MENSAJE A LAS FUERZAS ARMADAS

Este 6 de diciembre los venezolanos asistimos a una jornada decisiva para la vida republicana de la que va a depender en gran medida el futuro de nuestra nación. En esta jornada electoral la Fuerza Armada Nacional tiene una misión impostergable: respetar y hacer respetar la «voluntad general» que será expresada en las urnas de votación. Pero dicha misión va más allá porque la elección trasciende su propio objetivo que es el de elegir a los diputados miembros de la Asamblea Nacional. No sólo va a elegirse un nuevo parlamento sino que va conocerse cuál es el camino que los venezolanos deseamos recorrer en los próximos años y que sin duda alguna no es el que señaló el ex presidente Hugo Chávez ni por el que de forma trágica nos han conducido Nicolás Maduro, quien usurpó la Presidencia de la República de forma ilegal e ilegitima gracias a la confabulación de unos poderes convertidos en lobby partidista en 2013, ni Diosdado Cabello, actual presidente del parlamento y sobre quien pesan gravísimas denuncias de narcotráfico y delitos de lesa humanidad.

En este sentido, la Fuerza Armada Nacional no puede seguir siendo un apéndice o acaso una columna vertebral para la mal llamada revolución sino más bien aquello que se ha consagrado de forma consuetudinaria en nuestras veintiséis constituciones y que la de 1999 recoge de la siguiente manera en su artículo 328: “La Fuerza Armada Nacional constituye una institución esencialmente profesional, sin militancia política, organizada por el Estado para garantizar la independencia y soberanía de la Nación…”.

La rotundidad de la crisis que atraviesa Venezuela apremia a la Fuerza Armada a tomar partido en la vida pública para preservar, especialmente este 6 de diciembre, los valores, principios y garantías constitucionales que han sido desconocidos y desvirtuados por el régimen de Maduro. La Fuerza Armada Nacional no puede ser el bastión armado de un grupo ya minoritario (hecho que será confirmado en estas elecciones) sino la institución que preserve la paz y garantice el restablecimiento de la democracia en Venezuela.

Asistimos a estas elecciones con un país en ruinas. Con una sociedad que se desencantó de la falsa promesa socialista que prometió desde hace dieciséis años superar aquellos errores comunes de la democracia que ni ahora ni nunca podrán ser superados con acciones de corte totalitario y fascista ni con un modelo económico cerrado al desarrollo y a la iniciativa privada. Somos una nación exacerbada por el modelo político que se nos impuso y que de forma inédita procuró el odio entre los ciudadanos que difieren ideológicamente, hecho que además ha costado la vida a miles de personas y ha dejado más de veinte mil víctimas directas e indirectas de violación de Derechos Humanos sólo en los últimos tres años; sumado a ello está la desintegración moral del Estado que es absoluta, el mito de la revolución incorruptible quedó sólo en una vergonzosa retórica, la irresponsabilidad en la conducción del país y la falta de sentido de Estado de los Poderes Públicos, la represión desmedida al adversario, la falta de visión histórica en la ejecución de las políticas públicas y el agravado falseamiento de la verdad. Y el mayor error al que nos han conducido este desastre es el uso de la violencia física y jurídica para neutralizar a la oposición, un gran fracaso colectivo que nos retrocedió a ese pasado caudillesco y dictatorial que habíamos superado con creces.

La naturaleza fallida del Estado venezolano y el carácter forajido de la revolución generó  desconfianza hacia las Fuerzas Armadas porque no han afrontado con suficiente determinación algunos de los problemas planteados en este tiempo. Sin olvidar el fenómeno del involucramiento de altos mandos en negocios ilícitos como el narcotráfico y la aparición y fortalecimiento de los grupos paramilitares denominados colectivos que muchas veces han actuado contra la población civil bajo la protección de efectivos militares, que ha producido una desafección de buena parte de los venezolanos respecto de su institución armada.

La Fuerza Armada Nacional, sea quien sea el titular de la comandancia en jefe, debe otorgar primacía a los valores del Estado consagrados en la Constitución. Eso es lo que esperamos este 6 de diciembre. Cuando se envían mensajes sin destinatario a la institución castrense desde las coaliciones democráticas de la oposición no se está procurando una acción golpista que nos conduzca a los caminos desandados que, como nuestra historia demuestra, sólo han servido para profundizar la crisis y generar anarquías con sus consecuentes fantasmas sangrientos. Se envían mensajes para buscar empatías, solidaridades con los sueños de una generación que se niega a ver el naufragio de esta gran patria.

El estallido social es un peligro que se presiente y gravita sobre Venezuela porque vendría a ser el resultado de una profunda frustración que se ha venido acumulando en estos últimos años donde no ha existido voluntad por parte del régimen de Maduro de corregir el rumbo que condujo al país a la peor crisis de su historia. Las Fuerzas Armadas no pueden seguir al servicio exclusivo de la “revolución” y deben despertar de ese letargo del poder que los ha malogrado. Deben situarse del lado correcto de la historia, donde está hoy la mayoría del pueblo venezolano.

El glorioso Ejército Libertador, forjador de libertades, la Armada, la Aviación Militar y la Guardia Nacional están en el deber «sin afiliarse a ninguna corriente de opinión determinada, pero haciéndose eco del sentimiento general de su país, a recoger de la calle los atributos del poder para impedir con ello la pérdida de la nación al perderse sus esencias fundamentales», como alguna vez razonó un general.

Ha llegado la hora en que el clarín de la patria llama a sus soldados para evitar el llanto de las madres y enarbolar, como tantas veces ha pasado, la bandera gloriosa de la libertad y la democracia.

En el exilio, 5 de diciembre de 2015

Robert Gilles Redondo

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