Servidor y testigo

Este 4 de agosto abrazó a la eternidad monseñor Mario del Valle, que fue una de las primeras referencias eclesiásticas que tuve en mi vida desde muy niño, junto a monseñor Trino Valera Angulo y monseñor Adán Ramírez. Lo veía siempre cuando desde niño pertenecí al Apostolado de la Oración en la Iglesia de San Francisco de Caracas con los inolvidables padres Braulio Velasco y Epifanio Labrador (ambos Jesuitas).

Lo recuerdo de la familiaridad en Caracas, en casa almorzando una que otra vez. Y ya luego cuando emprendió su Episcopado en San Cristóbal, la cercanía por tantos años durante las fiestas de San Sebastián en enero y en La Grita en agosto. Justo por estos días. Gracias a él no solo me hice salesiano, aunque él no lo era. Y por él y monseñor Trino, emprendí el viaje hacia el seminario en Mérida. Otro Robert, otra vida en la que finalmente no estuve. Su cercana relación con los Redondo en aquella vieja casona de San Cristóbal que fue recinto de mi felicidad en cada vacación, su estima y deferencia de siempre vernos para hablar de todo bajo el manto de su magnífica colección de crucifijos que llenaban las paredes del Palacio Episcopal del Táchira, se convierten en un recuerdo que atesoraré en mi corazón siempre. Su inteligencia, su firmeza moral, su alegría y buen humor, su clara voz, todo y muchas más virtudes lo hicieron un ser fundamental en mi infancia.

Nacido en Caracas el 10 de febrero de 1949, monseñor Moronta fue ordenado sacerdote el 19 de abril de 1975 por Imposición de manos y Oración Consecratoria de monseñor Juan José Bernal Ortiz. El joven padre Moronta sirvió entonces como vicario en la Catedral de Los Teques, luego en Cúa, en los Valles del Tuy y en Guarenas hasta 1981, año en que viajó a Roma para doctorarse en Teología Bíblica por la Universidad Gregoriana. A su regreso atendió la parroquia de San José Obrero de Los Teques y posteriormente fue elegido Sub Secretario de la Conferencia Episcopal Venezolana.

Nombrado Obispo Auxiliar de Caracas por San Juan Pablo II en abril de 1990, fue consagrado en el orden episcopal por el cardenal José Alí Lebrún, monseñor Domingo Roa Pérez y el siervo de Dios, monseñor Miguel Antonio Salas el 27 de mayo de ese mismo año.

Como Obispo Auxiliar de Caracas, junto a monseñor Ignacio Velasco y el cardenal Bernardin Gantin, prefecto de la Congregación para los Obispos. Archivo Personal RGR.

Posteriormente asumió como Obispo de Los Teques el 2 de diciembre de 1995 tras la renuncia por edad de monseñor Pío Bello Ricardo. Cuatro años después, el 14 de abril de 1999 fue nombrado Obispo de San Cristóbal, diócesis que recibió de manos del entonces arzobispo de Mérida, monseñor Baltazar Porras. Allí comenzaría un fecundo ministerio pastoral que se extendió por veinticinco años hasta el año 2024 cuando por edad canónica y problemas de salud presentó su renuncia al Papa Francisco. ​

Como Obispo de Los Teques. 1996. Archivo Personal RGR.

Prolífico escritor teológico y avezado catequista, monseñor Moronta fue un incansable defensor del Táchira y no dudó nunca en denunciar las múltiples crisis sociales y humanitarias que afectan aquella zona fronteriza. Asumiendo su rol de pastor de una diócesis tan vibrante como la del Táchira, no estuvo exento de ser alguien incómodo para el régimen venezolano en los últimos años tras sus continuas denuncias por la violación de los derechos humanos, la represión, siendo aquella región de las más opositoras del país, así como de las muchas mafias que operan en frontera, incluido el azote de la guerrilla y el paramilitarismo. ​

Junto a monseñor Baltazar Porras, arzobispo de Mérida, el día de su recibimiento como VI Obispo del Táchira.

Doblegado por la enfermedad y consciente de su inminente llamado a la vida eterna, pidió en su testamento que su cuerpo fuera enterrado en la capilla del Cristo del Limoncito en la Catedral de San Cristóbal y que su corazón fuese llevado a la Basílica del Espíritu Santo a los pies del Santo Cristo en La Grita.

Tomo las letras que alguna vez escribiría Arturo Uslar Braun en su obra El silencio del Señor: “Ha sido muerto y no tendrá otra vida visible, pero su nombre está en pie como ejemplo del sacrificio insumiso”. Ese sacrificio al que están llamados todos los sacerdotes convirtió a Mario en servidor y testigo, tal como reza su lema episcopal.

La vida que es esto, encuentro y despedida y que nos reclama una sonrisa permanente en días soleados o días grises, me permite despedir a monseñor Moronta, bajo el cielo brillante de su amado Táchira con una sonrisa por su testimonio de vida y su servicio.