“Despierta, Señor, ¿por qué duermes? Levántate, no nos rechaces más. ¿Por qué nos escondes tu rostro y olvidas nuestra desgracia y nuestra opresión?”
Salmo 44
El sábado próximo pasado, 7 de octubre de 2023, la organización Hamás dio inició a la mayor operación terrorista en la vida del Estado de Israel. Desde entonces y para el momento que escribo esta reflexión, han transcurrido solo 72 horas y ya se contabilizan más de mil muertos israelíes y decenas de secuestrados (no solo judíos) en la Franja de Gaza. Al referir esta espeluznante operación terrorista, que ha hecho contener al mundo el aliento por las atrocidades cometidas como nunca, no pretendo omitir el problema de fondo que detona el conflicto, me refiero a la existencia de Palestina. Pero es difícil a estas alturas solidarizarse en su totalidad con la Autoridad Palestina que ha permitido, permite y se regocija en las acciones de Hamás, que lejos de reivindicar el derecho de existencia como Estado, compromete los siempre fútiles intentos de paz y de convivencia entre Palestina e Israel, partiendo del hecho histórico que acompaña a ambos: la existencia como naciones libres y soberanas.
Los cables internacionales dando cuenta de la cacería desatada por Hamás, como en el evento musical Nova Festival, el cual se llevaba a cabo en Israel cerca de la frontera de Gaza, han transmitido imágenes aterradoras de los asaltos a casas en el Sur de Israel donde se perpetró la incursión de las milicias terroristas. Un auténtico panikós, expresión del horror máximo, como el creado por el dios griego Pan cuando venció a los enemigos de Ossiris. Estas imágenes, vivo reflejo del odio exacerbado de quienes no asistidos por la razón recurren a la idea del exterminio, son un claro ejemplo de cuando a la religión se le pone como estandarte la creencia de que el ajuste de cuentas, el hacer justicia, pasa por la aniquilación del otro en el nombre de Dios, como ha sucedido siempre en la historia.
Durante décadas se ha ido “normalizando” el conflicto entre Israel y Palestina, sobre todo por los esfuerzos siempre fallidos de encontrar un acuerdo que establezca una paz viable y duradera para la existencia de dos Estados tras los acuerdos de 1948, que repito, tienen pleno derecho a existir. En esa normalización juega un papel importante el saber que Israel se ha consolidado como un bastión del hemisferio occidental de carácter angular en el Medio Oriente. Y sería muy largo y comprometido explicar las razones por las cuales es crucial para el mundo el sostenimiento, por parte de las potencias de Occidente, del Estado de Israel, sobre todo en lo que concierne al avance de los movimientos terroristas del islam. Movimientos que muchas veces han sido, sino siempre, el resultado de una política internacional de Occidente muy equivocada o inacabada en el sentido que se le ha dado a las invasiones militares de Medio Oriente, o bien sea en el estrepitoso fracaso del financiamiento, militar y económico de determinados movimientos en aquellas zonas tan frágiles en lo político, lo religioso y lo étnico social.
Ese sostenimiento de Israel por parte de Occidente no puede traducirse en modo alguno como un cheque en blanco para que se cometan crímenes de guerra ni violaciones a los derechos humanos de los que goza el pueblo palestino, pero al mismo tiempo, y he ahí la complejidad, no puede haber un cheque en blanco tampoco a Palestina por cuanto ello significa la materialización de los graves delitos de Hamás y demás movimientos terroristas. El derecho de Palestina no puede blanquear la agresión y los crímenes que esta vez han cometido de forma muy violenta los terroristas de Hamás, patrocinados peligrosamente por el desquiciado régimen iraní del Ayatollah, el mismo Ayatollah que fue abanderado por EEUU y Occidente tras la caída en desgracia del Sha y que hoy representa uno de los peligros más terroríficos del mundo. A los delitos de Hamás le seguirá siempre el derecho a la legítima defensa de Israel. Y en esta ocasión, bajo el feroz ataque que se registra desde el sábado 7 de octubre, la respuesta al cruento asalto de Hamás será, como ha prometido Bibi Netanyahu: “una respuesta sin precedentes que recordarán las generaciones”.
Dicha respuesta, jurada por Israel, tendrá consecuencias que aún son difícil de prever y que muy lejos está el desenlace. El eje del mal que rodea a la nación judía sabe qué tipos de infiernos pueden desatarse si no controlan a Hamás, a menos que ellos, como ha demostrado ya Irán, estén decididos a librar una batalla definitiva, que a muchos no les conviene, pero a la que no evadirán los aliados de Israel. Es el precio que se paga, tan desgarrador, por el empoderamiento que la causa palestina le ha dado a Hamás.
Y vale acotar que no es para menos el momento de tensión, sobre todo en lo geopolítico mundial que está marcado por las muy peligrosas acciones expansionistas en todos los ámbitos de China, Rusia y Turquía, ésta última convertida en una ficha determinante de todo el Medio Oriente y Europa bajo la tutela de Erdogan. Esta expansión imperialista es con la que debe hacer frente Occidente en este ataque a Israel. Ya el tablero no se rige por el poder omnipresente de EEUU o la OTAN, ya bastante disminuidos e impotentes frente a la invasión de la Rusia de Putin a Ucrania. Ahora se debe lidiar con posiciones injerencistas o no de factores determinantes que pueden contener o desatar un gravísimo conflicto mundial del que todos podríamos arrepentirnos.
Israel prevalecerá, como lo ha hecho desde siempre. Y nuestro corazón habrá de estremecerse y solidarizarse siempre ante la ferocidad que se ha desatado contra él. No hacerlo significa dejar el camino para que los momentos más oscuros del siglo XX se repitan y se restauren los odios que condujeron a millones de seres humanos a campos de concentración y hornos crematorios.
Aquellas víctimas del desquiciamiento de Hitler en el ayer con la Shoah y las víctimas del hoy del panikós sembrado por Hamás contra Israel, no están en exhibición para justificar la aniquilación, esos seres humanos masacrados por el odio extremo, como Sófocles traduce a Antígona ante el horror que la rodea: «están aquí no para odiar juntos, sino para amar juntos”. Nos queda un largo camino como civilización para entender que al mal hay que identificarlo y derrotarlo en cualquiera de sus expresiones, por muy lejanas a nosotros que parezcan, no enfrentar al mal con la firmeza de la razón y la instauración de la paz, solo abre las puertas de infiernos ya vividos.
