntos tan nimios como ir a embaucar al emperador Fernando III o a su mismísima Santidad el Papa.

Esta tripleta de hombres, este trío tan difícil de reunir, coincidió, para gloria del Estado francés, en un mismo momento histórico, se complementaron, se apoyaron unos a otros, las habilidades de uno suplían las asperezas y deficiencias de otro, los momentos de flaqueza de uno eran superados por el impulso del otro. En una oportunidad, como tantas veces a lo largo de la Historia, las turbas parisinas se desbordaron indignadas. Richelieu, quien tan abundantes pruebas de valor personal dio en el sitio de La Rochela, y en otras circunstancias de su vida, sintió pavor y se negaba a salir del palacio, en ese momento llegó el silencioso franciscano, y cuando lo vio en esa tesitura lo apostrofó: ¡ pareces una gallina mojada, sal a dar la cara!. El Cardenal, sacudido en su amor propio, salió a las calles de París y fue vitoreado por la misma chusma que momentos antes pedía su cabeza.

La consideración sobre este tema merece, claro, un largo espacio, que no nos es posible en estas notas, pero quiero explicar el título de este trabajo;  todo buen político debe ser buen psicólogo. Richelieu, gran admirador del Padre José, a quien había designado para ser su sucesor, en caso él muriera, de aquel hombre que él llamaba su apoyo, no dejó de entender el extraño hibrido que habitaba en el alma de su colaborador más próximo y por eso le decía, en acertadísima síntesis, al Padre José, que él era unas veces Ezequiel, el profeta rutilante de las Escrituras, y otras tenebroso-cavernoso, un personaje oscuro, siniestro, impredecible. Así en muchos de nosotros conviven seres diferentes. Ojalá que la combinación produjera, para bien de los negocios públicos, estadistas de la talla de estos tres grandes franceses que hoy hemos convocado.

RICHELIEU Y OLIVARES.

Muchos ejemplos conocemos de intentos de biografías comparadas, desde las célebres “Vidas Paralelas”  de Plutarco,  pero el profesor inglés  J.H. Elliot, en un extraordinario ensayo, editado por la Universidad de Cambridge, 

aborda con particular agudeza y dominio histórico las vidas -en más de un sentido- paralelas del Conde-Duque de Olivares y del Cardenal Richelieu. El primero pasa a la Historia ensombrecido por la derrota de la España de los Hasburgo. El segundo es considerado el  arquetipo del estadista moderno.

El profesor Elliot, reconocido como el más calificado estudioso de Olivares en nuestros días, en la introducción de la obra, se autocalifica de “hispanista errante”, y señala las fuentes en las cuales complementó sus conocimientos, mucho menos profundos,  sobre el Cardenal,  para adentrarse en la Historia de la Francia del Siglo XVII; e inclusive  admite:  “si el texto final no incorpora alguna de sus valiosas sugerencias, ello se debe a que la visión desde el sur de los Pirineos ofrece, a veces, una perspectiva diferente”,  como buen scholard trata de ser objetivo.  No obstante, todas las aclaratorias, el libro tiene una orientación claramente favorable al Conde-Duque de Olivares.  Elliot, quien se trasladó a Francia, visitó el Poiteau, región natal de Richelieu, no pudo evitar, y tiene la seriedad de no intentar hacerlo, que de la confrontación salga engrandecida la figura de Armand Jean Du Plessis.

Los  dos protagonistas del drama fueron casi exactamente contemporáneos. Sólo dos años de díferencia entre ellos, Richelieu había nacido en 1585, Olivares en 1587; sus vidas se prolongaron casi por igual tiempo. Richelieu murió a los 57, Olivares a los 58; ambos eran hijos terceros de, nobles al servicio de la Corona, una clase social que estaba integrada por demasiados miembros superfluos a ambos lados de los Pirineos.  “Los condes de Olivares, como miembros de la aristocracia titulada de Andalucía, tenían sin duda ventaja social sobre los Du Plessis, notables gentil-hombres  campesinos de Poiteau, pero las dos familias alimentaban un profundo sentimiento de descontento, producto de la diferencia entre el nivel que realmente tenían y el que creían que debían tener”.

Ya, en este primer enfoque, Elliot se sale bastante de la realidad. Richelieu era por línea paterna un Rochechuart, una de las familias más antiguas de Francia, más antiguasin duda que los Capeto, y que se sentían, por ese motivo,llamados a ocupar los primeros rangos en la nobleza gala. Por otra parte, los Du Plessis tenían además a título hereditario el obispado de Luçon. Para darles una idea, basta con describir el cortejo principesco que acompañó a Armand Jean Du Plessis a la pila bautismal, presidido por su abuela y madrina Françoise de Richelieu –nacida Rochechuart-  vestida de negro, pero tocada de una diadema de piedras preciosas, dos Mariscales de Francia, sus padrinos, Armand de Biron y Jean d´Aumond, el Gran Preboste, François de Richelieu, padre del niño, primos, amigos, y aliados , los capitanes-tenientes de la guardia de corps, numerosos caballeros de la Soberana Orden de Malta y del Espíritu Santo, a las que pertenecía el progenitor, un cuerpo de arqueros del Prebostazgo  alabarda al hombro. Y, el colmo del honor, la familia real, desde el balcón del Hotel de Soissons, la reina madre Catalina de Medicis, S.M. Henrtique III, los duques de Joyeuse y de d´Epernon, saludando el cortejo. El Rey para nada lamentaba los 118.000 escudos regalados a su Gran Preboste, para cubrir los gastos. El Cardenal de Retz lo resumió en una frase: “Riclelieu avait de la naissance”.

Elliot analiza con agudeza las similitudes de carácter y el temperamento ciclotímico de ambos personajes. Trae a colación un testimonio de uno de sus enemigos, Mathieu de Morgues, quien describe al Cardenal de esta forma: “es infeliz en su felicidad, ni la buena suerte ni la mala le proporcionan tranquilidad de ánimo… nunca está tranquilo porque siempre se halla a medio camino entre el temor y la esperanza. . . pierde su templo con la gente, con los acontecimientos, con la fortuna, consigo mismo. De estas actitudes hay abundantes testimonios históricos”. Aldous Huxley, en su apasionante ensayo sobre el padre José de París, el franciscano que fuera ministro de Relaciones Exteriores y  jefe de la Policía Secreta de Richelieu, señalaba, como en un momento de crisis política, Richelieu  estaba temblando, y sólo salió a la calle a dar la cara, cuando el padre José lo increpó diciéndole que parecía una gallina mojada.  Al lado de esto, sus gestos de valor en el sitio de la Rochela, sometiéndose innecesariamente al campo de acción de los artilleros hugonotes, describe un hombre valiente, paradojal e impredecible, por otra parte esa figura, la de ser favorito real, Primer Ministro dependiente de la buena voluntad de un soberano absoluto, tiene que producir, y produjo en ambos, una sensación permanente de angustia y de vulnerabilidad.

Luis XIII, de carácter complejo e interesante, entendió la superioridad de Richelieu como estadista, y dejó en sus manos el Gobierno de Francia, pero ni un sólo día dejó de hacerle sentir que dependía de su real  y soberana voluntad  y que ésta era un hilo tenue que se mecía entre el viento y las circunstancias.  A éstas, cambiantes e impredecibles, que de por sí justificarían una cierta paranoia, había que añadir ciertos caracteres psicopáticos hereditarios de la familia Du Plessis: el hermano mayor del Cardenal, Alfonso, también Cardenal y Arzobispo de Lyon, creía a veces que era Dios y su hermana, Madeleine de Brezé, porque creía que estaba hecha de cristal, le tenía terror a las caídas; raras historias corrían sobre el extraño comportamiento, en privado, del propio Cardenal-Duque, y se decía que en momentos de crisis aullaba y echaba espuma por la boca. En cuanto al Conde-Duque, tampoco era considerado sano de juicio y se hablaba de que había sufrido ciertos trastornos mentales durante su juventud. También se había observado que realizaba repentinos movimientos involuntarios de cabeza, manos y piernas; su estado mental -durante sus últimos años de gobierno-  continúan discutiéndose, pero no cabe duda de que, en el momento de su muerte, en 1645, había perdido el juicio, como lo señala el doctor Gregorio Marañon en su interesantísimo estudio “El Conde-Duque de Olivares o la Pasión de Mandar”.

Dos hipocondríacos notorios: Olivares, con un sentido del humor delicioso, comentando una carta de su cuñado, decía: “tan llena de hipocondría  como si fuera mía”, agudísimas jaquecas así como un insomnio pertinaz, lo acompañaban. En cuanto al estilo de estos dos hombres, árbitros de la Europa de su tiempo, las personalidades son diametralmente opuestas. El Conde-Duque, extravagante, inflado, barroco por no decir churrigueresco. El Cardenal, frío, lacónico, estrechamente controlado. Olivares recio, hacendoso, exageradamente enfático en el habla y en los ademanes.

Richelieu tenso, quisquilloso, casi felino en sus movimientos, irresistible para las mujeres y aparentemente indiferente a sus encantos, salvo cuando le eran útiles. En cuanto a la oratoria, Olivares era un volcán de metáforas, Richelieu, por el contrario, rechazaba los excesos teatrales de estilo ciceroniano, tal como era cultivado por los jesuitas y prefería una versión más austera y lacónica, desprovista de tales excesos. Era anti retórico, mordaz y terso.

Dr. Alfredo Coronil Hartmann

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