Al inicio de la campaña presidencial, la frase mas ajustada podría ser: “la suerte está echada”. Hemos recorrido un largo camino desde la victoria de Hugo Chávez en 1998, tras la debacle y ejecución del sistema democrático venezolano. Sería interminable describir una vez más lo que ha sido y representado el chavismo en la historia de nuestro país. La destrucción y el desmantelamiento en todos los órdenes de nuestra nación. Tierra arrasada. Y más agónico ha sido el camino desde las primarias de 2023 donde fue electa María Corina Machado, momento desde el que ella ha cumplido a cabalidad su rol de líder, ajustada a la medida a la sentencia de Maquiavelo: “Ser zorro para conocer las trampas y león para amedrentar a los lobos”.
Este recorrido que nos ha acercado al 28-J no ha sido fácil y no lo será hasta el momento en que quede expresada en su totalidad, en números, en votos, la firme convicción del país de recuperar su destino en libertad. Y sí, la suerte sí está echada. A diestra y siniestra, alejados de triunfalismos estériles, se respira esta convicción. Una convicción que es un acto de justicia, ante todo. No merecemos más esta ignominia.
De frente tenemos muchos escenarios cuyos resultados son inciertos. Maduro y el régimen que él representa se saben perdidos. Nadie más que ellos saben la realidad del país, más allá de encuestas y de pulsos de calle. Maduro y lo que él representa, si es que acaso representa algo, sabe que está contra las cuerdas. Aun así, no sabemos sobre cuál base él está intentando maniobrar ni cuándo lo hará, sobre todo porque los días siguen pasando y se hace ineludible la cita electoral en la que sabe tiene todo perdido. Siguen guardando aparentemente un as debajo de la manga que no logran sacar por la taimada habilidad de María Corina y de la oposición.
Pero no debemos confundir la habilidad de María Corina, cuyas credenciales la anteceden, con un fenómeno más importante que está ocurriendo y que deja el juego trancado para el régimen: la unanimidad histórica y política en torno al cambio. Machado es en este momento el liderazgo político más sólido que se ha construido en la Venezuela del último medio siglo. Y es mucho decir esto, más teniendo sobre esta afirmación el liderazgo histórico-patriarcal de Rómulo Betancourt, como padre fundacional de la democracia civil, y la perfecta condición electoral que representó Carlos Andrés Pérez en sus dos exitosas campañas presidenciales.
Llevar ese robusto tinte de unanimidad es algo muy importante, porque no es algo impuesto por la propia María Corina, sino una aclamación hartamente probada en las calles del país desde su victoria en las primarias. Una aclamación que recayó en ella y que incluso absorbió los mejores liderazgos político partidistas que se habían sostenido a pesar de la estrepitosamente fracasada ruta opositora. No es un liderazgo de turno, es un liderazgo de encrucijada, de esos que la propia historia (sin mesianismo alguno) pare en el momento oportuno.
De ahí que no es del lado de quienes queremos cambio donde está el turno al bate. Quienes deben asumir la derrota del 28-J son los mismos que están en la necesidad de escoger cómo será el desenlace. Porque sí, habrá un desenlace. El pueblo que propiciará la avalancha de votos que pondrá fin al maligno proyecto fallido de Hugo Chávez, también tendrá en las llaves de las puertas de la libertad de Venezuela. Si algún desquiciado a última hora quisiera torcer la realidad, debe saber que se enfrenta también a un país que perdió el miedo y que impondrá su decisión. Miraflores solo escoge ya de qué forma se impondrá esa decisión.
