LA FORMULA ARRIA

“Si un Estado descansa sobre el vicio y está gobernado por hombres que huellan la justicia, no queda medio alguno de salvación”, Platón.

Desde que tuve la oportunidad de ejercer por vez primera el derecho al sufragio y con él padecí la frustración de saber que como ciudadano mi opinión y decisión era anulada, por esa infernal imposición del proyecto comunista totalitario de Hugo Chávez y su sucesor, nació en mi conciencia una convicción profundísima que se ratificó sin lugar a la duda el 14 de abril de 2013: la salida en Venezuela no es electoral. Y aunque esta vez no pretendo opinar sobre la inconveniencia de delegar en los comicios del 6 de diciembre la suerte de nuestra pobre y triste patria he querido unirme a la convicción de mi estimado amigo Diego Arria sobre este tema, dejando claro –como él- que el mayor anhelo personal sería una salida electoral-constitucional pero no podemos sostener ilusiones que no tienen un mínimo de fundamento.

En Venezuela sí hay que agotar todas las vías, incluyendo la electoral, aun cuando el precedente sea que vamos a elegir una Asamblea Nacional que forma parte del Estado fallido y forajido que han construido los temerarios asaltantes rojos y que es presidido por ese individuo a quien toda la oposición tildó desde enero de 2013 como ilegítimo por aquella aberrante sentencia de la continuidad administrativa que además permitió (contraviniendo la norma constitucional) que el entonces vicepresidente en funciones asumiera como presidente encargado y además fuese candidato. ¿Habremos olvidado eso? ¿Tan frágil realmente es nuestra memoria como para aceptar que el árbitro de la nueva contienda electoral sea Tibisay Lucena otra vez luego que a ella se le sindicó la autoría del fraude? Peor aún, ¿la salida es reducirnos al 6 de diciembre de este año y que se repita otra vez el escenario, donde escucharemos si hay fraude, y lo habrá por la ausencia de condiciones, que la Asamblea electa es ilegítima como tantas veces se ha dicho del actual usurpador Maduro? En fin, son muchas preguntas que prefiero postergar para otra ocasión.

El doctor Arria ha dicho recientemente que sin los militares no hay salida en Venezuela. Estoy convencido de ello. En cualquier otro país del mundo estoy seguro que las fuerzas militares o los Poderes del Estado ya hubiesen pedido la renuncia sin condiciones e inmediata del Presidente de la República en aras de preservar la paz social. Pero eso no pasa en Venezuela y seguramente no pasará aun cuando un amplio sector de las Fuerzas Armadas sobre todo en sus mandos medios sepa cuán honda es la destrucción de Venezuela, de la que apenas quedan ruinas. ¿Qué nos queda entonces esperar en el futuro inmediato? ¿Estaremos acaso condenados a cien años de soledad? ¿Tan grande es esta penitencia histórica?

Es cierto que el 6 de diciembre, además de la oportunidad de expresar en las urnas electorales nuestra voluntad mayoritaria de cambiar de rumbo, debe ser el punto de quiebre para un no retorno, para organizar un movimiento de resistencia que sea capaz de poner el punto final de esta historia y forzar de esa manera si es necesario a una intervención de las Fuerzas Armadas y el llamado a elecciones libres generales con asistencia internacional que revoquen el mandato usurpado por estos delincuentes chavistas-maduristas-cabellistas.

La defenestración de regímenes totalitarios por golpes de Estado o revueltas populares no son ilegales ni en nuestro ordenamiento constitucional (artículos 333 y 350) ni en el orden internacional, de ello nos habla la “primavera árabe” que tuvo el respaldo de todos los organismos internacionales. Por eso recalqué la necesidad del reconocimiento internacional de un gobierno provisorio que sea fruto del derecho a la libre autodeterminación, tema éste planteado hace años por Efraín Schacht Aristiguieta.

Así pues, de cara al 6 de diciembre corresponde organizar una gran alianza democrática, republicana, pacífica, que sea capaz de articular un movimiento de resistencia que de una vez y para siempre nos salve de esta pesadilla y podamos transitar lo más pronto el camino de la libertad y de la reconstrucción nacional con el juramento colectivo de un “nunca más”, como he insistido siempre.

Basta de ambigüedades en el discurso y en la dialéctica. Es el momento de hablar las cosas con claridad para que realmente sean expresión de la conciencia mayoritaria de los venezolanos. De lo contrario estaremos tratando de sembrar esperanzas en un pueblo que comienza a ser infértil y permitiremos que el 6 de diciembre sea el refrendo de este régimen.