El canonizado octubre negro

Despedimos el mes de septiembre de 2025. Es un octubre muy importante para nuestra nación el que viene. Llegamos a las canonizaciones. Y es de particular trascendencia que, junto a la Madre Carmen Rendiles, llega oficialmente a los altares el doctor José Gregorio Hernández. Un José Gregorio que desde hace varias décadas está en el centro de los altares de nuestro país. Es el pago de una deuda que Roma tenía con Venezuela. José Gregorio era santo antes de su canonización y de ello dan fe los millones de venezolanos que en todo este casi siglo han sido curados de cualquier dolencia gracias a la intercesión del bien llamado médico de los pobres.

De allí que nuestro país debe un profundo agradecimiento a nuestro sexto cardenal, monseñor Baltazar Porras, que desde su llegada al Arzobispado de Caracas, primero como Administrador Apostólico y luego como Arzobispo Metropolitano, se convirtió, como lo fue siempre en esto y como lo es en la causa de la nación, un tenaz promotor de la causa de José Gregorio, por quien movió cielo y tierra para que llegara el ansiado decreto del Papa Francisco reconociendo lo que ya el pueblo de Dios en Venezuela sabía. Por tradición, por convicción y por sentimiento Baltazar Porras sólo supo llevar a buen puerto respecto a José Gregorio, con buen viento y buena mar, la herencia invaluable que recibió del pueblo del que es Pastor. Como afirmó Alfredo Coronil, “en él están manifestadas las mejores virtudes de pueblo, la integridad de la sociedad y de la República y la serenidad de Dios que se extiende en su mano desnuda como un Cid”.

Sin embargo, no deja de causar estupor, por decir lo menos, la delgada línea que deambulan algunos miembros de la jerarquía eclesiástica respecto a la canonización de los santos venezolanos y que estremecen las entrañas del alma y es que, como decía San Romero de América: “una religión de mucho rezo pero con hipocresías en el corazón, no es cristiana”. Esa frontera tan grave que transitan cruz en mano y risa de oreja a oreja con los ejecutores de nuestra patria es un agradecimiento de algo que no se ve, o más grave aún, de lo que se sabe y ayudan a esconder, algunos solideos se han convertido en militantes para permitir que el régimen venezolano use el evento más importante de nuestra fe como escalera para un baño de pueblo que no tienen. ¿Cómo pueden esos obispos llevar al altar de estas canonizaciones a quienes tienen llenas las cárceles de presos políticos y de conciencia? ¿Cómo se esconde en algunas sotanas una complacencia febril para respaldar sin pudor alguno a quienes han vejado como a nadie a este país? ¿Cómo nuestros santos pueden amparar la insania de quienes no dudan en causar esta destrucción?

Y es irónico porque justamente uno de nuestros santos, José Gregorio Hernández, vivió y padeció, una Venezuela, en la que alcanzó la santidad, diezmada por el régimen de Gómez. Él tuvo valor de confrontar al tirano de La Mulera por el temerario cierre de la Universidad Central en 1912, de la que el doctor Hernández era profesor y que acabaría diez años después en 1922.

A esos pocos que con sus hábitos enarbolan las reliquias de nuestros primeros santos, recuerden que a quienes han decidido llevar tomados de sus manos, llevan las manos cubiertas de sangre. La sangre del país al que por su fe y su devoción se nos ha dado esta gracia. Esas manos escondidas en algunas pocas sotanas son las que privan de una vida digna a millones de venezolanos, son los mismos que han llenado los cementerios donde se pone la misma cruz que llevan esos prelados, son los mismos que provocaron las bendiciones de esas madres que despidieron a sus hijos sin patria. Esos son los responsables de los millones de niños que no tienen una infancia feliz, ni comida, ni techo. Son los niños color de mi tierra, con sus mismas cicatrices, millonarios de lombrices, como decía paradójicamente un cantante de izquierda. Esos que algunos llevan en sus sotanas ¿acaso decidieron plegarse al poder de la corrupción y la complicidad que ha contaminado a este país? Es que aquí hay vidas que se perdieron en manos de asesinos, es que aquí hay gente muriendo de hambre, es que aquí intentan arrebatarnos para siempre a nuestra nación y no puede ser en el nombre de Dios que se haga esto.

Nuestro país es grande, es hermoso. En nuestra nación convergen no solo santos sino la grandeza de Dios que se manifiesta no solo en lo que la naturaleza nos ha dado. No nos merecimos esto, se ha actuado con una saña mortificante, indecible. Y repito, el país clama que no quede el amargo recuerdo que estas grandes fiestas del 19 de octubre se empantanen porque no será justo que pongan a Dios del lado del asesino y del opresor, aquel que ha pretendido quitarnos todo.

No queda sino rezar de la misma forma en la que el eximio Cardenal Humberto Quintero le enseñó al expresidente Rómulo Betancourt, padre de la democracia venezolana: “Señor, si es que existes, salva mi alma, si es que la tengo”.

¡Canonización sin presos políticos! ¡Canonización con Venezuela libre!